Hooper en el desierto australiano

22 08 2017

En algún momento en mayo pasado nos sentamos frente al silicio en blanco y tecleamos lo que debía ser el epígrafe de una entrada: “Hooper en el desierto australiano”.  Así decía. Y, por algún motivo, eso fue todo lo que escribimos. Apenas un titular abandonado a su suerte por un texto en completa ausencia. Pero la crisis australiana es como esas series que llaman procedimentales: o sea, que las puedes agarrar y dejar por el episodio que quieras porque cada uno cuenta una historia con principio y fin; y porque el argumento general siempre está, más o menos, en el mismo punto. Y los personajes no cambian demasiado.

Suponemos -no resulta difícil la conjetura- que la frustrada tentativa que tenía por protagonista al 7 australiano vendría provocada por algún partido de Super Rugby; alguno de los muchos en los que constatamos lo solo que se ha quedado este hombre, Michael Hooper, en medio de un país tan grande. Tres meses después, nos sentamos a escribir de los Wallabies y ahí está el titular, aguardando a ser usado. Para qué buscar otro si este vale lo mismo. Incluso más, dado que al flanker lo acaban de hacer capitán. Y, sobre todo, después de que el sábado se comiera lo que diríamos un sable histórico.

Michael Hooper, vapuleado en su primer partido como nuevo capitán de los Wallabies.

Uno siempre ha percibido cierta injusticia con Hooper, jugador mayúsculo cuyo rugby incluye las dos variables troncales: la calidad y la cantidad. Mientras todo el mundo añora a ese espíritu libre de perfil tan vendible que es David Pocock, Hooper nunca se ha hecho el bohemio y lleva desde el final de la adolescencia soportando sobre sus hombros buena parte del peso de la estrepitosa debacle australiana. Sin mayores reconocimientos, por cierto. Tal vez porque, si en el campo su presencia tiende al frenesí, una vez que abandona el estadio se convierte en un tipo medio invisible. Nadie, ni sus propios compañeros, saben bien a qué dedica Hoops su tiempo fuera del rugby. Nada con relevancia social, desde luego. Conducir una Harley, pasear a su bull-dog… y vaya usted a saber. En un universo acostumbrado a las estridencias como el equipo australiano, el tercera de Waratahs es una rareza.

Además… Michael Hooper tampoco se dedica a salvar el planeta.

Bastante tiene con intentar salvar a los Wallabies.

A Hooper se le da por supuesto porque parece que siempre estuvo ahí. En el sentido literal y en el metafórico: a los 18 años le calzaron los zapatos del venerable George Smith en los Brumbies y luego los del inevitable Pocock en los Waratahs; y más tarde, claro, en Australia. Tiene 25 años y es primer capitán -aunque ha ejercido antes como tal en muchos tests-. Capitán a los 25 años… como, ejem, Richie McCaw. Pero a este cénit individual ha llegado Hooper en un momento en el que su soledad es tan completa que se diría que ya no sale al campo, sino a un vasto espacio de imperfecciones, tan inabarcable como el outback australiano. Va de lado a lado del campo tratando de hacer algo sustancial, en un equipo en el que cada vez hay menos jugadores haciendo cosas sustanciales.

Parece el equilibrista chino que hace girar platos en el clásico número circense; o la versión aussie de aquella burlona cancioncita de Astrud: “Hay un hombre en Australia que lo hace todo / hay un hombre que lo hace todo en Australia“.

El problema es cuando, como el sábado, ni siquiera Hooper comparece para ninguna de las instancias clave del partido.

El problema crece si algo así sucede cuando enfrente tienes a esa maquinaria de agudos rentistas que son hoy día los All Blacks, que han adoptado como comportamiento vertebral una paradoja: construir lo grande a partir de lo más pequeño. De un equipo tan dominador cualquiera esperaría que cada partido fuera un circo de tres pistas, una superproducción megalomaniaca tipo Cecil B. de Mille. Pero luego, acercas el microscopio y resulta que lo que hacen es orfebrería visual. Prodigios mínimos, como las películas de Jacques Tati.

Los All Blacks construyen su juego a base de una reunión de pequeños brochazos que, aislados, parecen casi infantiles de tan sencillos, tan equívocamente al alcance de cualquiera; pero todos sabemos que sus naderías reúnen un buen número de perfecciones formales y exhibiciones de maestría técnica. Cuando te apartas un poco, el efecto visual es un cuadro histórico de 54 puntos en menos de 50 minutos. Otra obra maestra.

Ahora resulta que los tipos practican el impresionismo.

Hacerles 54 puntos en menos de una hora a los australianos, en su propio jardín de Nueva Gales del Sur, con el actor secundario Squire rajando el ala; o Joe Moody tirando amagos en carrera y filtrándose tras la línea de ventaja como una sílfide; o Rieko Ioane rodeando a Folau como si fuera un poste de la luz en el lado cerrado; o ese redoble de Barrett para dejársela colgadita y fácil sin oposición a Crotty, todo a cinco metros de la línea… Esas cosas no son normales. No lo son por lo bien que lo hacen los All Blacks. Pero también, y sobre todo, porque lo de Australia en defensa, y particularmente lo de Kerevi, tampoco fue normal. Los australianos parecían Rocky Balboa persiguiendo gallinas. Siempre llegaban tarde o acababan de bruces en el suelo.

Hubo escenas de despliegue defensivo, tras un punto de encuentro, impropias de un equipo de élite, como se ve en la imagen inferior. Jugadores incapaces de ocupar el espacio en el eje lateral con la premura necesaria; ni de subir con rigor la presión al mismo tiempo y alineados, sin abrir intervalos; ni de interpretar eso que allá llaman drift-defence y a lo que aquí (algunos) le decimos defensa corrida (seguro que hay otros nombres e igual hasta son mejores, pero ese es el que aprendimos. Se admiten enmiendas mientras quede claro el concepto).

A los Wallabies les daba igual que hubiera más defensores que atacantes allá donde se construía el duelo: los All Blacks siempre ganaban aunque estuvieran menos. La visión de Kerevi corriendo por detrás de su línea defensiva todo el tiempo, haciendo como que barrería en segunda cortina para, a la hora de la verdad, llegar tarde a cada punto de transmisión y, finalmente, dejar en inferioridad a sus alas… Es una de las peores actuaciones defensivas que podamos recordar de un jugador profesional de rugby, la verdad. En la jugada en la que acaba anotando Squire parece lobotomizado, incluso por su forma ortopédica de perseguir al tercera neozelandés. Robots disfuncionales, escribió el jefe del Sydney Morning Herald sobre el nivel de los Wallabies. Y sí.

Frente a eso, los All Blacks reeditaron la famosa frase de Hannibal Lecter: “Simplicidad, Clarice…”. Y así se los comieron vivos, con simplicidad: un redoble aquí, un salto allá, un dos contra uno frente a Kerevi, Speight Rona… y adentro. Por cierto, ahora que está de moda zarandear al nueve: el partido de Aaron Smith fue sensacional. Su toma de decisiones puso siempre a los All Blacks en el lugar correcto, a la hora justa. Por las alas o por los centros, que fueron una autopista. Con un balón levantado del ruck y carga sobre la zona de marca. O el ya clásico aprovechamiento de las recuperaciones y la veloz transición con apoyos.

Aquí merece la pena detenerse. ¿Cuántos puntos producen los All Blacks a partir de errores de manejo rivales? Hemos perdido la cuenta. Y las franquicias del SR hacen lo mismo o parecido.

El razonamiento es fácilmente imaginable. ¿En qué momento está un equipo más descolocado posicionalmente y por tanto desprotegido? Cuando su disposición es de ataque y súbitamente pierde el balón, por ejemplo.

¿Cuántos balones pierde por partido nuestro rival, entre adelantados, knock-ons y otros errores? ¿Diez, quince, veinte? Vale, pues ahí hay puntos. Muchos puntos. Así que… diseñemos movimientos que exploten esas situaciones y trabajemos la conversión colectiva e inmediata de la defensa en ataque. Transición.

Y una voz nos dice: sí, pero oiga… esto es de primero de rugby. O sea, que lo sabe cualquiera.

Vale. Pues mientras los demás se ponen, nosotros lo repetimos hasta la perfección. Ale.

Y así todo. Movimientos simples como el mecanismo de un sidral. Simples desde el punto de vista de la concepción. Simples por fundamentales en las dinámicas del juego. Simples pero no sencillos, porque están ejecutados con una precisión y a una velocidad mortales. Y mortales resultan frente a un rival aletargado, confundido, lento como un boxeador sonado.

Basta ver el dos contra cinco del ensayo de Rieko Ioane y lo mal que gestionan los australianos su superioridad defensiva, por una pésima recolocación tras el reciclaje kiwi por el cerrado. La imagen inferior lo muestra. Genia (lo que queda de Genia), Kerevi, Speight y, particularmente, Folau, quedan en ridículo con un simple pase y un acelerón. La indecisión de Folau es un cuadro.

Al entrenador de defensa australiano, Nathan Grey, le ha caído encima buena parte de la responsabilidad por el cataclismo, y no es que no haya dado motivos para ello: seis ensayos encajados en la primera mitad, ocho en total (récord en la historia de esta rivalidad trans-Tasman); 6-40 al descanso y 6-54 al minuto 48. Y, precisamente, hasta 48 placajes errados por el equipo de Cheika.

Esas estadísticas abundan en el caso el estado contra Grey que ya se ha montado en el entorno y que viene cebándose a lo largo del año, por culpa del rendimiento defensivo de los Waratahs, la franquicia del Super Rugby cuyo entrenamiento defensivo gestiona Grey. Dicho de manera directa: los Waratahs han sido el equipo con peor ratio de placaje de toda la competición. Sus números defensivos, los peores en la historia del club. Y eso que, al menos, sí se comportó de forma relativamente prolífica en ataque (52 ensayos, por encima de otros diez equipos). Pero se reveló extremadamente vulnerable en defensa (68 encajados, la tercera peor marca de la competición).

Uno puede pasar más o menos desapercibido cuando su trabajo ofrece esos resultados en un entorno de debacle general como la que sufren las franquicias australianas en el Super Rugby. Pero desde que Cheika lo nombró entrenador defensivo de los Wallabies, los focos lo apuntan. En este momento lo abrasan. Como sería la cosa que el más riguroso en defensa fue esa cabeza llamada Kurtley Beale.

La verdad, cuesta pensar que un equipo cometa errores defensivos tan obvios, en conceptos con los que se trabaja a cualquier nivel. Cuesta aún más aceptar que un entrenador de defensa sea tan negligente para tener a su equipo en ese estado. Cuesta todavía más comprender los motivos para que algo así ocurra desde el minuto 1 al 50. Ya sabemos que el hombre del mazo All Black tiene prevista su aparición a partir de la hora de juego. La presión decae por fatiga. La ocupación del campo, lo mismo. Pero que esta indolencia defensiva, de ejecución y física, ocurra desde el principio… resulta difícil de argumentar.

El caso es que ocurre, como vimos el sábado. Se ha dicho que los All Blacks hicieron 50 minutos perfectos “antes de dejarse seducir por el marcador” (gloriosa frase de Steve Hansen para explicar los cuatro ensayos postreros con los que los Wallabies maquillarían el 34-54 final). Aquí pensamos que lo ocurrido, tanto o más que con la magnificencia de las soluciones de los kiwis, tuvo que ver con eso que Michael Lynagh llamó “errores básicos” del equipo de Cheika. Lo fueron. Tan básicos los errores como básico el modo en que lo aprovecharon los All Blacks.

Falta medir a los Wallabies en un rendimiento algo más lógico y frente a rivales que no sean los bicampeones mundiales (aunque Escocia dejó alguna pista en junio). Será difícil que no mejoren y, pese a todo, en junio les vimos cosas apreciables. Pero a estas alturas nada de lo que suceda parece capaz de borrar la sensación de que, como decía un aficionado, “no estamos para pelear con Nueva ZelandaSudáfricaInglaterra. Lo nuestro es el segundo escalón: los argentinos, Escocia, Irlanda…”.

Persiste la frustración. Y la certeza de que, desde el momento culminante de los Three Amigos (más el entonces incontenible Digby Ioane), allá por el Tri Nations de 2011, el rugby australiano gira enloquecido en un caos de autoconsunción.

Llevamos desde los días de Robbie Deans dándole vueltas a cosas parecidas con nombres similares. Ahora que a Stephen Moore lo ha agarrado el viejazo, la gente pide a Polota-Nau, como otros reclaman a Kepu y hasta a Palu. “No tenemos seis, ni siete, ni ocho”, bramaba el mismo seguidor en un foro digital. Ya no se salva ni Hooper.  Y hay quien clama por que vuelva Ewen McKenzie. Un sindiós.

Si al menos regresara el Honey Badger

 

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3 responses

22 08 2017
jorf

Muchas gracias Mario, se echaba de menos leerte más regularmente en el blog, es un soplo de aire fresco fabuloso. Imagino que la revista H te habrá quitado tiempo infinito.
La verdad es que lo de Australia es una involución increible, más aún con un tipo en el banco que hasta hace año y medio era un ejemplo de trabajo, gestión e inteligencia, tanto en un banquillo como en su vida empresarial. Algo se ha derribado en ese equipo, y no creo que sea solamente la falta de jugadores. Es curioso que a Cheika no se le cuestione todavía (yo al menos no lo he leído), me pregunto si la relación con los jugadores o dentro del vestuario será la idónea, o el cuerpo técnico no es capaz de sacar a sus jugadores del estado mental en el que llegan de sus franquicias.
Bien es cierto que la falta de relevo en la bisaga no ayuda nada.

22 08 2017
ornat

También la hemos utilizado, sí. Yo creo que la cosa viene de que a la acción le llamamos entre jugadores comúnmente “barrer”, y el entrenador decía: “Vamos a practicar defensa corrida”. Nos entendemos.

22 08 2017
Jaco

“Drift-defence y a lo que aquí (algunos) le decimos defensa corrida”.
Barrer, decimos en mi equipo, por ejemplo.

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