Mark McCall y el caso Saracens

18 05 2017

En no pocas ocasiones hemos hablado del carácter industrioso del rugby de Saracens y de su prosaica concepción del juego. Salvo a sus incondicionales, el equipo de Mark McCall emociona tan poco como una máquina troqueladora. Pero a veces, como sabemos desde Steve Jobs, la tecnología también puede ser sexy. Y hay un cierto appeal en un artilugio complejo que funciona con la fácil suavidad de un fluido. La victoria ante Clermont y el segundo título europeo consecutivo -y, en realidad, su rendimiento creciente desde hace año y medio- nos permite revisar el prejuicio acerca del equipo londinense y del propio término industrioso, y proyectar una imagen algo más justa con el que hoy es, dicho en términos absolutos porque así lo merece, el mejor equipo del continente.

El desorden del éxtasis: los Saracens levantan su segunda Champions Cup.

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Leones en cautividad

19 04 2017

El parque anunciaba vida salvaje. Y la había. Aunque en ese estado medianamente vegetativo en el que parecen encontrarse las fieras en cautividad: un espacio suficiente, tal vez; pero un espacio limitado por altísimas vallas, con remate en tramas electrificadas; el público y sus niños rodean los alambrados y buscan entre el sol y la sombra el perfil ignorado de las bestias… Los patrones de comportamiento de los animales se repiten en una combinación que no parece muy aleatoria: los mansos, o sociables, se aproximan buscando la posibilidad del alimento; la mayoría se oculta o lo intenta; muchos otros dormitan en el espacio más alejado de la linde humana que les permite su claustro; los que se mueven lo hacen como si recorrieran una ruta prefabricada de obsesiones: durante varios minutos observamos a un ocelote al otro lado de un cristal, practicando una mediana carrerita mecánica hecha de giros en una elipse discontinua. Todo el tiempo el mismo giro, idénticos pasos, la vuelta completa, apenas unos metros, otra y otra y otra vez. Y otra. Y otra.

Mientras, en la cima de la colina, una atracción de caída libre libera su bufido hidráulico, que se mezcla con la estridencia nerviosa de gritos apurados de los que osan someterse al tratamiento de dos minutos de picadas vertiginosas. Puede que sean de verdad, pero hasta los gritos suenan artificiales, como en el guion de una mala película de sábado. Más abajo, en el vallado de los lobos ibéricos, dos ejemplares comparten una siesta bañada de sol, tumbados de medio lado, como perros caseros, sobre un terrado rojizo. Uno se levanta y empieza a dar vueltas, prendido por una repentina impaciencia de patrullero sin misión ni enemigos que acechar. No muy lejos, chicos y mayores se lanzan alegres por una ladera de agua, sentados sobre neumáticos. Hasta allí se puede subir andando, un ascenso considerable, o dejarse arrastrar por la suave comodidad de una cinta transportadora.

Aquí el oso pardo. Allá los cacharros de la feria. Enfrente una gigantesca pitón amarilla de la India expuesta en un terrario. Los tíovivos, el carrusel, las barquitas de choque y una suerte de montaña rusa natural con ingeniosos trineos rodantes que aprovechan la pendiente orográfica. En un cercado como un jardincito, un grupo de mangostas que se elevan sobre dos pies como si vigilasen algún depredador: pero desde sus madrigueras solo se avista el trenecito que te conduce a través del parque hasta el siguiente ecosistemaPor encima de las cabezas, adultos en vertiginoso tobogán aéreo sujetos de una tirolina. Y rapaces que descienden en hábil planeo embridado por las corrientes de aire, hasta el guante de sus adiestradores. El desorden artificioso de los animales en cautividad y la conciencia de un anacronismo irreconciliable. Miles de visitantes dando vueltas y disfrutando de un día de naturaleza. Ahora los zoos son parques temáticos. A un lado los felinos con sus fauces adormecidas al sol. Enfrente la carpa roja de un circo. Y al fondo, los British&Irish Lions en Nueva Zelanda.

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Huw Jones, una sombra azul en los radares

11 02 2017

Casi todo en Huw Jones  parece improbable, o una singularidad del destino. Igual de desconcertante resulta el irregular trayecto que lo ha llevado a la selección de Escocia desde los Stormers sudafricanos, como las condiciones de su aparición en el equipo de Vern Cotter. Y ese perfil elusivo todavía lo subraya más la velocidad con la que hizo impacto en el medio campo escocés. Precisamente en los centros, donde más talento ha reunido en estos últimos años el equipo: Alex DunbarMatt Scott, Duncan TaylorPeter HorneMark Bennett… Jones se saltó la jerarquía con dos ensayos frente a Australia y la permanente impresión de que, aunque nadie lo vio venir, ha regresado a Escocia para quedarse.

Huw Jones apoya uno de sus ensayos a Australia en noviembre.

Huw Jones apoya uno de sus ensayos a Australia en noviembre.

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Enrico y los placeres culpables

15 09 2016

Cada vez que nos sentamos a mirar un partido del Top 14 sentimos una punzada de rubor. Esa leve vocecita de vergüenza que nos avisa cuando estamos cometiendo un pecado menor, y miramos alrededor para asegurarnos de que nadie nos ve. Mirar esos partidos -con frecuencia primarios y a menudo violentos, muchas veces próximos al aburrimiento- es como pisarle la rodilla a un contrario que se ha quedado caído de nuestro lado en el ruck. O igual que cuando se levanta uno de la siesta con la baba reseca en la mejilla y camina hasta el frigo para cruzarse una fila de onzas de ese chocolate relleno de galleta Oreo que era para los niños. Cosas que sabemos que no se deben hacer pero… ay qué gusto dan. Como el chocolate y la violencia soterrada de los agrupamientos, algunos partidos del Top 14 se parecen mucho a eso que ahora llaman un placer culpable.

Alguna tableta sabrosa se habrá comido también. Pero, si hablamos de pisar rodillas… es algo que, en su día, hizo Enrico Ricardo Januarie: aquel medio de melé sudafricano cuyo cuerpo, incluida la cabeza, siempre pareció una superposición de bloques de arcilla. Veloz como un improbable felino; más listo que un disparo. Duro y bravucón. Januarie siempre compuso una imagen engañosa, de falso lento, de burla al atleticismo creciente. Ya en sus mejores días (alrededores del título mundial de la Sudáfrica de Peter de Villiers, en 2007, para situarnos) su estilo era una alegre extravagancia, tocada por el inefable carisma de los personajes de película. Januarie llamaba la atención por su aspecto y por su juego: rugby de gatillo fácil… y el conocido efecto bola de cañón de los jugadores compactos, de corta estatura, centro de gravedad bajo y un tren inferior de potentes desproporciones. Lanzado en carrera, un ser humano así parece compuesto no tanto por articulaciones y extremidades como por bielas y rodamientos. Más que correr, se diría que ruedan campo abajo.

Enrico 'Ricky' Januarie, en un partido de la temporada pasada con La Rochelle.

Enrico ‘Ricky’ Januarie, en un partido de la temporada pasada con La Rochelle.

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El chico que les sonreía a los balones

5 05 2016

De las muchas razones que uno puede esgrimir para ver a menudo a los Chiefs, tal vez la más común ya sea ésta: disfrutar de Damian McKenzie. El chico es una bomba. La caracterización tiene que ver con la efusiva alegría y la exuberancia física de su juego. Su figura supone una refutación completa de los presuntos arquetipos que rigen el juego moderno: mide 1,75 y ronda los 80 kilos. Siempre fue antes que nada apertura, pero ya en el Mundial sub20 con Nueva Zelanda, y en sus equipos de formación, se desempeñó también como zaguero y dejó noticia de su versatilidad y de un altísimo nivel técnico. La cohabitación en la franquicia con Aaron Cruden y con su hermano Marty, también apertura y que este año juega en los Crusaders, lo ha llevado de manera permanente al fondo. Pero ese alejamiento de la pelota, en su caso, es solo presunto. El papel de McKenzie en el torrencial ataque de los Chiefs es cualquier cosa menos secundario. Y el muchacho solo tiene 21 años.

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La feliz rutina de Damian McKenzie cuando tiene que patear.

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Dan Carter, a la conquista de Europa

26 04 2016

La Europa de hoy es hija de una revolución. La Europa oval, se quiere decir, aunque no faltará quien aplique la afirmación a la historia política del continente. Hablamos de la Champions Cup, nacida sobre el cadáver aún caliente de la Heineken; una competición ideada por la revolución de las clases poderosas del rugby continental: los clubes de Inglaterra Francia, que forzaron a redefinir la competición a partir de su acuerdo con BT, la operadora televisiva. Y serán precisamente un equipo de cada país -el mejor equipo de cada país, tal vez, aunque Racing 92 está lejos de dominar el Top 14– quienes se disputen en Lyon el título que dejó vacante el tricampeón Toulon. La Champions de este año ha extrañado a los equipos celtas, que han trasladado a Europa el estado de transición e interrogantes de la Pro12. En todo caso, el entre Sarries Racing se hace irrefutable: han confirmado con el paso de los meses que ésta era su temporada. Son los dos equipos más en forma del continente; seguro que no los más brillantes, pero sí los mejor capacitados para competir, dominar los partidos, definir los términos en los que se juega y, al cabo, ganarlos.

Dan Carter, el rutilante fichaje de Racing 92 este año, ha conducido al equipo francés a la final europea.

Dan Carter, el rutilante fichaje de Racing 92 este año, ha conducido al equipo francés a la final europea.

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El show del apertura gordo

25 02 2016

El canon praxiteliano anticipaba en la escultura clásica la sensualidad inherente a la curva. Una pose desenfadada del cuerpo definida en flagrante aliteración: suave sinuosidad. En Andy Goode parece no haber canon posible, salvo el que anuncia la decadencia de un jugador. Dicho en plata: es un medio de apertura que está más gordo que su talonador. Una perversión formal que nos recuerda el adagio del que siempre nos enorgullecimos en el rugby: éste es un deporte para gente de todos los tamaños y todas las tallas. Mientras cantamos convencidos la evolución física del juego y lamentamos que los vestuarios del rugby licra parezcan una reunión dominical de adonis mezclados con los primos del rechoncho Berengario de Umberto Eco, de repente se presenta Andy Goode con su barriga prominente; con esas camisetas de los Falcons que no le ganan la curva del vientre; con su aspecto de que será atropellado por cualquiera de los atletas del equipo contrario (e incluso del propio); y la pinta de hiperventilar si intenta atarse las botas él solo en el vestuario. Y sí, llega Andy Goode de su retiro para jugar diez partidos en el equipo de Dean Richards, y enseguida sabemos que no es que se hubiera retirado. No. En realidad, Goode estaba en el cuarto forrado / de leopardo dorado… como cantó Calamaro. Y se pone a repartir balones y de pronto Newcastle es Las Vegas. Y los Falcons ganan tres partidos de los últimos cinco. Y se confirma, una vez más, lo que todos sabíamos: que Elvis está vivo.

Andy Goode suelta un hábil pase a una mano ante el placaje de James Craig, de los Saints.

Andy Goode suelta un hábil pase a una mano ante el placaje de Craig, de los Saints.

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