El rompeolas

13 02 2014

La verdad, cuando la grada empieza a hacer la ola en un estadio de rugby (un gran estadio de rugby, esto es… porque cosas así sólo ocurren en un gran estadio de rugby), el nervio se me pone en marcha. Hay quien dice que me entra en hinchazón rojiza la venilla del cuello, que por lo visto desde niño ha constituido el síntoma visual de mis más peligrosos hervores internos. Lo diré sin circunloquios: cuando la gente hace la ola en un campo de rugby, me dan ganas de apagar el televisor. Si me agarra en el campo es otra cosa. O sea, que no me dan ganas de irme, pero me cuido mucho de participar. El motivo es común: bastante tengo con ocuparme del cajón de pintas que he acumulado debajo del asiento en la última visita al bar como para dar arriesgados saltitos y descuidar a esos espumosos polluelos de stout que aguardan a que me los beba a mordiscos. Mucho menos abandonarlos a la acostumbrada intemperie norteña de esos lugares.

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