Jordan Joseph, el gigante occitano

25 06 2018

De la resonante victoria francesa en el Mundial sub20 han nacido al menos dos estrellas… Una es Abdoul, el Playmobil pirata de tamaño natural que ha sido la mascota de los Bleuets durante todo el torneo. Algo más que la mascota: el símbolo de la unidad del grupo dirigido por Sébastien Piqueronies. Naturalmente, el otro gran referente responde al nombre de Jordan Joseph, el número 8 francés. Otro individuo de tamaño natural: 1,80 y 115 kilogramos… esta vez sí, todos y cada uno de ellos de de carne y hueso. Sobre todo, carne… porque hablamos de un octavo cortado por el patrón de lo masivo. Un trailer de carga de esos cuyos acelerones generan el efecto estampida de los paquidermos. Hacen falta varios felinos subidos en sus lomos para bajar al suelo al elefante.

Abdoul y Joseph comparten una singularidad: lo más plausible era que ninguno de los dos hubiera estado en el torneo. En el caso del Playmobil lo explica su propia condición inanimada… pero también la historia de su incorporación a la plantilla de Piqueronies. Los muchachos lo conocieron durante una cena del equipo en la costa, en la concentración previa al torneo. El figurín residía en Chez Ginette, en Laucate, que lo tenía allá con intención decorativa o estrategia de establecimiento kids friendly. Como cualquiera sabe, las cenas de equipo en el rugby son dadas a esta clase de tránsitos hacia el absurdo. Un vórtice de sinsentidos: lo mismo paseas toda la noche por los bares un carro de supermercado que te despiertas a la mañana siguiente con una señal de tráfico en la habitación.

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En este caso, como no podía ocurrir de otra forma, los muchachos se sintieron atraídos por el tamaño desproporcionado del muñeco, al que se llevaron a pasar un rato a la playa cercana. Consciente del inmediato encariñamiento, el propietario del restaurante les propuso un intercambio: “Nos dijo que, si ganábamos el Mundial, nos podíamos quedar con Abdoul. Así que… ya sabíamos lo que nos tocaba hacer si nos queríamos quedar con él”, contó el pilar Hassane Kolingar.

Así, Abdoul se incorporó a la concentración y se quedó en ella a partir del choque con Georgia. Vestido con su propia camiseta, el gorro de pirata y el parche pintado en el ojo izquierdo, Abdoul lo mismo presidía las charlas de Piqueronies en el vestuario, que las entregas de camisetas previas a los partidos; participaba en las cenas durante la concentración, miraba los partidos acreditado al borde del terreno de juego o agitaba al público cantando La Marsellesa antes de uno de los vibrantes duelos. Bueno, quizá aquí el entusiasmo supera a la realidad… Pero lo cierto es que, tras la final contra los ingleses, hasta una medalla de campeón le colgaron al buen Abdoul, devenido en celebridad oval.

Sí. Ahora mismo Abdoul ya tiene su propia cuenta en las redes sociales. Cómo no.

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La historia del otro protagonista principal de esta historia, Jordan Joseph, también incluye algunos de esos giros imprevisibles que a veces regala el deporte para enmarcar lo que ocurre en el campo. Joseph ha sido el mejor jugador, de largo, en un torneo al que no le han faltado jugadores interesantes. Lo más notable es que su impacto, indudable, se ha producido en medio de un equipo que ha jugado en un excelente nivel de principio a fin del torneo, colectiva e individualmente. Con varios nombres muy destacados. Y, sobre todo, un grupo en el que Joseph -formado en Sarcelles, haitiano de ascendencia- era el jugador más joven con solo 17 años. Y, además, suplente en el primer partido del torneo.

Contra Irlanda, en una victoria muy ajustada para los franceses, el cierre de la melé de Piqueronies fue Charlie Francoz, el jugador de La Rochelle. Una lesión a la media hora de juego dio paso a Joseph… y a partir de ahí el resto se sabe. La irrefrenable pujanza de Joseph reclamó todos los focos de un torneo, el Mundial sub20, que presume y con razón de los jugadores que pasaron por él camino del estrellato. Joseph le ha añadido a esa circunstancia la de la precocidad. Y la de convertrise en una de las claves de bóveda del funcionamiento del paquete francés, dominador en el cerrado (autoritaria primera línea con Koulingar, Marchand y Demba Bamba) y terrible en el abierto con elementos como Cameron Woki y, desde luego, Joseph.

El hoy ya jugador de Racing 92 -ha fichado por tres temporadas y fue presentado en el cierre de la decepcionante campaña del equipo parisino junto a fichajes rutilantes como Dominic Bird, Simon Zebo o Finn Russell- ha despertado el comprensible deseo del rugby francés por recuperar un perfil orgulloso, de juego y de victorias. En realidad, todo el equipo de Piqueronies ha encarnado ese deseo con un rugby que ha equilibrado de manera excelente el potencial de sus talentosos tres cuartos (Carbonel, N’Tamack, Laporte…) con una delantera dominante. Pero nadie ha cautivado tanto como Joseph. A un punto que tal vez merezca alguna alarma: si algo ha buscado en estos años el rugby francés han sido jugadores distintivos. ¿Es necesario hacer una lista? Proclamarlos reyes un día y destronarlos al siguiente supone una consecuencia lógica de la precipitación entusiasmada de los juicios.

¿Está llamado Joseph a ser el 8 de Francia? Es muy pronto para afirmarlo. Cualquier proyección que se haga acerca del futuro del joven jugador resultará meramente especulativa. También su compañero de equipo Romain N’Tamack jugó el torneo con esa edad. Y Fickou. Así que mejor hablar solo de aquí y ahora. Y limitar el entusiasmo a las magníficas señales que ha ofrecido un jugador muy interesante por varios motivos.

El evidente, su descomunal margen de progreso, al que aún le faltan unas cuantas estaciones por recorrer. Con solo 17 años, ha pasado por todas las selecciones inferiores y se le ha integrado en el programa de seven de la federación, para que desarrolle sus capacidades atléticas en campo abierto, muy notables. Con el siete francés fue campeón europeo de la modalidad en mayo. Por lo demás, lo diferencial no está tanto en su físico sino en su modo de usarlo. Como analizan sus técnicos, Joseph presenta una fisonomía de tercera línea (también juega en el flanker cerrado) poco habitual en el Hexágono: “Es un perfil que no abunda en nuestro rugby: el de un 8 explosivo, de gran tamaño, que al mismo tiempo sea dinámico y capaz de jugar tras contacto”, ha explicado Piqueronies.

Las muestras durante el Mundial han sido constantes. Arrancadas fulgurantes, percusiones dominadoras contra la línea, ensayos, desequilibrios, pases en descarga. Una presencia llamativa de jugador alrededor del cual ocurren muchas cosas… porque él las provoca y los demás aprovechan bien la continuidad que procura.

Hay quien, para definirlo, nombra a Billy Vunipola. O a Vermeulen, el sudafricano que vuelve a estar de moda en su país (como si Warren Whiteley hubiera desaparecido de la faz de la tierra, por cierto). O a Steffon Armitage, el inglés cuya emigración al Top14 lo convirtió en un permanente deseado en los peores días de la selección de la Rosa. Los tres son potentes, sí, capaces de hacer que su equipo avance por arrastre. Pero la clase con las manos de Joseph anuncia otra cosa: “Se trata de una morfología y un tipo de juego más bien polinesio… por la destreza para usar las manos en contacto, el dinamismo, etc.”, insiste Piqueronies.

Las cualidades de Joseph están ahí y son indudables: llegó al seleccionado sub20 porque, tras todo el año con los sub18, su preeminencia hacía obligado contar con él. Ha terminado siendo no la revelación, sino el jugador del torneo. La cuestión ahora es saber qué le espera en la élite, a la que ingresará esta próxima temporada por una de sus puertas más notables: Racing 92, ya ha quedado dicho. Piqueronies le anticipa en su primer año “unos diez o doce partidos”. Lo que viene a ser un sinónimo de incorporación progresiva. 17 años. Hay que repetirlo una y otra vez, para medir bien la dimensión del caso.

Joffry Delacour, uno de sus formadores en Massy, subraya la expectativa: “Con esa edad y ese nivel, solo he visto a dos jugadores: Bastareaud y Joseph”. Quizás en esa frase esté la síntesis de lo que se pueda esperar de Joseph. Y, al mismo, tiempo, lo que se puede temer.

 


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