Vino griego en Bayona

4 09 2014

En una visita a Biarritz siempre flota en el ambiente la posibilidad de una mediana regresión, de ensoñaciones burguesas decimonónicas animadas por los salones del Hotel Grand Palais que miran sobre la playa principal del antiguo pueblo ballenero. También de adquirir alguna pieza de moda en las tiendas de los tótems locales: Imanol Harinordoqy, el patriarca Sèrge Blanco o, incluso, en la tienda de ropa y materiales vintage que apadrina otro héroe del lugar, el inmenso Betsen. Y luego, ahí al lado, está Bayonne, donde nos acercamos a ver rugby del Top 14. Un día de éstos hablaremos (o no) de la competición francesa, pero por ahora haremos costumbrismo, que es una cosa muy recurrida cuando uno viaja. A Bayona habrá que volver con una cierta frecuencia: el mejor rugby del mundo no está lejos…

Pottoka, la muy divertida mascota del Aviron Bayonnais, disfruta de la pasión blanc et ciel de la hinchada local en el Jean Dauger.

Pottoka, la muy divertida mascota del Aviron Bayonnais, disfruta de la pasión blanc et ciel de la hinchada local en el Jean Dauger.

En los alrededores del estadio Jean Dauger uno descubre las formas más extremas de esa fascinante rutina humana que es la búsqueda de aparcamiento. Hay una cierta gloria anárquica en esos coches subidos en el más inverosímil chaflán, cruzados en mediano desorden sobre los plácidos parterres de las rotondas, o invadiendo las aceras, cualquier acera, hasta la misma entrada de las viviendas. No podríamos descartar que cualquier día un aguerrido ciudadano bayonés se encuentre que le han aparcado el utilitario en el recibidor de casa. Hasta qué punto los gendarmes desatenderán tanta carnaza viene a ser una cuestión de suerte y, dicen algunos conocidos con experiencia, también de nacionalidad.

Luego, ya adentro, uno puede gozar de esos pequeños rituales telúricos que tanto bien le hacen al rugby. La canción que recibe al equipo, la Peña Baiona, entonada con fervor de pertenencia por la parroquia. Un himno acogedor que despierta una pregunta en la trasera del cerebelo al recién llegado: ¿Cómo llegó José Vélez a imponer uno de sus éxitos nada menos que entre el ruralismo del rugby francés?

En realidad, el primero que cantó este Vino Griego fue el austriaco Udo Jürgens, que desgranaba Griechischer Wein desde que en 1974 adaptó lo que muchos dicen que era una canción popular portuguesa; la letra la puso el poeta alemán Michael Kunze. Jürgens, ganador de Eurovision en 1966, la interpretaba con una pajarita ostentosa, muy propia de los volúmenes de los setenta y de aquellos programas televisivos con orquesta residente  y aire de gala; cuando las galas aún no eran un producto del marketing mix de las administraciones públicas, propiedad del Moreno, ni había más branding que el entretenimiento melódico.

La canción tuvo un éxito tan rotundo que hasta fue acogida con entusiasmo en Grecia, donde la impostura debería haberse hecho mucho más evidente. Luego, nuestro José Vélez le agregó al himno ese toque kitsch de su sonrisa y untuosa gestualidad canora. Por no hablar de las rijosas parejas que, en el vídeo, juegan a hacer que liban entre las cubas y las flores, con suerte desigual. Es difícil quitarle la vista de encima a Vélez… pero uno se pasó el tema siguiendo al cuerpo de bailarines, su coreografía y mediana representación. Es un Thriller adelantado: en efecto todos parecen zombies.

Y de algún modo, todo esto acabó en la grada del estadio Jean Dauger y en las plazas de la ciudad de Bayonne, de la región y hasta en partidos de Francia. En cualquier lado donde haya una fiesta popular. Una canción emocionante, muy bien adaptada en solemnidad y vigor sentimental al rugby, entonada siempre con fervor popular, como se puede apreciar en las imágenes, y de tremenda emotividad en los partidos más grandes (no digamos cuando el rival, ahora en ProD2, eran los muchachos de Biarritz). Hasta los hinchas contrarios la reconocen como el gran himno del rugby francés. Y hay razones para ello: uno pasó días cantándola, hasta que logró extirparla. De momento.

Luego Rockocoko, Santi Fernández, Ollivon (al que algunos le reservan el ocho futuro de Francia) y compañía sacaron a bailar un vals a los chicos de Oyonnax. Y la tarde, bajo un sol glorioso, desplegó una sesión cómoda para los locales y poco hospitalaria, algo sorprendente, para los grandotes visitantes, entre ellos el muy baqueteado Tongauiha. En el apartado antropológico que siempre incluye un partido de rugby en directo, destacaríamos la admiración que desde el fondo nos inspiró el descomunal tamaño del chico Fonua: un tercera rayano en los dos metros y los 140 kilos. Si faltaba algo, de eso se encargó el pilar Jgenti, enmascarado por una lesión que le hacía parecer un trasunto salvaje de Peter Lorre en El hombre invisible: apareció de suplente y enseguida organizó un par de medianas peleítas para entrar en calor. El colegiado lo expulsó un ratito. Demasiado celo: la gendarmería, esa tarde, había relajado la presión disciplinaria.

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3 responses

7 10 2014
migueltuck

Ya se que son Pilares pero se espera tu crónica final del Rugby Championship….

4 09 2014
Maguila

Yo de Bayonne y de Biarritz me acuerdo de los partidos que organizaba la fundación Chrysalide, fundada por Lagisquet con fines benéficos. Los fondos iban a ayudar a los niños con deficiencias mentales, como su propia hija (creo recorder, hace mucho de ello). Solían ser partidos en Agosto entre los equipos Chrysalide XV-Invitation XV, donde vi jugar a Altuna junto a los Condon, Ondart y otros regulares del XV francés. Incluso Berbizier se vistió de corto en uno siendo ya seleccionador francés. Era el primer partido de Agosto autorizado por la FFR, y daba el disparo de salida a los amistosos previos al inicio de la liga. Pero bueno, parece que han pasado milenios desde entonces…

4 09 2014
ornat

Fantástico recuerdo. Has nombrado ahí a algunos auténticos grandes (Ondart fue uno de los primeros nombres que me quedó grabado del rugby en el viejo Cinco Naciones). Maguila, muchas gracias por la aportación.

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