Huw Jones, una sombra azul en los radares

11 02 2017

Casi todo en Huw Jones  parece improbable, o una singularidad del destino. Igual de desconcertante resulta el irregular trayecto que lo ha llevado a la selección de Escocia desde los Stormers sudafricanos, como las condiciones de su aparición en el equipo de Vern Cotter. Y ese perfil elusivo todavía lo subraya más la velocidad con la que hizo impacto en el medio campo escocés. Precisamente en los centros, donde más talento ha reunido en estos últimos años el equipo: Alex DunbarMatt Scott, Duncan TaylorPeter HorneMark Bennett… Jones se saltó la jerarquía con dos ensayos frente a Australia y la permanente impresión de que, aunque nadie lo vio venir, ha regresado a Escocia para quedarse.

Huw Jones apoya uno de sus ensayos a Australia en noviembre.

Huw Jones apoya uno de sus ensayos a Australia en noviembre.

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Axel de la guarda

12 01 2017

El rugby es un deporte pasional y emotivo, conformado por estrategias de pizarra, tácticas en diagramas, fundamentos técnicos y exhibiciones físicas… pero todo mezclado con un catalizador que opera inadvertido por las estadísticas, pero que las conforma: el compromiso, la disposición a la entrega del cuerpo, sin observar límites ni riesgos… Y la reunión de voluntades que integra un vestuario. La capacidad para conformar, de la disgregación de posiciones, tareas y habilidades, un solo espíritu que los trascienda.

Uno ha jugado al rugby durante el tiempo suficiente para saber estas cosas. Para no menospreciar el influjo que las emociones confieren al juego. Uno ha jugado al rugby el tiempo suficiente para que la vida se haya cobrado también su parte. La pérdida de alguien próximo, conjurada antes de empezar el partido cuando todos te abrazan y el capitán dice: “Esta semana se nos ha muerto a todos un padre”. La familia. No digamos si la familia ha perdido a uno de los que empujaba contigo. O incluso contra ti…

En esas ocasiones, te preguntas: ¿Cuánto empujan los muertos?

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Caballeros de la orden tabernaria

3 11 2016

Un aspecto importante de la retirada del rugby es la negación. Es decir: hay que negar siempre que uno ha dejado el rugby. En psicología, la negación arrastra muy mala prensa. Pero, en el caso que nos ocupa, resulta absolutamente necesaria para nuestro prestigio público y equilibrio personal. De otro modo sobreviene el trauma. La otra tarde me crucé con un conocido y, como suele hacer casi todo el mundo, me inquirió: ¿Aún sigues jugando al rugby? La frecuencia de la frase, que parece encerrar un simpático desafío compartido, me indica que hay una expectación al respecto. Y yo, ufano y sin asomo de duda, afectando un comprensible tono de ofensa, respondí: “Pues claro que sigo. Precisamente el otro día…”.

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Nuestro ídolo Chilcott, un hombre con aspecto de veterano desde que tenía 15 años, aprox.

El relato que da continuación a los puntos suspensivos se lo ahorré, salvo en lo esencial: “Precisamente el otro día nos fuimos a Bilbao a jugar un torneo”. De veteranos, agrego ahora. El matiz no es raro. Lo raro no es irse a jugar un torneo de veteranos, cosa que a determinadas edades puede suceder con relativa frecuencia. Lo raro es volver. Volver vivo de un partido de veteranos, se quiere decir. Porque sabemos bien que, cuando uno accede a integrarse en uno de esos colectivos lúdico-festivos que se hacen pasar por el equipo de veteranos del club, está en realidad asomándose al borde de un precipicio.

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Enrico y los placeres culpables

15 09 2016

Cada vez que nos sentamos a mirar un partido del Top 14 sentimos una punzada de rubor. Esa leve vocecita de vergüenza que nos avisa cuando estamos cometiendo un pecado menor, y miramos alrededor para asegurarnos de que nadie nos ve. Mirar esos partidos -con frecuencia primarios y a menudo violentos, muchas veces próximos al aburrimiento- es como pisarle la rodilla a un contrario que se ha quedado caído de nuestro lado en el ruck. O igual que cuando se levanta uno de la siesta con la baba reseca en la mejilla y camina hasta el frigo para cruzarse una fila de onzas de ese chocolate relleno de galleta Oreo que era para los niños. Cosas que sabemos que no se deben hacer pero… ay qué gusto dan. Como el chocolate y la violencia soterrada de los agrupamientos, algunos partidos del Top 14 se parecen mucho a eso que ahora llaman un placer culpable.

Alguna tableta sabrosa se habrá comido también. Pero, si hablamos de pisar rodillas… es algo que, en su día, hizo Enrico Ricardo Januarie: aquel medio de melé sudafricano cuyo cuerpo, incluida la cabeza, siempre pareció una superposición de bloques de arcilla. Veloz como un improbable felino; más listo que un disparo. Duro y bravucón. Januarie siempre compuso una imagen engañosa, de falso lento, de burla al atleticismo creciente. Ya en sus mejores días (alrededores del título mundial de la Sudáfrica de Peter de Villiers, en 2007, para situarnos) su estilo era una alegre extravagancia, tocada por el inefable carisma de los personajes de película. Januarie llamaba la atención por su aspecto y por su juego: rugby de gatillo fácil… y el conocido efecto bola de cañón de los jugadores compactos, de corta estatura, centro de gravedad bajo y un tren inferior de potentes desproporciones. Lanzado en carrera, un ser humano así parece compuesto no tanto por articulaciones y extremidades como por bielas y rodamientos. Más que correr, se diría que ruedan campo abajo.

Enrico 'Ricky' Januarie, en un partido de la temporada pasada con La Rochelle.

Enrico ‘Ricky’ Januarie, en un partido de la temporada pasada con La Rochelle.

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Misa negra

25 08 2016

No parece necesario entretener el tiempo en construir otro panegírico acerca del maravilloso rugby que está jugando el equipo de Steve Hansen. Porque ya van unos cuantos y, al final, los diagnósticos y las conclusiones o se parecen mucho o inciden en detalles que ya sabíamos. El mundo ya sospecha que por donde pasan los All Blacks no vuelve a crecer la hierba. La primera jornada del Rugby Championship expresó con la misma claridad el estado sublime del rugby neozelandés y la reunión de incertidumbres que acosan a los demás.

Todo se pareció bastante o funcionó como una versión de lo visto en el Super Rugby. Hay un confuso desierto en Australia; una idea esperanzadora aunque todavía muy imperfecta en Sudáfrica; y ese punto impreciso de Argentina, en el que no sabemos si se aprecia lo suficiente un cambio que es básico: los Pumas ya no juegan mirando de abajo arriba a sus rivales ni aspiran a derrotas dignas. Con todas sus deficiencias, ahora juegan de igual a igual y a ganar. Lograrlo o no es otra historia: se llama competición.

Jerome Kaino, desafiante entre Cane y Aaron Smith, tras taparle a Foley una patada y entrar en el ensayo.

Kaino, desafiante entre Cane y Aaron Smith, le tapó una patada a Foley y se fue al ensayo.

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Sudáfrica, país de leones

26 07 2016

Los Lions de Johan Ackermann acaban de entrar en las semifinales del Super Rugby con una nueva exhibición de su pegada ofensiva. Derrotaron con rotundidad al mayor clásico del campeonato, Crusaders, y buscarán contra Highlanders su pase a la final. Todo esto con un rugby de inspiración atacante: logros que, poco tiempo atrás, solo un loco entusiasta habría imaginado. La brillantez de los Lions hace tiempo que estaba fuera de toda duda. El éxito de los resultados le da todavía más sentido y potencia persuasiva al papel regenerador que la franquicia basada en Johannesburgo está jugando en el rugby sudafricano.

Esta reflexión viene demorada, sin embargo, desde algunas semanas atrás. Entonces, un partido encarnó el momento de incertidumbre y transición en el que se encuentra el rugby sudafricano: fue el Lions-Sharks. A dos jornadas del final de la temporada regular en el Super Rugby, el vibrante equipo de Ackermann protagonizó una de las victorias más arrolladoras del año, en el fondo y en la forma. Hablamos de Sharks, equipo que ha llegado al final de temporada hecho unos zorros, pero que aún son los Sharks: o sea, Mtawarira, Coenie Oosthuizen, los gemelos Du Preez, Pat Lambie -ahora tocado-, el prometedor Garth April, Paul Jordaan, Sithole, Mvovo, JP Pietersen, Willie Le Roux… Poco importó su nómina de jugadores ni el hecho de que se estuvieran jugando con los Bulls una plaza en los playoffs que no tenían asegurada. Fueron arrollados por el hambriento partido de Elton Jantjies, Combrinck, Mapoe, Mostert, Malcolm Marx, Redelinghuys, Skosan y compañía. Y al frente de todos, Faf de Klerk. El tipo, y sus compinches, que le han enseñado a Sudáfrica el aspecto que tiene el futuro.

 

Faf de Klerk, el nueve de los Lions que ya lo es, y con pleno derecho, de los Springboks.

Faf de Klerk, el nueve de los Lions que ya lo es, y con pleno derecho, de los Springboks.

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La primavera negra (2)

2 07 2016

Los All Blacks nos han acostumbrado a una excelencia tan cotidiana que a menudo sus partidos producen en las almas de conclusión ansiosa una impaciencia muy característica: si al cuarto de hora no han marcado un par de ensayos; o incluso si el contrario se les ha colado por un butrón a la espalda de la línea de ventaja una o dos veces… empieza un ya tradicional miserere acerca de su indudable estado de osteoporosis competitiva, problemas defensivos, fines de ciclo o imposibilidad en el relevo de los que se han ido. Y el de enfrente -que por otro lado suele ser un rival de la primera línea del rugby mundial- reúne una pléyade de adjetivos grandilocuentes y el inevitable diagnóstico sobre su evolución y las glorias que le aguardan.

Lo que suele ocurrir después también hace ya tradición. En algún momento hacia la hora de partido aparece, como en las carreras ciclistas, el hombre del mazo y sus diferentes encarnaciones, casi todas vestidas de negro. Y de pronto el partido igualado se convierte en un río de ofensiva lava oscura, que arrasa en el último cuarto todo lo que encuentra a su paso. Vienen los ensayos y se alarga el marcador. El encuentro acaba con los chicos de Steve Hansen frescos como una lechuga y, a su alrededor, un muy habitual “sí, Nueva Zelanda sigue ganando, PERO…”.  Luego el pero se diluye y queda la evidencia de que la distancia entre los All Blacks y el resto del mundo continúa intacta. Por más que se hayan ido todos los Centuriones, los que vienen detrás enganchan en el sistema con total naturalidad y se saben la letra y la música. La primavera negra es así. Un florecimiento constante. Una alergia que deja al de enfrente frito.

El segundo centro George Moala encuentra un hueco en la montonera para uno de los seis ensayos kiwis en el tercer partido de la serie. [ROB JEFFERIES/GETTY IMAGES]

El segundo centro George Moala encuentra un hueco en la montonera para uno de los seis ensayos kiwis en el tercer partido de la serie. [ROB JEFFERIES/GETTY IMAGES]

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