La revolución controlada

16 12 2015

En la cola de la tormenta viaja la calma; bajo los adoquines aguardaba una playa; y detrás de Lancaster vino Eddie Jones. La lógica de las decisiones es simple: para olvidar al fracasado del Mundial, nada mejor que relevarlo por uno de sus grandes triunfadores. En Inglaterra, país mercurial como tantos otros, muy dado a las certezas retrospectivas, la catarsis tiene nombre: Eddie Jones. Pero no sólo eso. En medio del cráter de acusaciones dejado por la implosión en la RWC15, una nueva rosa ha florecido en el otro rugby inglés: el de los clubes, protagonistas indiscutibles de este agitado primer tramo de la temporada. Dominan la Champions Cup después de tres jornadas y sus actuaciones, de estilos disímiles, han extendido la temprana sensación de que el gran rugby europeo está viviendo el pasaje nodal de eso que comúnmente llamamos cambio de ciclo. El gran desafío -derribar el dominio de Toulon y, por extensión, del hiperinflacionado rugby francés- parece en camino, aunque hay mucha tela que cortar todavía… Del otro, el de la recomposición de la selección nacional y restauración del inagotable orgullo de la Rosa, se encarga Jones. La cuestión, en el fondo, parece sencilla:  lograr que el rugby de Inglaterra se parezca al rugby que se juega en Inglaterra. Y todo eso sin dejar de ser Inglaterra. Se entiende, ¿no? Lo analizaremos en dos entregas.

Eddie Jones, en el centro del rugby inglés: Twickenham, todas las expectativas y la necesidad de renovación.

Eddie Jones, en el centro del rugby inglés: Twickenham, todas las expectativas y la necesidad de renovación.

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Lomu, el viajero del tiempo

20 11 2015

El 18 de junio de 1995 Paul McCartney cumplió 53 años. Habían pasado 180 de la derrota napoleónica en Waterloo y 55 del discurso que Churchill pronunció en la Cámara de los Comunes y que siempre se ha conocido como Their finest hour. Éstas son efemérides de enciclopedia, tomadas al azar. Nos importan poco porque, en el universo oval, todos sabemos que el 18 de junio de 1995 fue el día en que Jonah Lomu aplastó a los ingleses. Particularmente, y de forma muy concreta, a Mike Catt, zaguero de la Rosa y último de los que trataron de detener el negro penacho de Lomu, que era algo así como el remate en forma de chimenea del tren de mercancías al que recordaba su forma de arrollar contrarios. La escena es tan conocida que glosarla en sus detalles resulta improcedente. Aquél era un domingo de sol en Londres y lo vimos en un pub atestado, con un programa que incluía antes el partido, después el inevitable sunday roast y, a todas horas, una ingesta transversal de cerveza que le hiciera de argamasa a la jornada. Creo recordar que hacía poco que se habían liberalizado los horarios de las public houses y que, por lo tanto, las barras ya no cerraban a las cuatro de la tarde. Nos esperaba, así, un domingo largo y beodo. Mezclado con la patulea habitual localizamos enseguida a un concurrente entre cuyos intereses no parecía estar el rugby. Había acompañado a algunos amigos y bebía cerveza con alegría comunal. Era inglés, pero sus comentarios sonaban extemporáneos y apenas atendían a los arcenes del juego: lo frívolo, lo ocasional, lo curioso… Con frecuencia molesta desviaba la mirada de la pantalla para componer chistes que celebraba con una risa nerviosa, frecuente en estridencias. Cuando Lomu pasó por encima de Catt, y mientras casi todos nos quedábamos mudos o engullíamos un murmullo de asombro, él soltó una larga carcajada. Fue lo único que se oyó o fue lo que más se oyó. Aún hoy, en este duelo general por su fallecimiento, no puedo pensar en Lomu y evitar oír esa risa. Y lo que aún significa.

Jonah Lomu, fallecido en la mañana del pasado 18 de noviembre, en una imagen de 2005, en su paso por los Cardiff Blues.

Jonah Lomu, fallecido en la mañana del pasado 18 de noviembre, en una imagen de 2005, en su paso por los Cardiff Blues.

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Victorias y fracasos de la RWC15

14 10 2015

La RWC15 se asoma ya al impresionante precipicio de las eliminatorias, después de una estimulante primera fase, seguramente la mejor en las copas del mundo. Hasta ahora hemos visto el planteamiento de esta historia, una larga exposición del modo en el que evoluciona el lado deportivo del rugby, con un mejor nivel general y la progresiva desaparición de los grandes desequilibrios. Los comportamientos han sido variados y aún falta por saber mucho: el nudo está en la eliminatoria de cuartos, que en cualquier competición define la frontera de las ocasiones excepcionales. Luego vendrá el desenlace, en semifinales y, desde luego, el choque definitivo por el título.Pero, mientras todo eso ocurre, este Mundial tan extraordinario ha dejado algunas manchas que exigen reflexión: por un lado las lesiones, aunque los datos presentados por Rugby World contradicen la sensación general de que han crecido respecto a otros torneos. De acuerdo al balance presentado al final de la primera fase por el organizador, ha habido 21 lesiones hasta la fecha en la competición, lo que representa un término medio, incluso por debajo del torneo de 2007, en el que se produjeron un total de 37. Aún más grave que eso es el asunto de las decisiones disciplinarias, con el uso del TMO al fondo… La resolución de las sanciones a O’Brien (una semana), Ross Ford Richie Gray (tres semanas) y Marcelo Bosch (otra semana) dejan -sobre el fondo de las anteriores decisiones con Alesana Tuilagi (cinco reducidas a dos) y, sobre todo, Mariano Galarza (nueve semanas)- una enorme cantidad de dudas sobre el camino que va tomando el rugby de hoy. Por último, el futuro del juego en lo que respecta al crecimiento de los países de segunda fila y las desigualdades de inversión y retorno económico para esas federaciones, en comparación con lo que reciben los mejores. Un sistema que hace muy complicada la mejora y del que se sabe, y se habla, poco. En el fondo, la impresión de que crece -pese a los llenos en los estadios, que no pueden ser el único baremo- un profundo desencuentro entre quienes dirigen y juzgan el deporte, y los aficionados que lo miran. Eso representa una pésima noticia.

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