Axel de la guarda

12 01 2017

El rugby es un deporte pasional y emotivo, conformado por estrategias de pizarra, tácticas en diagramas, fundamentos técnicos y exhibiciones físicas… pero todo mezclado con un catalizador que opera inadvertido por las estadísticas, pero que las conforma: el compromiso, la disposición a la entrega del cuerpo, sin observar límites ni riesgos… Y la reunión de voluntades que integra un vestuario. La capacidad para conformar, de la disgregación de posiciones, tareas y habilidades, un solo espíritu que los trascienda.

Uno ha jugado al rugby durante el tiempo suficiente para saber estas cosas. Para no menospreciar el influjo que las emociones confieren al juego. Uno ha jugado al rugby el tiempo suficiente para que la vida se haya cobrado también su parte. La pérdida de alguien próximo, conjurada antes de empezar el partido cuando todos te abrazan y el capitán dice: “Esta semana se nos ha muerto a todos un padre”. La familia. No digamos si la familia ha perdido a uno de los que empujaba contigo. O incluso contra ti…

En esas ocasiones, te preguntas: ¿Cuánto empujan los muertos?

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La fe de Thomond Park

24 04 2014
"Nada es imposible, para aquéllos que son valientes y conservan la fe": el lema de Munster, síntesis escrita de su personalidad como equipo de rugby.

“Nada es imposible para los valientes y los que tienen fe”: el lema de Munster, síntesis escrita de su personalidad como equipo de rugby.

Una tarde de entrenamiento invernal, de esas que componen la gloriosa e inolvidable vida íntima de los equipos pequeños de rugby, nuestro entrenador entró en el vestuario y, antes de sentarse y sin mirar a nadie, anunció: “Me he convertido a la religión de Munster”. Era un tipo impulsivo, así que la declaración no nos extrañó gran cosa. Precisar la fecha no puede ser muy difícil: debe de haber sido entre 2007 y 2008, algo antes o después. En todo caso, en aquella franja de la historia del rugby europeo en la que Munster dominó el continente a fuerza de rabiosos empujones, capaz de juntar 33 fases de juego, 41 fases de juego… todas sin que la pelota salga de la delantera hasta ganar el partido. Nuestro delicioso sueño húmedo. Y un estilo engañosamente ancestral que generaba beatos emocionados entre cualquiera de los que alguna vez hubiéramos conformado una delantera. Particularmente, la primera o la segunda línea… Mi entrenador, claro, estaba entre ellos. ¿Cómo no secundar esa fe? La consecuencia de su revelación no tardó en sernos dada: a partir de ese día, los delanteros empujamos la máquina de la melé durante horas sin cuenta. La llevábamos arriba y abajo del campo, como si no hubiera nada mejor que hacer en la vida, entusiasmados en un progresivo embrutecimiento que, en momentos de paroxismo mayor, nos hacía temer si no atropellaríamos a algún tres cuartos despistado. Parecíamos Conan empujando la noria antes de que le creciera una potra (diría García Márquez) capaz de volatilizar brujas. Puede que algún jovencito se haya hecho literalmente hombre a lo largo de aquellas sesiones. Si en ese momento el entrenador nos hubiera pedido que la empujáramos hasta Barcelona, habríamos tomado la vieja carretera nacional sin hacernos una sola pregunta. Profesábamos la fe de Thomond Park, Co. Limerick. Sólo nos faltaba bautizarnos con una inmersión en el río Shannon.

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El castañazo

4 04 2014

Recuerdo que en algún momento de mi irregular vida adulta llegué a pensar que la existencia perdía sentido a partir de mediados de marzo, que era el momento en que se terminaba el (entonces) Cinco Naciones. Ahora resulta que mi pesada rutina se ha convertido, en buena parte, en una sucesión más o menos (des)ordenada de partidos de rugby, de tal forma que en algunos momentos temo haberme encarnado en el lema de aquella vieja camiseta que aún debo guardar en algún armario:“La vida es rugby: el resto son meros detalles”. Me acuerdo mucho de la irónica frase del Joker de Tim Burton: “Queda tanto por hacer… y tan poco tiempo”. En este caso: tanto rugby que ver… y nunca el tiempo suficiente. Entre ver rugby, jugar al rugby, pensar en el rugby, hablar de rugby, beber con los del rugby y escribir (a veces) sobre rugby, diría que no tengo agenda para el resto de obligaciones o pseudo responsabilidades. A tal punto que ayer me citaron para una reunión consultiva en la universidad la próxima semana y, mientras me hablaban, mi cerebro se puso él solito a considerar si a esa hora (las once y media de la mañana del martes) no habría algún partidito de tal o cual liga que yo TUVIERA POR OBLIGACIÓN que estar viendo. Esto es un síntoma de eso que llaman por ahí la enfermedad de Ellis.

Así presenta Sky Sports el partido de este domingo entre Toulon y Leinster: dos personajes principales para un choque repleto de secundarios estelares. El partido que culminará unos cuartos de final monumentales, un fin de semana de rugby extraordinario.

Así presenta Sky Sports el partido de este domingo entre Toulon y Leinster: dos personajes principales para un choque repleto de secundarios estelares. El partido que culminará unos cuartos de final monumentales, un fin de semana de rugby extraordinario.

Los hay peores que yo, lo sé. Mucho peores incluso: uno me confesaba haber llegado a ver tres partidos de rugby al mismo tiempo en pantallas alternas, durante esas prolíficas tardes de sábado del largo invierno. Yo reconozco haber dividido en dos la pantalla para no perderme ripio de lo que ocurre a ambos lados del Canal de la Mancha. Este fin de semana, al menos, tendremos algo en lo que centrarnos y horarios ordenados para hacerlo: los cuartos de final de la Heineken Cup, ahora mismo la competición que más me gusta ver. Entre el sábado y el domingo, cuatro partidos extraordinarios, cada uno a su manera o incluso todas a la vez: el sábado, Munster-Toulouse (14:30), Clermont-Leicester Tigers (18:00) y Ulster-Saracens (19:30). Y el domingo, por si todo esto fuera poco, Toulon-Leinster (17:00), con el encuentro de dos clásicos modernos, Wilkinson y O’Driscoll, y los últimos campeones de la HCup. Todo por Digital+. Sinceramente: yo entiendo que la cosa del cholismo y los balones de oro está en su gran apogeo final, pero con programas ovalados como éste uno no tiene tiempo para vulgaridades.

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Los amigos de Peter

16 12 2013

Este fin de semana falleció Peter O’Toole, el gigantesco intérprete irlandés. En algunos momentos de una vida no muy lejana, alimentábamos otro blog en el que a veces hablábamos de cine y otras muchas cosas, y a la desaparición de algún actor o actriz notables dejábamos una leve pincelada en memoria de su personalidad y su obra. O’Toole es recordado, desde luego, por su papel en el ‘Lawrence de Arabia’ de David Lean (“Si tu película va a durar más de dos horas, más vale que te llames David Lean”, dijo alguien); aún más debe serlo por su inconmensurable aportación al teatro en lengua inglesa. Vale decir al teatro a secas. Aquí, sin embargo, vamos a acordarnos de otra de sus pasiones habituales: el rugby. Pensando a la manera del otro blog, encontramos materia para éste. Porque, aunque Peter O’Toole fue, sobre todo, jugador y entrenador titulado de cricket, tenía debilidad por el rugby union y solía asistir a partidos del Cinco Naciones junto a amigos tan renombrados, y aficionados a la juerga, como Richard Burton y Richard Harris: otros dos cíclopes de la actuación y, damos en pensar a la vista de sus comportamientos biográficos, de muchas otras cosas. “Nosotros tres fuimos el espíritu de los sesenta”, dijo en cierta ocasión O’Toole acerca de ese rat-pack anglo-irlandés que conformaron en sus días. No había un modo más preciso de definir la veloz existencia de tres hombres que, literalmente y como se suele decir, se bebieron la vida y algo más a grandes tragos. Este vídeo muestra a Harris y O’Toole en el hospitality de la final de la Heineken Cup que Munster y Northampton Saints jugaron en Twickenham en 2000. No hay una sola imagen de juego pero, como sabemos cualquiera, estos escasos cinco minutos son puro rugby.

Además de la interpretación de las tradicionales canciones irlandesas, punteados por un conveniente violín, Richard Dickie Harris cuenta en esta secuencia su larga relación con el rugby, que le viene desde muy joven. Natural de Limerick en una familia de nueve hermanos, el hombre llamado caballo (y desde luego Bull McCabe) muestra con indisimulado orgullo la primera camiseta con la que jugó en su debut en 1948 con Munster Schools: Nunca la lavé, tiene la mancha original. Es la que llevé ese día y no la cambiaría por nada”, dice golpeándose el pecho. Escena que culmina con el tremendo placaje de O’Toole (“you tackle well!!!”, lo felicita Harris), antes de regresar a las embriagadas canciones. “De mi infancia en Limerick no puedo recordar nada más que el rugby, cuenta Harris, que vistió también los colores de algunos otros clubes de la región, entre ellos el legendario Garryowen, antes de que una tuberculosis lo retirara del oval. Emocionado, habla de eso que a veces hemos nombrado aquí: la identificación telúrica irlandesa y su funcionamiento como esencia motivadora del juego: “Ahora juegan fijianos, samoanos, sudafricanos, sarracenos… Entonces, de los 15 que salían al campo en aquellos equipos de Munster, 13 eran chicos nacidos y criados en Limerick. ¡Nadie puede contra la fuerza de esos lazos!”. Y remata: “Por eso el ‘soccer’ inglés se ha ido a la mierda”. Y utiliza esa palabra, soccer, lo que refuerza no sabemos si de forma casual o deliberada el personal distanciamiento hacia esa disciplina.

Cuando Peter O’Toole comienza a hablar, cuenta que Harris lo llamó para que fuera con él al partido y, como contrapunto a la chemise, como él le dice, de Munster de su amigo, muestra la corbata que él ganó en su primera aparición con el equipo de cricket de County Galway y que se ha puesto para la ocasión: “Sabe más de rugby que yo”, exclama Harris. Sobre su militancia, no caben dudas tampoco. Precisa Dickie: “Esta mañana me he apostado cien libras con el señor Gallagher a que hoy en Twickenham habría al menos un par de calcetines verdes”. Y le pide al cámara que enfoque a las canillas de Peter O’Toole: “Desde el principio de su carrera siempre ha llevado calcetines verdes”. “Así es”, corrobora el otro. Hijo de una enfermera escocesa y de un irlandés corredor de apuestas hípicas, antes futbolista, O’Toole nació en Connemara de acuerdo a una versión, y en la inglesa Leeds de acuerdo a otras (y a una partida de nacimiento alternativa en la que cambia incluso la fecha). De lo que no cabe duda es de que el azul licuado de los célebres ojos de Peter Seamus Lorcan O’Toole era el reflejo diferido de un alma esmeralda. Un instante después de demostrarlo enseñando sus tobillos, O’Toole mira el reloj y le dice a Harris esta frase memorable, que parece la línea de una película y que resume toda la escena: “Estamos en Twickenham, cariño, y el partido empieza en cinco minutos”. Y se van abrazados, cantando y bebidos. A ver rugby. Ese día, Munster perdió (8-9): pero estos dos no se lo debieron pasar nada mal…