El All Black más grande de la historia

12 08 2017

Los otros días nos fuimos a dar un paseo por la Occitania, donde cultivan vinos a los pies del macizo de La Clappe, excavan calzadas romanas y fichan con regularidad a antiguos All Blacks. Entre ellos, por ejemplo, Neemia Tialata: más de 40 veces internacional kiwi, antes de emigrar a Francia para una larga temporada de vendimia oval. Primero en Bayona. Más tarde en Toulouse. Ahora al otro lado de la franja sureña, en la mediterránea Narbona. Viajar es una excusa para ver partidos de rugby (más partidos). Saludar a un All Black es una forma de turismo, siempre un highlight existencial para cualquier aficionado. Además, según alguna singular hagiografía negra, Tialata ostenta uno de esos récords alternativos que tanto nos atraen: es el All Black más pesado de la historia: 136 kilogramos en el momento de la medición. Es decir, por eufemismo y por corporativismo pilarista, el All Black más grande que han conocido los tiempos. Tialata, el que colecciona gorras tipo béisbol y zapatillas de deporte. Tiene en sus estanterías un catálogo de más de 2.000 pares… como los raperos y las celebrities afroamericanas. A un personaje así había que pasar a saludarlo.

Neemia Tialata, el día que le enseñó su colección de zapatillas a una publicación francesa, aún en Bayona.

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La mirada de Dan Carter

2 11 2015

La mejor RWC que hemos visto coronó al mejor equipo que hayamos conocido: la Nueva Zelanda de Richie McCaw y Steve Hansen. Sí, por ese orden. Pero hubo Mundial, mucho Mundial. Y Australia logró que también hubiera final hasta los últimos diez minutos. Del resto se encargó el inmenso trabajo colectivo del equipo negro, tan repleto de detalles que para glosarlo harían falta una enciclopedia o un retablo. Para todo lo demás estaba Dan Carter, el mejor jugador del partido en muchos aspectos. Para la World Rugby, también el Mejor Jugador del Año 2015, una elección que desde aquí consideramos un exceso de entusiasmo post mundialista, y también un defecto de perspectiva. Perder demasiado tiempo en rebatirla, sin embargo, casi se antoja desleal con Carter, un jugador cuyos merecimientos siempre nos parecieron más allá de toda duda y al que, sobre la base de un rendimiento discutible en el último año, se quiso retirar de la circulación de los All Blacks antes de hora. Carter se ha encargado en este torneo, y particularmente en los partidos decisivos, de dejarnos el recuerdo de su intemporal clase como apertura. Para coronarlo se permitió la relativa frivolidad de un último reto: patear el golpe final con su pierna débil, la derecha. Y meterla, claro. Ha sido, hasta el final y pese a todas las sospechas, el incontestable director de juego de esta Nueva Zelanda de los centuriones, a la que en la fase de grupos todavía muchos veían oxidada (acabo de reencontrar una crónica que utilizaba el término nada menos que en el titular, tras el choque con Tonga) y a la que no le faltaron augurios de desastre antes de jugar contra Francia. La rotunda exhibición de ese noche, claro, hizo más conversos que el sermón de la montaña. A uno siempre le parece que a estos All Blacks, a éstos en concreto, no los celebramos lo suficiente. Y hay que hacerlo más allá de las legítimas fobias y filias de cada cual. El motivo reside en que nadie ha llevado el rugby a las cotas a las que lo han llevado ellos durante los últimos años. Y además, porque nos guste o no son los mejores embajadores del juego: con su forma de jugar, con gestos maravillosamente extemporáneos como el de la medalla de Sonny Bill Williams. O por la misma sencillez con la que hacen todo, algo de incalculable valor en estos tiempos de mercadotecnia expresiva. Todo queda sintetizado, de algún modo, en la misma simplicidad con la que Carter ejecuta sus patadas. Sin liturgias extrañas ni excesos gestuales. Una mirada larga al balón, otra a los palos, y vuelta al balón. Y el golpeo. Con plena naturalidad. Así patea Carter. Así juegan los All Blacks. Así ganan. Admiradores, partidos y títulos.

Dan Carter alinea el balón, mirando a los palos, para una de sus patadas durante el torneo: su tranquila liturgia define la esencial sencillez y excelencia con la que los All Blacks entienden el rugby.

Dan Carter alinea el balón, mirando a los palos, para una de sus patadas durante el torneo: su tranquila liturgia define la esencial sencillez y excelencia con la que los All Blacks entienden el rugby.

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By the Grace of BOD

14 03 2014

En ocasiones el deporte nos procura esta clase de círculos perfectos, recorridos que se clausuran en el mismo lugar (geográfica o metafóricamente) en el que comenzaron. Algo así va a ocurrir mañana en París, cuando Brian O’Driscoll juegue el último test-match de su formidable carrera en el Stade de France. No un partido cualquiera ni un homenaje relajado: nada menos que un desafío por el título. Y si hablamos de círculo clausurado es porque fue en París, en la primavera de 2000, en el primer Seis Naciones de la historia, el lugar en el que el segundo centro irlandés anotó nada menos que tres ensayos, para liderar la primera victoria de su equipo en 62 años en suelo francés. Esa tarde, el mundo oval al completo reconoció de inmediato al hombre que iba a dominar el torneo más antiguo del mundo durante el resto de su trayectoria; y también al que, puede que sin discusión, podamos proclamar como el mejor segundo centro de la era profesional, y uno de los más grandes de todos los tiempos. El muchacho al que pronto en Irlanda, y enseguida en el resto del planeta rugby, divinizamos con un acrónimo celestial: BOD.

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¿Debería Australia aprender de los Pumas?

9 09 2013

Puede que haya llegado el momento de que alguien se siente en una mesa (ese alguien bien podría ser Ewen McKenzie, el seleccionador) y, ante la evidencia de las pruebas reunidas, admita: “Es oficial, los Wallabies están en un laberinto“. Sudáfrica le pasó por encima a Australia el sábado, ante su propia gente, en la tercera jornada del Rugby Championship. Y si se dice le pasó por encima, no es sólo que lo superó deportivamente (el resultado de 12-38 no ofrece dudas), sino que le pasó por encima, de forma literal. Como una aplanadora. Como una hormigonera. Como una picadora de carne. Y lo hizo despacio, sin alardes exhibicionistas, a la manera surafricana, reduciendo al contrario con paciente brutalidad, en cada contacto; una superioridad física expresa segundo a segundo del partido y que asfixió durante una hora la resistencia australiana, hasta las explosiones finales en forma de ensayo: Le Roux, también desde el ala, y Kirchner. Suráfrica es ahora mismo un equipo constrictor, de los que te vacía de aire a puro tortazo. Pero hay otra cuestión que salta a la vista: Australia, hoy por hoy, no está preparada para asumir la demoledora exigencia física del rugby de sus rivales.

Kieran Read descarga de forma maravillosa el balón para ensayo de Savea, con el medio de melé Landajo en un intento de detener la marca. AFP PHOTO / Michael Bradley

Kieran Read descarga de forma maravillosa el balón para ensayo de Savea, con el medio de melé Landajo en un intento de detener la marca. AFP PHOTO / Michael Bradley

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