Nakarawa, el gigante articulado

11 05 2018

Hubo un tiempo en que los equipos de rugby en Francia estaban construidos sobre dos arquetipos. Por un lado una corte de gráciles príncipes de la tres cuartos, que se pasaban la pelota con esencial delicadeza, como si en vez de un balón transportaran la piedra filosofal del rugby en una frágil llama. Y después estaban los delanteros, una reunión de buscavidas tabernarios. Aquella gente entraba en las melés con cara de haber dormido los últimos veinte años al raso. Y ganas de que alguien lo pagara. Uno los miraba y sabía que eran capaces de meterle una cabeza de caballo en la cama al apertura contrario.

Hoy los vestuarios del Hexágono se parecen más a un parnaso de galácticos. De entre todas las estrellas reunidas por Jacky Lorenzetti llaman la atención dos artistas del antojo. Uno es Teddy Thomas, ala de impulsos ingobernables, dueño de un paso lateral fascinante como el de Fred Astaire. Anotador serial de ensayos. El otro es Leone Nakarawa. El segunda fiyiano logra algo inhabitual en el rugby: es uno de esos jugadores por los que merece la pena pagar una entrada.

Nakarawa fue oficial del ejército de Fiyi hasta que, con ocasión del Mundial de 2011, Nueva Zelanda le negó la entrada al país, aduciendo el veto que mantiene desde el golpe de estado del comodoro Frank Bainimarama. Finalmente el gobierno kiwi levantó una excepción y Nakarawa cambió su vida: abandonó las armas y se entregó al rugby, donde se libran combates más orgánicos. Gregor Townsend avistó su potencial y en 2013 se lo llevó a Glasgow para redefinir el canon de juego escocés.

Del fiyiano llama la atención su físico imponente. Pero no tanto por las medidas, bastante convencionales en el rugby de hoy, como por el uso que hace de ellas. Lo deslumbrante no está en la carcasa, sino en la confusión de espíritus que la habitan. No rehuye el placaje, ha ganado solvencia en las fases estáticas y se comporta con fiabilidad en los saques de lateral. Hasta ahí, un segunda canónico. Ahora viene lo distintivo: da la impresión de desplazarse en patines, desequilibra en el abierto (campeón olímpico de rugby siete con Fiyi), ataca los intervalos (junto con Vakatawa son los dos arietes en la ofensiva de Racing 92) y es el rey del offload: o sea del pase en contacto, suerte básica en el rugby hiperdinámico de hoy.

A lo largo de los años los irlandeses han sublimado el arte del doble placaje: uno va abajo, a cercenar las piernas para provocar el derribo, mientras otro choca arriba, con el fin de bloquear la pelota para que no haya transmisión. Nakarawa desactiva esa estrategia. Cuando lo placan sostiene el equilibrio y en medio del fragor decreta una inapreciable elipsis. Detenido el tiempo, mueve los brazos y libera el pase. Hace año y medio, en un partido contra Leicester, su juego reunió todos los asombros posibles: 10 pases en descarga que produjeron dos ensayos de Racing 92. Otro lo firmó él. «Es un jugador de otro mundo», resumió el Daily Telegraph.

En términos distópicos diríamos que parece un mutante, pero su explicación está más cerca del realismo mágico: «De niños jugábamos a menudo en el río y aprendíamos a pasar la pelota con los brazos muy altos, por encima del agua». Los fiyianos suelen practicar el rugby con ligereza anárquica. Durante años, Nakarawa se comportaba como un funambulista despreocupado. Lo mismo destilaba una maravilla que le hacía un butrón a su equipo. Hoy, impregnado del espíritu cartesiano de Racing 92, el gigante articulado ha domesticado sus instintos y es un jugador referencial.

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