Leones en cautividad

19 04 2017

El parque anunciaba vida salvaje. Y la había. Aunque en ese estado medianamente vegetativo en el que parecen encontrarse las fieras en cautividad: un espacio suficiente, tal vez; pero un espacio limitado por altísimas vallas, con remate en tramas electrificadas; el público y sus niños rodean los alambrados y buscan entre el sol y la sombra el perfil ignorado de las bestias… Los patrones de comportamiento de los animales se repiten en una combinación que no parece muy aleatoria: los mansos, o sociables, se aproximan buscando la posibilidad del alimento; la mayoría se oculta o lo intenta; muchos otros dormitan en el espacio más alejado de la linde humana que les permite su claustro; los que se mueven lo hacen como si recorrieran una ruta prefabricada de obsesiones: durante varios minutos observamos a un ocelote al otro lado de un cristal, practicando una mediana carrerita mecánica hecha de giros en una elipse discontinua. Todo el tiempo el mismo giro, idénticos pasos, la vuelta completa, apenas unos metros, otra y otra y otra vez. Y otra. Y otra.

Mientras, en la cima de la colina, una atracción de caída libre libera su bufido hidráulico, que se mezcla con la estridencia nerviosa de gritos apurados de los que osan someterse al tratamiento de dos minutos de picadas vertiginosas. Puede que sean de verdad, pero hasta los gritos suenan artificiales, como en el guion de una mala película de sábado. Más abajo, en el vallado de los lobos ibéricos, dos ejemplares comparten una siesta bañada de sol, tumbados de medio lado, como perros caseros, sobre un terrado rojizo. Uno se levanta y empieza a dar vueltas, prendido por una repentina impaciencia de patrullero sin misión ni enemigos que acechar. No muy lejos, chicos y mayores se lanzan alegres por una ladera de agua, sentados sobre neumáticos. Hasta allí se puede subir andando, un ascenso considerable, o dejarse arrastrar por la suave comodidad de una cinta transportadora.

Aquí el oso pardo. Allá los cacharros de la feria. Enfrente una gigantesca pitón amarilla de la India expuesta en un terrario. Los tíovivos, el carrusel, las barquitas de choque y una suerte de montaña rusa natural con ingeniosos trineos rodantes que aprovechan la pendiente orográfica. En un cercado como un jardincito, un grupo de mangostas que se elevan sobre dos pies como si vigilasen algún depredador: pero desde sus madrigueras solo se avista el trenecito que te conduce a través del parque hasta el siguiente ecosistemaPor encima de las cabezas, adultos en vertiginoso tobogán aéreo sujetos de una tirolina. Y rapaces que descienden en hábil planeo embridado por las corrientes de aire, hasta el guante de sus adiestradores. El desorden artificioso de los animales en cautividad y la conciencia de un anacronismo irreconciliable. Miles de visitantes dando vueltas y disfrutando de un día de naturaleza. Ahora los zoos son parques temáticos. A un lado los felinos con sus fauces adormecidas al sol. Enfrente la carpa roja de un circo. Y al fondo, los British&Irish Lions en Nueva Zelanda.

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