La primavera negra (2)

2 07 2016

Los All Blacks nos han acostumbrado a una excelencia tan cotidiana que a menudo sus partidos producen en las almas de conclusión ansiosa una impaciencia muy característica: si al cuarto de hora no han marcado un par de ensayos; o incluso si el contrario se les ha colado por un butrón a la espalda de la línea de ventaja una o dos veces… empieza un ya tradicional miserere acerca de su indudable estado de osteoporosis competitiva, problemas defensivos, fines de ciclo o imposibilidad en el relevo de los que se han ido. Y el de enfrente -que por otro lado suele ser un rival de la primera línea del rugby mundial- reúne una pléyade de adjetivos grandilocuentes y el inevitable diagnóstico sobre su evolución y las glorias que le aguardan.

Lo que suele ocurrir después también hace ya tradición. En algún momento hacia la hora de partido aparece, como en las carreras ciclistas, el hombre del mazo y sus diferentes encarnaciones, casi todas vestidas de negro. Y de pronto el partido igualado se convierte en un río de ofensiva lava oscura, que arrasa en el último cuarto todo lo que encuentra a su paso. Vienen los ensayos y se alarga el marcador. El encuentro acaba con los chicos de Steve Hansen frescos como una lechuga y, a su alrededor, un muy habitual “sí, Nueva Zelanda sigue ganando, PERO…”.  Luego el pero se diluye y queda la evidencia de que la distancia entre los All Blacks y el resto del mundo continúa intacta. Por más que se hayan ido todos los Centuriones, los que vienen detrás enganchan en el sistema con total naturalidad y se saben la letra y la música. La primavera negra es así. Un florecimiento constante. Una alergia que deja al de enfrente frito.

El segundo centro George Moala encuentra un hueco en la montonera para uno de los seis ensayos kiwis en el tercer partido de la serie. [ROB JEFFERIES/GETTY IMAGES]

El segundo centro George Moala encuentra un hueco en la montonera para uno de los seis ensayos kiwis en el tercer partido de la serie. [ROB JEFFERIES/GETTY IMAGES]

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El partido que nunca acabará

27 11 2013

Tengo escrito que los irlandeses no son un equipo, son un ejército. En muchas ocasiones, a menudo en las circunstancias más imprevistas, olvidan cualquier referencia previa (bastaría la del partido con Australia, en este caso) para exhibir de forma repentina su poderosa capacidad de inflamación emocional. Irlanda es siempre una amenazante metamorfosis en estado de latencia. Frente al estímulo adecuado, puede esperarse cualquier cosa: la victoria contra Australia en el Mundial de 2011; aquella otra demolición de Inglaterra en el Seis Naciones de ese año, para arrancarle de entre las manos el Grand Slam; y, desde luego, lo que este domingo les hicieron a los All Blacks. O casi, porque el bloque de Joe Schmidt pereció en la orilla, en una de las derrotas más crueles que podamos recordar. En todos los casos el leit motiv parece estar en la expresión máxima del orgullo, el gusto o la necesidad íntima de hacerlo. La sublimación del juego. Y, de paso, negar la gloria ajena para edificar otro episodio de la propia.

Crotty escapa del intento de placaje de Murray, uno de los mejores en el lado irlandés, para posar el ensayo que le daba el empate a Nueva Zelanda: Cruden, al segundo intento, convertiría después para el definitivo 22-24.

Crotty escapa del intento de placaje de Murray, uno de los mejores en el lado irlandés, para posar el ensayo que le daba el empate a Nueva Zelanda: Cruden, al segundo intento, convertiría después para el definitivo 22-24.

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