Enrico y los placeres culpables

15 09 2016

Cada vez que nos sentamos a mirar un partido del Top 14 sentimos una punzada de rubor. Esa leve vocecita de vergüenza que nos avisa cuando estamos cometiendo un pecado menor, y miramos alrededor para asegurarnos de que nadie nos ve. Mirar esos partidos -con frecuencia primarios y a menudo violentos, muchas veces próximos al aburrimiento- es como pisarle la rodilla a un contrario que se ha quedado caído de nuestro lado en el ruck. O igual que cuando se levanta uno de la siesta con la baba reseca en la mejilla y camina hasta el frigo para cruzarse una fila de onzas de ese chocolate relleno de galleta Oreo que era para los niños. Cosas que sabemos que no se deben hacer pero… ay qué gusto dan. Como el chocolate y la violencia soterrada de los agrupamientos, algunos partidos del Top 14 se parecen mucho a eso que ahora llaman un placer culpable.

Alguna tableta sabrosa se habrá comido también. Pero, si hablamos de pisar rodillas… es algo que, en su día, hizo Enrico Ricardo Januarie: aquel medio de melé sudafricano cuyo cuerpo, incluida la cabeza, siempre pareció una superposición de bloques de arcilla. Veloz como un improbable felino; más listo que un disparo. Duro y bravucón. Januarie siempre compuso una imagen engañosa, de falso lento, de burla al atleticismo creciente. Ya en sus mejores días (alrededores del título mundial de la Sudáfrica de Peter de Villiers, en 2007, para situarnos) su estilo era una alegre extravagancia, tocada por el inefable carisma de los personajes de película. Januarie llamaba la atención por su aspecto y por su juego: rugby de gatillo fácil… y el conocido efecto bola de cañón de los jugadores compactos, de corta estatura, centro de gravedad bajo y un tren inferior de potentes desproporciones. Lanzado en carrera, un ser humano así parece compuesto no tanto por articulaciones y extremidades como por bielas y rodamientos. Más que correr, se diría que ruedan campo abajo.

Enrico 'Ricky' Januarie, en un partido de la temporada pasada con La Rochelle.

Enrico ‘Ricky’ Januarie, en un partido de la temporada pasada con La Rochelle.

En el caso de Ricky Januarie esos efectos visuales -cuyo subrayado solo aspira a dibujar al personaje, no a desdeñarlo- han tendido estos años al desafuero. La edad tiene estas cosas: nuestro hombre cumplirá 35 en enero. Su ficha en la web del Stade Rochelais -vulgo La Rochelle– le otorga 168 centímetros de estatura y 90 kilogramos de peso. Como es natural, el reparto de tales dimensiones anuncia un desequilibrio. A estas horas, Januarie aparece en el campo con la barriga de un sátiro y el culo generoso de un bluesman. El caso es que de la música del juego aún lo sabe casi todo.

Por eso, después de ver a La Rochelle, con Enrico a las máquinas, el placer culpable estaba plenamente confirmado. Un equipo que nos divirtió como hacía tiempo que no nos divertía el Top 14. Desde que descubrimos a Baptiste Serin haciendo de Garrincha en Burdeos. Más o menos.

Nos pusimos a mirarlo contra Lyon. Precisamente el equipo al que había llegado Januarie en 2011, cuando se mudó a Francia después de anunciar el fin de sus días Springboks. Había que vigilar a los marítimos porque, boutade o no del singular campeonato francés, el equipo que dirige Patrice Collazo es líder después de cuatro partidos.

En Francia ocurren cosas no siempre razonables, pero la impresión que deja a día de hoy La Rochelle es que estamos ante un equipo de justificada osadía. Y con perfiles disímiles, bien complementados y muy en las tradiciones del Hexágono oval. Esto es: una aplanadora delante, donde nadie se hace el simpático y no sería raro que volase algún crochet tipo aquéllos de Gérard CholleyY atrás, con algunos elementos variados que amenazan con su vuelo rasante.

Es un equipo divertido. Es decir. Lo mismo te pega que te corre. De hecho, en la primera parte contra Lyon  sufrió dos amarillas que retrasaron su inevitable imposición en la segunda mitad.

Las bagarres no son precisamente infrecuentes en el rugby francés. La última vez que pasamos por Aguilera, en el duelo vasco entre Biarritz Bayonne, no se habían jugado ni 50 segundos cuando los dos equipos al completo se agarraron y hubo alegre revoleo de puñetazos justo bajo nuestra tribuna.

Es una forma de canalizar ansiedades. Hay otras. Al final, en los aledaños del campo biarrot, el público despidió la noche con una hermosa procesión aérea de lámparas voladoras chinas, que iluminaron el cielo en su grácil ascenso. Esa imagen de paradisíaco crepúsculo en una playa balinesa contrastaba de manera graciosa con las hostias que se habían repartido los muchachos un rato antes.

Los ejemplos menudean. Algunos van más allá de la consuetudinaria pelea tabernaria. No hará falta recordar aquel episodio en el que Lucien Harinordoquy, padre del formidable tercera del BO, saltó de la grada al campo para participar en la pelea que su chico mantenía en aparente inferioridad con dos rivales del Aviron Bayonnais.

Este último fin de semana vimos una severa trifulca entre Brive Grenoble, diagnosticada por el árbitro con tres rojas y tres amarillas. El partido fue generoso porque también hubo cinco ensayos. Una ensalada variada. En realidad, esta ambivalencia es muy típica de cualquier época en el rugby francés, donde el biotipo histórico vacila entre la brillantez sedosa de los tres cuartos y la brutalidad descarnada de los delanteros. Particularmente, pero no sólo, los primeras líneas.

La Rochelle le ganó a Lyon jugando al rugby, pero con ese tono de desconsiderada imposición física que usan los equipos duros. Era su tercera victoria que, sumada al empate del primer día contra Clermont, en el que por cierto anotó Januarie, lo mantiene al mando de la tabla.

Puede que el Stade Rochelais no esté a la altura de los grandes transatlánticos del Top 14 en cuanto a disponibilidad económica, pero tampoco andan con los bolsillos agujereados. El club lo dirige Vincent Merling, empresario de la transformación del café y el té; administrador de docena y media de empresas con ramificaciones en el negocio inmobiliario.

Al dinero también le hacen falta ideas. En junio, después de dos años y dos novenos puestos en la máxima división, el club lanzó un plan estratégico de desarrollo intitulado Escribir nuestra historia 2020. El objetivo: convertirse en ese plazo en “un actor fuerte” del Top 14. Hubo hasta un cambio de imagen corporativa e incluso de branding: abandonó el prefijo Atlantique de su denominación y la simplificó a la actual.

En lo deportivo, Xavier Garbajosa había integrado el cuerpo técnico a las órdenes de Collazo desde la llegada al Top 14. Ahora trabajan mano a mano. Pero lo básico está en la estrategia de reclutamiento de jugadores, definida alrededor de tres perfiles: jugadores que vayan del más alto nivel, a la mayor experiencia. Y una mezcla de jóvenes con alguna promesa por cumpir.

El último en llegar bajo ese lema fue Victor Vito, el flanker neozelandés, incorporado nada más culminar su victoria con los Hurricanes en el Super Rugby. Al mismo tiempo, en el otro lado del perfil buscado, Brock James, el veterano apertura salido de Clermont.

A su alrededor, una nómina en absoluto desdeñable, recién incorporados o que ya estaban: Paul Jordaan, centro venido de los Sharks sudafricanos; el también apertura australiano Zack HolmesUini Atonio, pilar internacional; el exuberante zaguero fijiano Murimurivalu; el octavo, internacional de nuevo cuño con Francia desde junio, y destacado, Kevin Gourdon; y una tercera con Afa Amosa en cualquier puesto; un veterano de las guerras oceánicas como Jason Eaton en la segunda o como flanker; otro kiwi, Tomana Graham, al aparato; o el olímpico Steeve Barry. Y un complemento llamativo con chicos de pie grácil como Jules Le Bail o bailarines de la banda, tipo Gabriel Lacroix

Hay mucho que ver en La Rochelle. Y, si lo demás falla, está Enrico, un tipo de personalidad ingobernable sobre el terreno de juego. De esos que por sí solo llenan el campo y la vista. Que aseguran un cierto grado de diversión. El nueve que derribó la fortaleza All Black de Dunedin en 2008, al abrir en el ruck un butrón que cerraría con un ensayo arquetípico; y que estuvo como suplente de Fourie du Preez en la última derrota neozelandesa en territorio negro: la del 12 de septiembre 2009 en Hamilton.

El sábado los Springboks intentarán, si es que pueden, reproducir aquella victoria en la misma ciudad. Al otro lado del globo, a esas horas Rico Januarie aguardará ya su partido del sábado por la tarde con La Rochelle. Precisamente en el campo de los siempre bravos chicos de Brive. Reencuentro con un tal Teddy Iribaren: ese homólogo suyo con el que Ricky tuvo una de sus muchas agarradas francesas. Un oponente que pareció querer darle un cabezazo… y al final acabó plantándole un beso.

[Dejo, por cierto, el último capítulo del Hablemos de Rugby en radioypunto.com: http://bit.ly/1RwSgDd%5D

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16 09 2016
peleida

un placer leerle, como siempre.
el ultimo mi video me desagrada un poco , no se la razón.
me encanta ver jugando a rugby gente gorda como este Januarie, como Weepu, no solo a batidos proteínicos andantes.
a estos si me los imagino una noche ciscándose en todo y bebiendo pintas hasta el amanecer…

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