Nakarawa, el gigante articulado

11 05 2018

Hubo un tiempo en que los equipos de rugby en Francia estaban construidos sobre dos arquetipos. Por un lado una corte de gráciles príncipes de la tres cuartos, que se pasaban la pelota con esencial delicadeza, como si en vez de un balón transportaran la piedra filosofal del rugby en una frágil llama. Y después estaban los delanteros, una reunión de buscavidas tabernarios. Aquella gente entraba en las melés con cara de haber dormido los últimos veinte años al raso. Y ganas de que alguien lo pagara. Uno los miraba y sabía que eran capaces de meterle una cabeza de caballo en la cama al apertura contrario.

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Isa, Isa, Isa…

10 05 2018

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Bilbao ya tiene final… y es gigantesca

9 05 2018

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¿Acabaremos jugando al rugby con casco?

17 01 2018

La lesión sufrida hace unos días por Samuel Ezeala, en un choque con el impetuoso Virimi Vakatawa, ha devuelto el asunto de la conmoción cerebral al primer plano del rugby. No hay mayor novedad ni en la acción ni en sus consecuencias. Pero las circunstancias adyacentes (la juventud de Samu, que el incidente se produjera en su debut en la élite y la proximidad por haber sido formado en el BUC barcelonés y las categorías inferiores de España) han animado un revoloteo de exclamaciones y reclamaciones en el rugby francés. El cacareo habitual, cada uno desde su negociado, que en esta ocasión suena un poco a la cínica frase del capitán Renault a Rick en Casablanca, cuando le justifica el cierre de su café americain: “Qué escándalo, qué escándalo ¡he descubierto que aquí se juega!”. Y luego se lleva las ganancias.

Sí, en el rugby hay lesiones. Y algunas, como las conmociones cerebrales, pueden ser especialmente graves. No tiene sentido poner cara de sorpresa. Eso sí: si algo no podemos permitirnos es la indiferencia.

north

George North, atendido después de un incidente con Nathan Hughes, el 8 de Wasps: el galés ha sufrido varias conmociones que aún hacen temer por el futuro de su carrera.

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Mark McCall y el caso Saracens

18 05 2017

En no pocas ocasiones hemos hablado del carácter industrioso del rugby de Saracens y de su prosaica concepción del juego. Salvo a sus incondicionales, el equipo de Mark McCall emociona tan poco como una máquina troqueladora. Pero a veces, como sabemos desde Steve Jobs, la tecnología también puede ser sexy. Y hay un cierto appeal en un artilugio complejo que funciona con la fácil suavidad de un fluido. La victoria ante Clermont y el segundo título europeo consecutivo -y, en realidad, su rendimiento creciente desde hace año y medio- nos permite revisar el prejuicio acerca del equipo londinense y del propio término industrioso, y proyectar una imagen algo más justa con el que hoy es, dicho en términos absolutos porque así lo merece, el mejor equipo del continente.

El desorden del éxtasis: los Saracens levantan su segunda Champions Cup.

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Dan Carter, a la conquista de Europa

26 04 2016

La Europa de hoy es hija de una revolución. La Europa oval, se quiere decir, aunque no faltará quien aplique la afirmación a la historia política del continente. Hablamos de la Champions Cup, nacida sobre el cadáver aún caliente de la Heineken; una competición ideada por la revolución de las clases poderosas del rugby continental: los clubes de Inglaterra Francia, que forzaron a redefinir la competición a partir de su acuerdo con BT, la operadora televisiva. Y serán precisamente un equipo de cada país -el mejor equipo de cada país, tal vez, aunque Racing 92 está lejos de dominar el Top 14– quienes se disputen en Lyon el título que dejó vacante el tricampeón Toulon. La Champions de este año ha extrañado a los equipos celtas, que han trasladado a Europa el estado de transición e interrogantes de la Pro12. En todo caso, el entre Sarries Racing se hace irrefutable: han confirmado con el paso de los meses que ésta era su temporada. Son los dos equipos más en forma del continente; seguro que no los más brillantes, pero sí los mejor capacitados para competir, dominar los partidos, definir los términos en los que se juega y, al cabo, ganarlos.

Dan Carter, el rutilante fichaje de Racing 92 este año, ha conducido al equipo francés a la final europea.

Dan Carter, el rutilante fichaje de Racing 92 este año, ha conducido al equipo francés a la final europea.

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Una historia (íntima) de los Wasps

17 11 2015

Hace 20 años yo vivía en Londres y mi proyección del futuro era tan borrosa como lo es ahora, 20 años más tarde. Me habían echado de un periódico, pero no voy a atribuir ninguna argumentación cíclica para tal circunstancia, porque entrar y salir de medios de comunicación, y aun de otros trabajos, no deja de ser parte de la existencia. Así que no apelaremos a la brillante frase de mi querido Mark Twain -“La Historia no se repite, pero a menudo rima”-, sobre todo porque ni siquiera parece haber quedado sentado que la dijera Mark Twain. En toda emigración hay algo de huida, y en toda huida una búsqueda ansiosa; yo había huido a Londres a la busca de algunos anhelos juveniles que tenían que ver con una innegable anglofilia, con la mera supervivencia anímica que significa la ruptura y con el desafío de la lejanía. ¿A por el futuro? No, a por el futuro no iba. El futuro apenas me parecía una construcción mental que podíamos desechar -y mejor así-. Su forma material, si podemos otorgarle tal naturaleza, no consistía sino en una (in)finita sucesión de presentes. Así que solo me preocupé de que esos presentes diarios me proporcionaran alguna forma de contento. A tal efecto, me subí al autobús con una mochila roja llena con ropa apretada, algunas fotos, el inevitable aparato de música… y las botas de rugby. Si había alguna posibilidad de que los días sucesivos presentaran un lado gozoso, tendría que ver con el rugby. Era una condición necesaria. Uno, aquí sí con radical naivety, sentía que si había rugby, si de vez en cuando jugábamos al rugby, la tristeza o la añoranza o la perentoria disposición de medios económicos no podrían hacer su trabajo de desgaste. Y así fue. Así es también hoy día. Y hubo rugby en aquellos día en Londres. En dos planos, como siempre: un equipo en el que jugué (el peor equipo del mundo, estoy seguro, una enloquecida reunión de villanos que me hicieron vivir una historia por momentos violenta, a menudo desconcertante y casi siempre beoda: algún día habrá que contarla); y otro equipo al que iba a a ver con cierta frecuencia a su campo del distrito de Sudbury, en el noroeste de la ciudad. Era, claro, el Wasps RFC. El mismo que, más de 20 años después, este pasado fin de semana, asombró al continente con su exhibición en Leinster. Una victoria rotunda en el fondo y en las formas.

Una imagen del viejo estadio de los Wasps en Sudbury, al norte de Londres, en una semifinal de la Pilkington Cup contra Harlequins. [Photo: Mark Leech].

Una imagen del viejo estadio de los Wasps en Sudbury, al norte de Londres, en una semifinal de la Pilkington Cup contra Harlequins. [Photo: Mark Leech].

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