Fat Rugby: el paraíso de los gordos

27 05 2016

Hace años, muchos, en aquellos días en que lo mismo entrenábamos en un parque que en un campo prestado, la pretemporada traía siempre un anuncio perverso: “El fin de semana próximo vamos al seven de no sé dónde”. A mí me embromaron una vez o dos, claro. Al seven. Y luego, una vez allí, cuando ya había echado el bofe persiguiendo de forma imposible a ingratos corredores, me sentía como el romano apaleado de las historietas de Asterix. Y parafraseaba su queja acerca de la suerte del soldado en campaña: “Enrólate, te decían… Conocerás mundo, decían… Ven a jugar un seven”. Decían. Con los años, y la jerarquía, dejé establecidas dos o tres condiciones tácitas en mi ficha anual: yo no juego sevens ni partidos amistosos. Que ya sabemos lo que pasa.

De todo aquello, de la nítida percepción de que el seven no era para mí, me queda como un trauma -por llamarlo algo- y una reticencia contra el crecimiento de la modalidad. No me gusta, sin más. No me atrae. Me resulta una variación muy poco llamativa, al punto de que no logro que me crezca un interés -que espero solventar, si acaso- por su aparición en los próximos Juegos Olímpicos. Es un prejuicio de primera línea, claro está. El seven no es para mí.

Yo creo que el razonamiento debe de estar en el origen del Fat Rugby, el torneo de gordos que se ha inventado el club Quebrantahuesos en Monzón, y que me pareció desde que tuve noticia una idea brillantísima. Propia de delanteros, claro: ya se sabe que es en la melé donde reside el cerebro del equipo, aunque aparezca recubierto de grasa. Una especie de seven adaptado a la realidad de los gordos. Se juega este fin de semana en la localidad aragonesa. Es el paraíso de los gordos.

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