Mark McCall y el caso Saracens

18 05 2017

En no pocas ocasiones hemos hablado del carácter industrioso del rugby de Saracens y de su prosaica concepción del juego. Salvo a sus incondicionales, el equipo de Mark McCall emociona tan poco como una máquina troqueladora. Pero a veces, como sabemos desde Steve Jobs, la tecnología también puede ser sexy. Y hay un cierto appeal en un artilugio complejo que funciona con la fácil suavidad de un fluido. La victoria ante Clermont y el segundo título europeo consecutivo -y, en realidad, su rendimiento creciente desde hace año y medio- nos permite revisar el prejuicio acerca del equipo londinense y del propio término industrioso, y proyectar una imagen algo más justa con el que hoy es, dicho en términos absolutos porque así lo merece, el mejor equipo del continente.

El desorden del éxtasis: los Saracens levantan su segunda Champions Cup.

Para ello, haremos un ejercicio de escuela de negocios: si tomáramos el rugby de Saracens como un bien producido de forma industrial y lo descompusiéramos en un mapa de procesos, encontraríamos una rigurosa sucesión de acciones que cubre desde la definición inicial de estrategias a una cadena de movimientos mecanizados, individuales y colectivos, que operan con una funcional armonía. Un ruck limpiado con presteza, un octavo que se levanta de la melé y gana la línea de ventaja, pelotas lentas o rápidas administradas por un nueve de aspecto funcionarial (de esos que lleva la empresa entera en la cabeza); la esencial pausa del apertura en el pase, que interroga a las defensas ansiosas y a las indecisas; delanteros que dan continuidad a la sinergia entre las líneas; corredores de señuelo y, bajo esa tramoya, un centro que practica el butrón humano; y otro que se cuela por el agujero o reordena el juego. Y, de forma transversal a toda la organización, embestidas potentes, reciclajes ordenados en la velocidad precisa, la gestión exacta de las transiciones y una atinada recolocación posicional, automatizada al milímetro, entre la situación de defensa y la de ataque… En fin, una maquinaria engrasada.

Naturalmente, todos los equipos podrían ser analizados de esa forma, deconstruidos. Porque todos juegan con mecanismos pensados de antemano, igual que todas las organizaciones diagraman sus procesos productivos. La diferencia reside en la eficiencia. Saracens juega un rugby de altísima eficiencia. Por eso acaban de revalidar su título europeo y por eso se les reconoce, con toda la razón, como los mejores del momento. Una vez más, todo el mundo trata de ser eficiente en lo que hace, por supuesto, pero no todos lo logran. O no en la misma medida. Casi en forma de trabalenguas, la cosa se resume así: Saracens hacen lo que hacen mejor que nadie; y no hay otro equipo ahora mismo en Europa que haga lo que hace mejor de lo que Saracens hacen lo que hacen. ¿Se entiende?

Venimos a decir que no es tanto una cuestión de propuesta como de ejecución de la propuesta. La de Mark McCall se comporta, hace ya tiempo, con esa regularidad de operación matemática con la que se programa una compleja máquina en la factoría. Saracens es un equipo industrioso, por supuesto. A menudo, en deporte este término se usa con intención peyorativa (en contraposición con el muy popular talento) o bien agregándole una prejuiciosa semántica del esfuerzo como posibilidad de menor estatura. Y ya se sabe que el esfuerzo fascina menos que la habilidad, esa suerte de envidiable aptitud cuasi mágica para el desarrollo de una labor. En realidad, ambos ingredientes resultan necesarios. Particularmente en el rugby. Para jugar al rugby (bien) hay que pensar tanto como empujar.

Saracens lo hace. Pero Saracens no suele gustar gran cosa por su idea de fondo, por su descarada superioridad defensiva, porque no hay entre sus jugadores funambulistas bohemios ni artistas del hambre. McCall ficha gente hambrienta, que entiende el juego como un trabajo. Lo decía siempre en su perfil social uno de los más renombrados buscavidas de los últimos tiempos, Jacques Burger, antes de cada partido: “Let’s go to work…”. Jugar es trabajar. La broma del namibio resumía la personalidad de todo un equipo.

La cuestión con Saracens no es tanto la idea como la ejecución, que marca una fundamental distancia entre el acierto y el error. Y, desde esa perspectiva, Saracens aterriza la teoría en una ejecución práctica de altísimo nivel. Todo sucede en un timing exacto. Clermont le presionó en la melé y los Sarries contrapusieron la mejor medicina frente a un scrum presionado y en peligro de retroceder: introducción y talonaje limpios, canales abiertos y balón en el 8 al segundo. Y luego, Billy se levanta y gana la línea de ventaja. De un posible retroceso, a hacer retroceder al contrario con una melé inferior. Eso es jugar bien al rugby. Como le oí a alguien hace unos días: “La diferencia es la velocidad a la que eres capaz de hacerlo todo sin equivocarte”. La ejecución -miremos a los equipos, franquicias y selección del país llamado Nueva Zelanda– es algo así como el arte cotidiano de la técnica. Una cosa muy japonesa.

Se ha hablado mucho estos años de la defensa de Sarries (aspiración inconclusa de la Inglaterra de Eddie Jonesby the way), pero hace tiempo que hay que hablar de su ataque. Solo hace falta ver en estos highlights de la final la conexión tan escrupulosa de tiempos y enlaces entre las fases de conquista y el trío Farrell/Barritt/Bosch. O la limpieza con la que interpretan saltadores y apoyos el saque lateral que arranca la jugada del ensayo de Ashton. Son arquetípicas de los Saracens de hoy. Tendemos a considerar a los equipos según la tramposa dualidad entre jugar bien y jugar mal; e identificamos el primer concepto con jugar bonito. Pero en general estas son consideraciones morales, de gusto estético o de percepción subjetiva. Saracens juega muy bien su rugby. En el fondo, de lo que hablamos cuando hablamos de jugar bien es de algo muy simple: jugar bien es hacer las cosas bien. Lo que se quiere hacer, hacerlo bien. Con un resultado (en cuanto al producto, no en cuanto a la victoria o la derrota) acorde a la pretensión y los objetivos. Y en ese aspecto, hay pocos equipos que hagan las cosas tan, pero tan bien como Saracens.

Por eso es dos veces campeón de Europa, después de derrotar el sábado a Clermont. Si queremos un ejemplo de ineficiencia, basta mirar a Clermont, que exhibe en sus vitrinas el agujero insondable de 14 finales perdidas. Los medios franceses han descrito estos días, con comprensible empatía, las lágrimas del pueblo jaunard a la vista de una nueva derrota de los muchachos de Franck Azema. Se le puede llamar gafe, vértigo ante el precipicio de las grandes victorias y otros muchos arcanos. Pero esas tentativas apenas quedarán en juegos líricos, muy alejados de las verdaderas razones, que corresponden no al análisis emocional, sino al del juego. O sea, al de los procesos del juego.

Clermont tiene muchos recursos, muchísimos. Pero no los aprovecha. Tampoco lo hizo en la final de la Champions Cup y por eso quedó lejos de Saracens. Aunque el marcador pasara un buen rato igualado en el tramo central del partido, los ingleses nunca extraviaron su mando. Lo reconocieron todos los jugadores de Azema, y el propio entrenador clermontois, al final del partido: pese a lo que dijera el puntaje, habían pasado la tarde en un plano inferior al de los ingleses.

Saracens ha sublimado en el último año y medio la construcción de su propuesta y su realización práctica sobre el terreno de juego. Pocos equipos tienen una política de incorporación de jugadores tan sobria y con tanto retorno como la de los Sarries. McCall ficha pocos jugadores cada año. A veces da la impresión de no fichar nombres, sino piezas… lo que no parece mala idea. Hay algunos jugadores principales en el grupo, pero aquéllos que componen la segunda unidad, por lo general, son capaces de sostener el nivel general sin mella notable. Cuando va al mercado, McCall compra lo que necesita. En los últimos tres años, cinco jugadores cada mercado veraniego. Uno de ellos, Itoje, procedente de la Academy del club. Cinco exactos, cada vez: la secuencia no parece gratuita. En estos mismos años, su gran rival en la Premiership, Wasps, incorporó hasta 13 cada verano. En total, 15 frente a 39.

McCall cuida la continuidad y se asegura de que los nuevos engranen pronto sin grandes bandazos. A tal punto que este último año a un Burger lo sustituyó otro Burger. Y a Hodgson, un jugador emergente como Lozowski. Dos operaciones, como la de Vincent Koch, que resumen una filosofía. Saracens no ficha estrellas. Las construye o posibilita la promoción y el crecimiento de jugadores en fase de emergencia: George Kruis, Jamie George, los hermanos Vunipola, y desde luego Maro Itoje. Pero el arquetipo de jugador Sarrie no es un tipo rutilante. Es un veterano de la guerra de guerrillas, con aspecto de fontanero del juego y rendimiento constante (un Jackson Wray, un Rhodes, un Jim Hamilton, un Kelly Brown, un Schalk Burger de regreso de sus mejores días en Sudáfrica); o un tipo en el que McCall advierte una aportación de valor o una ventaja competitiva que el mercado no considera demasiado apetecible: Chris Wyles  o Maitland, Barritt o Alex Goode. El triunfo de la clase media.

La media de edad de la plantilla está en 28 años, punto de cocción preciso en la carrera de un rugbier. La de los delanteros, en 26. Nada parece casual. Naturalmente, hay algunos actores principales, con un peso principal en la cadena de valor. Los hermanos Vunipola, Farrell y Marcelo Bosch, clave de bóveda de todo el ataque. Y Ashton, un apestado del rugby inglés por sus frivolidades estéticas o por indisciplinas repetidas… pero anotador serial de ensayos. Un prodigio en la persecución de la jugada y en el uso de territorios ajenos a los tradicionales del ala. Ashton coloniza territorio campo adentro con su velocidad y acaba lo propio y lo ajeno. Protegida su fragilidad defensiva por el funcionamiento colectivo, es un jugador que resuelve. Está para lo que está y lo hace. Este verano se marchará con un récord absoluto de ensayos en partidos continentales y una canción de sus compañeros que vemos en la página y el Facebook de Pundit Arena: Ashy’s off to Toulon... más las bromas desordenadas sobre su cuenta corriente. Al frente de la juerga, claro, un primera línea. Hay un segunda que sale a bailar… pero las fiestas, en el vestuario, siempre las dirigen los mismos. El resto tocan el piano.

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2 responses

22 05 2017
GREGORIO AZNAREZ SOLANAS

Cierto, en el Rugby, como en la vida misma, lo que hagas que sea bien y con pasión.
Gracias.

18 05 2017
Toe

Muchas gracias por el trabajo, gran artículo y tremendo análisis. Y el partido, muy entretenido, a ver que tenemos este fin de semana con las semis en las islas.

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