El All Black más grande de la historia

12 08 2017

Los otros días nos fuimos a dar un paseo por la Occitania, donde cultivan vinos a los pies del macizo de La Clappe, excavan calzadas romanas y fichan con regularidad a antiguos All Blacks. Entre ellos, por ejemplo, Neemia Tialata: más de 40 veces internacional kiwi, antes de emigrar a Francia para una larga temporada de vendimia oval. Primero en Bayona. Más tarde en Toulouse. Ahora al otro lado de la franja sureña, en la mediterránea Narbona. Viajar es una excusa para ver partidos de rugby (más partidos). Saludar a un All Black es una forma de turismo, siempre un highlight existencial para cualquier aficionado. Además, según alguna singular hagiografía negra, Tialata ostenta uno de esos récords alternativos que tanto nos atraen: es el All Black más pesado de la historia: 136 kilogramos en el momento de la medición. Es decir, por eufemismo y por corporativismo pilarista, el All Black más grande que han conocido los tiempos. Tialata, el que colecciona gorras tipo béisbol y zapatillas de deporte. Tiene en sus estanterías un catálogo de más de 2.000 pares… como los raperos y las celebrities afroamericanas. A un personaje así había que pasar a saludarlo.

Neemia Tialata, el día que le enseñó su colección de zapatillas a una publicación francesa, aún en Bayona.

Cuando lo vi aproximarse me vino a la cabeza Mike Tyson. O, para ser precisos, la indescifrable mirada de Tyson aquel día que nos encontramos en el lobby del Hotel Aladdin en Las Vegas. Para quien al leer esto tenga la tentación de decepcionarse y aludir a las condiciones míticas del MGM Grand o el Bellaggio, este dato incontestable: en el Aladdin se casaron Elvis y Priscilla. Un respeto.

Entre turistas y ruidosas despedidas de soltero/a, el ex campeón mundial había organizado una semana de entrenamientos que tenía más de exhibición antropológica que de preparación deportiva. Era 2006 y creo recordar que a Tyson le habían suspendido la licencia para boxear en unos cuantos estados, si no en todos. Así que se dedicaba a la (patética) exhibición como si fuera un oso equilibrista en un circo. Pero algo de su personaje continuaba vivo. Después de pasar por la cárcel y atravesar otros desiertos, sostenerle la mirada a Tyson aún producía una inevitable aprensión. Sus ojos inexpresivos contenían una amenaza atávica. En sus mejores días, aquel hombre confesó que anhelaba la posibilidad de incrustarles a sus contrarios el hueso de la nariz en el cerebro de un puñetazo. Mientras, le había arrancado un trozo de oreja a Holyfield de un mordisco. A la vista de su trayectoria posterior, aquellos episodios apenas parecían un episodio de rabia juvenil.

El pilar kiwi, en la foto del RCNM de esta temporada.

Pero volvamos a Narbona. La tarde era un horno y Tialata la atravesaba con la calma engañosa de un paquidermo, con ese tranco contemplativo de los tipos que no pueden ir deprisa a ningún lado. Uno ha visto hombres grandes -muchos años escribiendo de baloncesto- y algunos muy grandes.  Estos, siempre en el rugby. Opeti Fonua, por ejemplo, calentando en la zona de marca del Jean Dauger, con sus cadencias prehistóricas: cerca de dos metros y 135 kilos. Allá en el Pacífico Sur aún hacen a los hombres con moldes ancestrales. Incluso en el contexto en el que se movía -un partido del Top14 frente a los muchachos malcarados de Oyonnax- Fonua llamaba la atención.

Tialata no es, ni de lejos, tan alto, pero desaloja tanto volumen que hace zozobrar el principio de Arquímedes. Las cifras (1,80 y 125 kilogramos le otorga en la actualidad la web del Racing Club Narbonne Méditerranée) no cuentan la verdad. Es el mismo efecto que producen los documentales de vida animal, que no te haces idea del tamaño real de las bestias salvajes. Luego, cuando uno se ve frente a un rinoceronte -en cautiverio, que no somos John Wayne en Hatari!– descubre el significado real de la palabra volumen. O frente a Rocky the Croc, el brutal cocodrilo de agua marina al que admiramos asombrados en la granja Kooranga en Queensland, Australia. Aquí una anécdota del lagarto. En cierta ocasión le buscaron sus cuidadores una novieta y, confundido por sus instintos y la falta de expertise, en lugar de tomarla Rocky le dio un bocado tremebundo. Así que hubo que llamar a la señora Robinson, que era una hembra de 60 tacos que no se andaba con vueltas. Y fue ella la que hizo de Rocky un hombre. Bueno, whatever…

Visto de cerca Tialata produce ese efecto asombroso de los excesos naturales: es grande hasta la desconsideración. Dueño de esa doble dimensión tan propia del rugby -anchura/profundidad- que es sin duda la más espectacular a la vista y la que más miedo da. Esos tipos que con solo echarte el peso encima te hacen añicos las articulaciones. Le alargué la mano para saludarlo -abrazarlo en grupo como hacen los turistas con las secuoyas gigantes parecía excesivo en todos los aspectos del término- y estuve por imaginarme en una melé frente a esa cabeza… Y eso que yo he visto por esas melés del mundo cabezas que parecen traídas de la Isla de Pascua. Pilares rumanos con los que bromeábamos: “Si te lesionas no esperes que te llevemos al fisio… vas directo al Punto Limpio, como las lavadoras”.

Por delante de Tialata había pasado Maselino Paulino, otra incorporación de los naranjas de Christian Labit este año. También el viejo Taele, con su rostro tallado. Un Nicholas Strauss que en septiembre va a cumplir 37 años y que tiene todo el corte de los segunda líneas buscavidas sudafricanos. O el mismo Sébastien Rouet. Y un buen número de chicos del montón, de esos alejados de los estrellatos, que aún se sorprenden cuando les pides una foto. En cualquier otra circunstancia habríamos sacado a bailar a Paulino, un 2.05 con más flow que Patrick Ewing en sus días en Georgetown. Pero ya se sabe que uno no hace un safari para ver gacelas, sino a los felinos. Los reyes de la cadena alimenticia.

Unos minutos antes habíamos compartido charla con Hosea Gear, otro kiwi emigrado hace algunos años a Francia. Gear es diferente. Está tan bien perfilado, con sus tatuajes maoríes y su proporción de formas, que recuerda a un actor de serie hawaiana. La profesional cordialidad de su trato resulta proverbial. Conversamos con él, le hablamos de nuestra Revista H. Nos preguntó de dónde veníamos y a dónde íbamos. Por un momento pareció que quisiera visitar Zaragoza, pero acabó preguntando por la distancia a Barcelona, calculando si le daría para alguna escapadita con sus cuatro hijos. A nuestra espalda, la tienda del club. Y sobre el frente del Parc des Sports et l’Amitié -con una modesta escultura en homenaje a la touche y a todos los delanteros- un amplio vinilo de promoción de la nueva temporada: All Blacks, Tous Orange. Y la foto de Gear junto a Romain Manchia, los dos en tamaño catástrofe.

La conexión kiwi de Narbona… un caso singular pero no tan raro en Francia.

Ahora que llegan Cruden, Kerr-Barlow y Fekitoa, apetecería hablar con Gear y Tialata, incluso con Stephen Brett, de cómo es ser un All Black en Francia. Porque el rugby ha convertido Narbona en una suerte de curiosa Little New Zealand, una estación de llegada de kiwis. Y dan ganas de preguntarles si, como a veces imaginamos con indudable sesgo, un neozelandés en Francia siente que ha sido expulsado del Jardín del Edén para vivir de su cuerpo en una provincia fronteriza entre Sodoma y Gomorra.

Mucho tememos que hay que revisar tal idea, desecharla como el prejuicio que parece. La vía francesa sigue siendo una ruta de la seda habitual para muchos kiwis. Lo ha sido durante mucho tiempo y la tendencia no se va a detener. Hasta 21 ex All Blacks van a jugar esta próxima temporada solo en el Top14, donde la conexión se ha hecho cada vez más evidente. Gear es el último en llegar a Narbona, la ciudad de la Via Domitia romana, el Canal de la Robine y los armónicos bulevares jalonados por la sombra de los plátanos: Tialata, Jerry Collins, Piri Weepu, Brett… All Blacks, tous oranges.

Mientras allá al otro lado del mundo los chicos de Steve Hansen preparan un nuevo Rugby Championship y la reedición de todas sus exigencias, la diáspora no deja de crecer. El arquetipo de jugador emigrado se hace resbaladizo, porque los hay de todas las condiciones: los que no logran hacerse un sitio en los All Blacks después de asomarse, los que se han visto rebasados por la brutal y constante regeneración en el entorno kiwi, los que se dan a un provechoso ocaso de sus carreras. La clase media, la clase alta y la clase hors categorie. Todos son susceptibles de llegar. Sobre todo, ahora que el mercado les ha enseñado a los jugadores que ya no hace falta terminar un contrato (Johnny May); o que un club de segunda división es capaz de romper el récord de precio en un traspaso y en las cifras de la ficha (Piutau y Bristol).

Lo escribió con rabiosa sinceridad John Daniell, uno de los pioneros llegados a Perpignan al poco de estrenarse el profesionalismo a finales de los noventa, en su volumen de título inequívoco: Inside french rugby: confessions of a kiwi mercenary.

“Soy un mercenario… y también lo son la mayoría de mis compañeros y amigos. Si, como escribió Orwell, el deporte es la guerra sin disparos, nosotros somos sus soldados. Actores de un conflicto simbólico que representamos ante un público parcial. Hacemos esto por el dinero y por amor al juego… pero sobre todo por dinero”.

Pese a esa cínicamente honesta confesión de Daniell -de lectura altamente recomendable- cruzarse con un (ex) All Black aún produce en el aficionado al rugby una sensación diferente. Son algo así como la élite de la especie y los enmarca un halo que, por supuesto, construimos nosotros con nuestra imaginación cautiva. El halo que circunda a Tialata es, desde luego, monumental. Uno de los grandes de los últimos tiempos en la primera línea, siempre tan infravalorada en la tramoya del juego kiwi. Contemporáneo de Hayman, Hore, Oliver o Woodcock. Un elemento singular que lo mismo toca la guitarra que te rasura el cabello. Y que una vez se la lio a Graham Henry al revelar en Twitter, antes del anuncio oficial, que no iba a ir convocado para un test  de noviembre frente a Inglaterra: “Tuve que mirar qué era eso de Twitter: pensé que igual se trataba del nuevo apertura de Inglaterra”, se hizo el despistado el entonces jefe All Black.

Tialata, un espíritu libre. Especie abundante entre los pilieres del Universo. “Perdóname, tengo prisa que llego un poco tarde al entrenamiento”, me dice. Y lo miro alejarse con el paso del que no olvida que aún es agosto. Y que, a la vuelta de este crepuscular verano francés, lo aguardan no menos de un millón de melés.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: