Hooper en el desierto australiano

22 08 2017

En algún momento en mayo pasado nos sentamos frente al silicio en blanco y tecleamos lo que debía ser el epígrafe de una entrada: “Hooper en el desierto australiano”.  Así decía. Y, por algún motivo, eso fue todo lo que escribimos. Apenas un titular abandonado a su suerte por un texto en completa ausencia. Pero la crisis australiana es como esas series que llaman procedimentales: o sea, que las puedes agarrar y dejar por el episodio que quieras porque cada uno cuenta una historia con principio y fin; y porque el argumento general siempre está, más o menos, en el mismo punto. Y los personajes no cambian demasiado.

Suponemos -no resulta difícil la conjetura- que la frustrada tentativa que tenía por protagonista al 7 australiano vendría provocada por algún partido de Super Rugby; alguno de los muchos en los que constatamos lo solo que se ha quedado este hombre, Michael Hooper, en medio de un país tan grande. Tres meses después, nos sentamos a escribir de los Wallabies y ahí está el titular, aguardando a ser usado. Para qué buscar otro si este vale lo mismo. Incluso más, dado que al flanker lo acaban de hacer capitán. Y, sobre todo, después de que el sábado se comiera lo que diríamos un sable histórico.

Michael Hooper, vapuleado en su primer partido como nuevo capitán de los Wallabies.

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La primavera negra (2)

2 07 2016

Los All Blacks nos han acostumbrado a una excelencia tan cotidiana que a menudo sus partidos producen en las almas de conclusión ansiosa una impaciencia muy característica: si al cuarto de hora no han marcado un par de ensayos; o incluso si el contrario se les ha colado por un butrón a la espalda de la línea de ventaja una o dos veces… empieza un ya tradicional miserere acerca de su indudable estado de osteoporosis competitiva, problemas defensivos, fines de ciclo o imposibilidad en el relevo de los que se han ido. Y el de enfrente -que por otro lado suele ser un rival de la primera línea del rugby mundial- reúne una pléyade de adjetivos grandilocuentes y el inevitable diagnóstico sobre su evolución y las glorias que le aguardan.

Lo que suele ocurrir después también hace ya tradición. En algún momento hacia la hora de partido aparece, como en las carreras ciclistas, el hombre del mazo y sus diferentes encarnaciones, casi todas vestidas de negro. Y de pronto el partido igualado se convierte en un río de ofensiva lava oscura, que arrasa en el último cuarto todo lo que encuentra a su paso. Vienen los ensayos y se alarga el marcador. El encuentro acaba con los chicos de Steve Hansen frescos como una lechuga y, a su alrededor, un muy habitual “sí, Nueva Zelanda sigue ganando, PERO…”.  Luego el pero se diluye y queda la evidencia de que la distancia entre los All Blacks y el resto del mundo continúa intacta. Por más que se hayan ido todos los Centuriones, los que vienen detrás enganchan en el sistema con total naturalidad y se saben la letra y la música. La primavera negra es así. Un florecimiento constante. Una alergia que deja al de enfrente frito.

El segundo centro George Moala encuentra un hueco en la montonera para uno de los seis ensayos kiwis en el tercer partido de la serie. [ROB JEFFERIES/GETTY IMAGES]

El segundo centro George Moala encuentra un hueco en la montonera para uno de los seis ensayos kiwis en el tercer partido de la serie. [ROB JEFFERIES/GETTY IMAGES]

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