Axel de la guarda

12 01 2017

El rugby es un deporte pasional y emotivo, conformado por estrategias de pizarra, tácticas en diagramas, fundamentos técnicos y exhibiciones físicas… pero todo mezclado con un catalizador que opera inadvertido por las estadísticas, pero que las conforma: el compromiso, la disposición a la entrega del cuerpo, sin observar límites ni riesgos… Y la reunión de voluntades que integra un vestuario. La capacidad para conformar, de la disgregación de posiciones, tareas y habilidades, un solo espíritu que los trascienda.

Uno ha jugado al rugby durante el tiempo suficiente para saber estas cosas. Para no menospreciar el influjo que las emociones confieren al juego. Uno ha jugado al rugby el tiempo suficiente para que la vida se haya cobrado también su parte. La pérdida de alguien próximo, conjurada antes de empezar el partido cuando todos te abrazan y el capitán dice: “Esta semana se nos ha muerto a todos un padre”. La familia. No digamos si la familia ha perdido a uno de los que empujaba contigo. O incluso contra ti…

En esas ocasiones, te preguntas: ¿Cuánto empujan los muertos?

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El duelo, en el rugby, es una bomba de tiempo. Materia inflamable que hay que manejar con cuidado, porque te puede devorar a ti o hacerlo con el contrario. En cierta ocasión perdimos de forma repentina, la noche anterior a un partido, al talonador de un equipo rival. Uno de esos enemigos íntimos contra los que has jugado tantas veces que, cuando un día te das cuenta de que nunca más vas a tenerlo enfrente, te parece que la melé se ha quedado vacía. Y te pasas el partido extrañándolo cada vez que vuelcas abajo el cabezazo retador. Porque es de los nuestros aunque nunca haya estado entre los nuestros.

Estos conceptos son difíciles de describir, pero muy sencillos de reconocer. En general los primeras líneas se respetan entre sí, tal vez por la proximidad o porque comparten un arcano del juego vedado al resto de los componentes del equipo. Entre esos, hay rivales con los que, a fuerza de pegarte con frecuencia y años en la melé, te parece que los conoces desde la primera Comunión. Antes de los partidos te los cruzas y las conversaciones revelan que la batalla solo es otra forma de amistad: “¿Hoy qué, nos pegaremos como la última vez o qué?”. Y asientes, sonriente, como si te estuvieran proponiendo ir a pasar la tarde a la bolera: “Ni lo dudes. Te atizo en cuanto pueda”.

El partido siguiente a su marcha le rendimos un homenaje, sobre el campo, antes de que sonara la campana y empezase la larga tradición de la guerra. Uno de sus pilares, otro viejo contrincante, me tomó en un abrazo emocionado justo antes de empezar y me dijo al oído: “De ahora en adelante os vais a joder, porque ya para siempre vamos a ser cuatro en la primera línea”. Pensé en decirle que nos los íbamos a llevar por delante a todos. Con el mismo tono con el que antes nos citábamos a la pelea burlona. No acerté a soltar la frase. No es que me diera pudor… es que no podía ni hablar.

Ese día tuve que pegarme más que nunca para sacarme de la garganta el bolo de triste mierda que se me había cruzado en el gaznate. Solo la brutalidad inconsciente podría conjurarlo. Peguémonos más que nunca hasta querernos más que nunca. Creo que fue la misma tarde en que acabé pisándole el cuello a un chico que había retenido la pelota en el suelo, mientras yo tironeaba, consciente de que el robo me daba medio ensayo, porque había campo abierto en el cerrado y bastaba arrancársela de las garras a aquel rival ya anulado y, luego, entregársela a alguien más rápido que yo, que la acunara veloz hasta la línea del fondo.

Así que, como no soltaba y aquello era un golpe de castigo de libro, pero el ref tampoco parecía tomárselo por la tremenda, al tipo acabé por pisarlo de mala manera. Yo pretendía solo ponerle los tacos en el pecho, como advertencia o no sé bien para qué. No hacerle daño. Solo ganar la pelota o el golpe. Pero se me fue el pie para arriba y acabé por arrastrar el arma blanca de los tacos hasta el cuello. Algo que ahora no acierto a justificar, porque fuera del campo la lógica del juego se contrae mentirosa. Me afané tanto en la intentona que me tuvieron que expulsar, claro. El otro tardó un rato en levantarse. Me dijo de todo y yo al principio debí de oponerle un tabernario “haberla soltado y no te habría pasado nada”, pero la conciencia no me auxiliaba y enseguida me encogí en mi propia culpa y todo lo demás. Cómo explicarles que era la tristeza. O lo que fuera. La locura del extrañamiento. La pérdida. Yo qué sé… Me pasé disculpándome hasta la octava cerveza del tercer tiempo.

En serio, ¿cuánto empujan los que ya no están?

Thomond Park homenajea a su entrenador y ex jugador, contra Glasgow.

Miremos a Munster. El dato es éste: desde que se murió Anthony Foley, su añorado entrenador, el equipo de Limerick sólo ha perdido un partido: fue en Welford Road, contra Leicester Tigers, un rival que -con todos sus defectos, que ahora ha querido enjugar con la destitución de Richard Cockerill– aún guarda en su genética la memoria de los campeones heridos. La que no tiene Racing 92, rival contra el que, este pasado fin de semana, Munster completó su círculo de virtudes con la demolición del equipo francés, en el desleído Stade de Colombes.

La de París fue la décima victoria en los últimos once partidos. En este periodo, Munster ha sometido a rivales de toda clase y condición, muchos de ellos contrincantes de primer orden por linaje o aspiraciones: Glasgow en la Champions (38-17), el primer encuentro sin Foley; después Ulster (14-15), Ospreys (33-0), Benetton (46-3) y otra vez Glasgow (15-16) en la Guinness Pro12. Leicester en Thomond Park en la Champions (38-0), Leinster (29-17) y Connacht (9-16) en los derbies navideños de la liga celta, otra vez. Y, por fin, estos últimos días, en el partido aplazado con Racing 92, aquél que quedó pendiente después de que a Axel Foley se le parara el corazón. Nunca sabremos ya como habría sido ese encuentro de jugarse, pero en el tiempo que ha pasado los dos contendientes han recorrido caminos inversos. El resultado, un completo aplanado irlandés sobre los condescendientes franceses (7-32), ya eliminados de la competición hace rato. Racing 92, como los equipos del Top14 en general, acostumbran a pensar a menudo más en lo que conviene que en lo que viene. A la figura se la conoce, popularmente, como especulación.

En medio de tales explosiones competitivas, Munster se dio además el gusto de agregar otro epígrafe a su cipotuda historia al sumar su primer triunfo contra los All Blacks Maoríes, en el periodo de internacionales en noviembre. Un encuentro jugado bajo un vendaval de lluvia y viento que lo convirtió en ocasión aún más vibrante. La tribu irlandesa ha construido en estos últimos tiempos una cierta mística de equipos capaces de inquietar seriamente a los neozelandeses. La victoria del XV de Joe Schmidt en Chicago primero; la sacudida de Munster contra el seleccionado aborigen después. Fue, además, uno de esos partidos cuyas liturgias contribuyeron a la leyenda: antes de empezar, los maoríes extendieron una camiseta dedicada a Anthony Foley a los pies de la tempestad que azotaba Thomond Park. El gesto recibió la gratitud emocionada de la familia, el público y el equipo de Limerick. Después, Munster se subió en la tormenta y desató una de esas tardes de sangre y fuego que tanto bien le hacen a su rugby. No solo les ganaron a los turistas, sino que por el camino les pegaron hasta en el cielo de la boca.

¿Qué mejor homenaje cabría? Hablamos de un pueblo cuya tradición ha convertido las celebraciones funerarias, los wakes, en un tercer tiempo a medio camino entre el paraíso terrenal y la insondable eternidad. Gente que sabe y observa esta verdad: en el rugby, cuanto más respetas a tu rival, más fuerte hay que arrearle. La batalla es otra forma de la amistad. La blandura es una evidente señal de desconsideración.

El resultado es que Munster domina las dos competiciones en las que juega: bueno, en la Guinness Pro12 está en la segunda plaza… pero con un partido de menos, en cerrada disputa con los galeses de Ospreys. Y, desde luego, controla su grupo de Champions Cup. Tiene tres puntos de ventaja sobre los Warriors, a los que visita este fin de semana en Scotstoun, antes de cerrar la primera fase con la recepción de Racing 92. Está en magnífica disposición para acabar primero y asegurarse una eliminatoria al abrigo del temperamental Thomond Park.

Esta serie tan exitosa de Munster, a la espalda de un acontecimiento traumático como el repentino fallecimiento del entrenador, nos obliga a preguntarnos muchas cosas. El comportamiento del equipo irlandés fue siempre tan apasionado como mercurial. Glasgow supo de antemano que, a la vuelta de las exequias por Foley, lo más probable era que la máquina de picar carne echase humo en Limerick. No es fácil domesticar las emociones, evitar que te vacíen de energía o que la desvíen de lo competitivo. Nada es sencillo, nada suele ser preciso, cuando se hace con un exceso de pasión. Pero Munster rebajó todos esos venenos y los licuó en una victoria apasionada y apasionante. Lo mejor es que esa rotundidad no solo no se agotó en un día, sino que ha durado.

¿Empujan tanto los muertos?  ¿O podemos explicar esto por una vía menos trascendental? Sí, se puede hacer. Aunque sin desdeñar la explicación emocional. Al fallecimiento de Foley, su relevo en la dirección lo tomó el sudafricano Rassie Erasmus. Y, junto a él, un hombre al que todo el mundo atribuye una responsabilidad principal en este (puede ser) renacimiento de Munster: su compatriota Jacques Nienaber, entrenador de defensa que ha convertido a los de Limerick en el equipo más impermeable del Pro12.

Foley, Felix Jones, Flannery, Erasmus y Nienaber: el staff técnico al completo.

Foley, Felix Jones, Flannery, Erasmus y Nienaber: el staff técnico al completo.

La relación entre Erasmus y Nienaber viene de lejos: se conocieron durante el servicio militar en el ejército surafricano. Después, trabajaron juntos durante los años 90. Nienaber comenzó siendo fisio. Erasmus lo incorporó en los Cheetahs en un rol más amplio, con atribuciones de preparador físico. Y después lo animó a volcarse en el análisis y el trabajo defensivo. Cuando Munster lo entrevistó para el puesto de especialista defensivo de la provincia, Nienaber preparaba en el cuadro técnico de Suráfrica los tests de junio contra, precisamente, Irlanda. Así que tuvo que ocultar algunos detalles de su forma de trabajar. Le dieron un portátil con una grabación de la derrota de Munster ante Leinster en la temporada anterior. Y dos horas para analizarlo y exponer qué habría él planteado o hecho diferente en defensa.

La propuesta convenció. Y ahí sigue. No fue la única variación en el staff técnico de Munster: confirmó a Foley, le dio continuidad a Jerry Flannery en el trabajo con la melé, pero introdujo recambios. Nienaber fue uno de ellos. Felix Jones, ex Munster e Irlanda, se incorporó como entrenador de destrezas y ataque. Erasmus asumió responsabilidades aún desde su puesto de mayor jerarquía: debía responder por lo que ocurría abajo. Tras la desaparición de Foley, tuvo que descender él mismo a pie de campo. Aparte de la coordinación general, se encarga del trabajo con los saques laterales y el breakdown. Ahora, todo el mundo habla de la defensa de Munster… menos su gurú: “Todos hacemos lo mismo. Los sistemas no cambian. Solo cambian los énfasis, dónde haces tú más hincapié: en nuestro caso, yo pongo el énfasis en la integridad de la línea defensiva, en que cada jugador la mantenga… y en llevar al atacante al lado que queremos”.

Taute, que continuará en la provincia, celebra exultante uno de sus ensayos contra Glasgow.

Taute, que continuará en la provincia, celebra exultante uno de sus ensayos contra Glasgow.

Munster atraviesa un periodo de equilibrio de sus potencias. La ofensiva la conocíamos, pero se ha diversificado mucho más allá de la tradicional toma por asalto de los delanteros. No hace falta nombrar a CJ Stander, al prolífico O’Mahony, a Jaco Taute o a Zebo, que contra todas las suspicacias sigue sumando ensayos y acumula ya medio centenar, una marca de proporciones históricas en la provincia. O el crecimiento de Rory Scannell. O la cada vez más amplia influencia de Tyler Bleyendaal, un pivote que, desde el 10, asegura no solo un reparto muy aseado y mordaz del juego, sino un pie de estable solvencia.

El título de la Guinness Pro12 parece ciertamente capaz de competirlo. Para el trono europeo, sin embargo, le falta algún escalón, si miramos a Saracens y, tal vez, a Clermont… aunque con Clermont nunca se sabe. Pero mientras avanza la campaña, Munster parece haberse equilibrado en medio del terremoto propiciado por un suceso tremendo. No es un logro menor. Nienaber destaca el compromiso de los jugadores por encima de cualquier otro factor. “Puedes entrenar mucho los sistemas, pero la diferencia la hacen quienes placan; y quienes placan son los jugadores. Ellos hacen duros los contactos”. Lo que, una vez más, tiene que ver con lo emocional. Con el deseo. Con el compromiso.

Y por este camino, hemos regresado al principio. Si es verdad que los muertos empujan, es porque los que se quedan los mantienen vivos.

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4 responses

7 02 2017
peregrinator

Acabo de enterarme de lo de van der Westhuizen. Es para releer este post. Vaya temporadita de ausencias notables estamos acumulando ultimamente

7 02 2017
peregrinator

Mario, estamos esperando tus escritos sobre el six nations 2017. Yo especialmente querría conocer tu opinión sobre el juego de escocia, que parece que cada vez va a más. ¿Me columpio si considero que a día de hoy están mas fuerte que Gales?

13 01 2017
Jun

Tremendo articulo de nuevo.
La verdad es que desde la muerte de Axel, el equipo da una sensación de solidez tremenda, el primer ensayo a Glasgow, a Bleyendaal directamente le empujan dentro entre Murray y Zebo; el partido que se gana en Ulster con un drop de Rory Scannell
La tragedia a venido a reafirmar la historia del equipo.

Viendo el partido con los Maori, la haka pone los pelos como escarpias y cuando el capitan le da la camiseta a los hijos asomaban lagrimas

FOR THE BRAVE AND FAITHFUL, NOTHING IS IMPOSSIBLE

12 01 2017
M. (desde Arg.)

Muy bueno! Gracias.

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