Un equipo para todas las estaciones

26 10 2015

Los dos gigantes del sur, Nueva Zelanda Australia, se disputarán el próximo sábado la octava Copa Webb Ellis, un partido que supone el primer duelo entre ambos por un título mundial, y que determinará al primer tricampeón de la historia de las RWC -los dos tienen un par de títulos- y, si ganan los All Blacks, también al primero que logra retener el título logrado en la Copa del mundo precedente. Las semifinales reafirmaron la vigencia del principio  del rugby como deporte de invasión y de la defensa como equívoco concepto, relacionada de forma muy directa con el ataque. Ya dijimos antes que éste es un deporte cuya naturaleza reside en la ocupación territorial -la conquista del extremo contrario- y en el que no ataca quien tiene la posesión de la pelota, sino quien está en campo rival. Los Springboks, que lograron contener la ágil maquinaria creativa kiwi, estuvieron por delante hasta pasada la mitad del partido, pero siempre defendieron en su propio campo y, pese a su mayúsculo esfuerzo por sobreponerse a las limitaciones de su juego cuando la imposición física no les basta, acabaron cayendo por la mayor capacidad de los All Blacks para readaptar su rugby, corregir los errores y jugar con todos los elementos de un partido incómodo, sin perder el control ni cuando estaban por debajo ni cuando se pusieron por delante. Este Mundial, mayúsculo en muchos aspectos, tendrá la mejor final posible, hoy por hoy, en el rugby planetario. De momento analizaremos el fin de semana en algunos puntos que nos parecieron determinantes y en dos entradas consecutivas. Ésta es la primera.

El desafío oceánico entre Nueva Zelanda y Australia, partido clásico, será la primera ocasión en que ambos se disputen una final en la Copa del Mundo.

El desafío oceánico entre Nueva Zelanda y Australia, partido clásico, será la primera ocasión en que ambos se disputen una final en la Copa del Mundo.

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De Allende, héroe de Boris Vian

22 10 2015

El día que Heyneke Meyer dio la lista de 31 jugadores para la RWC15, hubo quien se puso a contar años (los que sumaban Schalk Burger, Victor Matfield, Fourie du Preez y otros héroes del 2007) y hubo quien empezó a contar razas. O colores: si lo decimos así puede que no atendamos a las razones de la corrección política, pero al menos estaremos siendo precisos. Porque, en Sudáfrica, hay muchos organismos -y el gobierno de la nación al frente de ellos- que han introducido la cuota racial en las selecciones deportivas. La Agency for new agenda, nombre algo críptico, viene a ser una asociación que busca la normalización, la igualdad racial post-apartheid, a base de mínimos porcentuales en el reparto: el asunto no es nuevo, pero alcanzó esta vez tintes algo surreales. Meyer tenía que seleccionar, de acuerdo al plan estratégico de normalización y sus KPIs (indicadores de rendimiento del plan) un 30% de jugadores of colourcomo dicen allá. El objetivo final es el 50%. Cuando vio la lista la SARU, la federación sudafricana, dijo que había nueve no blancos, lo que se aproximaba al porcentaje requerido, y que estaba satisfecha. La gente y los medios de comunicación se pusieron a contar: Mtwarira, Nyakane, Kolisi, Paige, Habana, Mvovo, Kirchner Pietersen. Ocho. ¿Quién era el noveno negro? Damian De Allende, alegó un portavoz de la union. El público enarcó una ceja. Puede que la afición no esté en disposición de discutir si un jugador es mejor que otro, pero la SARU se enfrentaba aquí a la posibilidad de que el país entero no se hubiera quedado ciego: ¿De verdad era negro ese muchacho vigoroso de los ojos verdes?

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¿Debería Australia aprender de los Pumas?

9 09 2013

Puede que haya llegado el momento de que alguien se siente en una mesa (ese alguien bien podría ser Ewen McKenzie, el seleccionador) y, ante la evidencia de las pruebas reunidas, admita: “Es oficial, los Wallabies están en un laberinto“. Sudáfrica le pasó por encima a Australia el sábado, ante su propia gente, en la tercera jornada del Rugby Championship. Y si se dice le pasó por encima, no es sólo que lo superó deportivamente (el resultado de 12-38 no ofrece dudas), sino que le pasó por encima, de forma literal. Como una aplanadora. Como una hormigonera. Como una picadora de carne. Y lo hizo despacio, sin alardes exhibicionistas, a la manera surafricana, reduciendo al contrario con paciente brutalidad, en cada contacto; una superioridad física expresa segundo a segundo del partido y que asfixió durante una hora la resistencia australiana, hasta las explosiones finales en forma de ensayo: Le Roux, también desde el ala, y Kirchner. Suráfrica es ahora mismo un equipo constrictor, de los que te vacía de aire a puro tortazo. Pero hay otra cuestión que salta a la vista: Australia, hoy por hoy, no está preparada para asumir la demoledora exigencia física del rugby de sus rivales.

Kieran Read descarga de forma maravillosa el balón para ensayo de Savea, con el medio de melé Landajo en un intento de detener la marca. AFP PHOTO / Michael Bradley

Kieran Read descarga de forma maravillosa el balón para ensayo de Savea, con el medio de melé Landajo en un intento de detener la marca. AFP PHOTO / Michael Bradley

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La primavera en el Sur

18 07 2013

Los Lions regresaron de Australia con una serie ganadora frente a los Wallabies y la cabeza de su entrenador, Robbie Deans. En realidad, la cabeza de Deans rodó algunas horas después. De eso han pasado ya unos cuantos días (suficientes para que aparezca ya como candidato para entrenar a Clermont), pero la reflexión diferida no varía: Deans, el entrenador más longevo de los Wallabies, llevaba algún tiempo virtualmente muerto, si el término resulta aceptable, como seleccionador de Australia. Diríamos que, desde el Mundial de 2011, ha dirigido a su equipo como el mismo Cid en la batalla postrera: tieso y de cuerpo presente en el box acristalado que apenas ahogaba el ruido mediático, las dudas generalizadas y la feroz crítica habitual down under, un fuego avivado por lenguaraces ex jugadores tuiteros y columnistas o pundits de discurso asilvestrado. Sobre todo, y en la distancia desconocedora éste parece el factor de mayor peso a lo largo del tiempo, Deans ha caído por eso que Quade Cooper definió como “ambiente tóxico” en el vestuario y el entorno de los Wallabies.

En el deporte profesional —y el rugby, despertemos del sueño adánico de sus tradiciones, incorpora a creciente velocidad todos sus valores y perversiones— el agotamiento de las relaciones entre un técnico y sus muchachos acostumbra a estar en el centro de la mayoría de procesos de deterioro del rendimiento. Puede haber evidencias públicas: indisciplinas más o menos frecuentes, episodios de apariencia aislada que ocultan una corriente de putrefacción intestina, declaraciones altisonantes…. O manifestarse en un proceso de agotamiento silencioso, que suele llevarse por delante todos los valores supuestos de un equipo, sus convicciones tácticas o deportivas, las prestaciones de sus mejores elementos. Esos equipos que, decimos en el argot, se caen y nadie se explica por qué ni cómo. Australia ha tenido de todo: se cayó después de anunciar su candidatura al Mundial en el Tri-Nations de 2011, entró en barrena a partir de la derrota con Irlanda en aquella cita y, después, ocurrió el continuo cataclismo, en todas las formas: una plaga de lesiones tremenda, sostenida en el tiempo y cebada con sus mejores jugadores; una terrible pérdida de identidad en el juego; el paulatino aislamiento y búsqueda de protección del técnico en opciones tácticas y elecciones erráticas de jugadores (el palmario ejemplo final de George Smith); el enfrentamiento directo con algunas estrellas; y, por fin, la derrota con los Lions, en territorio propio y con una inevitable sensación de fin de ciclo. En realidad, la historia de Deans había acabado mucho antes de este apretón de manos.

Deans saluda a Warren Gatland al término del tercer partido, y la rotunda derrota, con los Lions.

Deans saluda a Warren Gatland al término del tercer partido, y la rotunda derrota, con los Lions.

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