¿Por qué lloran los hombres?

13 04 2016

A veces los hombres lloran. Con relativa frecuencia lo hacen en público. Y se dejan ver, arrasados sus ojos por un río de lágrimas expuestas a la emocionada consideración universal. Su llanto conmueve a quien lo observa. El lugar, el contexto y, sobre todo, los personajes condicionan la certeza de que el espectador asiste a un momento singular: esos gigantes, rotos como niños. Las lágrimas son como un ventanal que asoma a la intimidad de los tipos. La quijada de hierro, que unos momentos después habrá de ser sometida a la posibilidad violenta de los golpes, canaliza la agitación interior con un temblor que acompaña al llanto. El contraste entre la sensiblería de esos minutos y la brutalidad que se anuncia para poco después, en cuanto la pelota vaya por el aire en el saque inicial, constituye un espectáculo muy atrayente. Ahora, ¿por qué lloran los hombres? Por lo general, de fondo suenan los himnos. Y todo el mundo asume: estos muchachos aman a su país. Sí, seguro que será eso… pero aquí tenemos otra opinión. Los hombres no derraman lágrimas por su nación, sea cual sea. En realidad, lloran por otro motivo: lloran por su amor al juego. No nos engañemos, cualquiera que haya jugado a esto sabe que su única patria verdadera no tiene geografía. Su única patria, nuestra única patria, es el rugby.

Hubo tantos casos que no parece necesario recordarlos. Lavanini, Nico Sánchez, Cubelli, Herrera, como antes otros Pumas. La estremecedora forma en que John Hayes mordía la letra del himno irlandés en su boca mientras Croke Park recibía a Inglaterra en el partido de la reconciliación. El inerme cabeceo, al otro lado de la línea irlandesa, de Jerry Flannery, rebasado por el tamaño histórico del momento. Nadolo en la hora del debut de Fiyi en la RWC15. El francés Nyanga en su vuelta al seleccionado bleuShane Williams con la frente rendida, el último día que jugó con Gales, envuelto en la melodía imponente, con crescendos oceánicos, del Land of my fathers.

Hombres que estaban a punto de enfrentarse a la batalla y aparecían entregados a una equívoca debilidad emocional. Es indudable, claro, que algo influyen los escenarios, la circunstancia, la liturgia nacional. Pero si uno defiende que, en realidad, es el rugby el que provoca ese efecto, lo defiende porque se ha encontrado llorando antes de muchos partidos de rugby. Y eran partidos cualesquiera, no grandes ocasiones. Allá por los campos, cualquier campo. Con amigos, los de siempre. Con tu camiseta modesta de toda la vida. Y ante el mismo público o parecido: ese compuesto familiar de parientes, colegas, novias, ex jugadores, esposas, niños, algún perro, veteranos, ocasionales visitantes y curiosos. No hay himnos. Nadie te mira por televisión. Al rival de enfrente te mediste cien o mil veces porque es de tu regional. Y en el partido no se juega ningún título. Y, si se juega, no será para tanto.

Sin embargo, en el fondo todos somos iguales, da igual dónde juguemos. El fondo es el mismo. Las sensaciones, liberadas del contexto, también. Puede que no juguemos igual de bien al rugby, pero por dentro somos lo mismo. Por eso ellos, a veces, lloran durante el himno; y por eso, otras veces, tú en el vestuario lloras. Cuando el entrenador ha dejado ya sus instrucciones colgadas de ese aire pesado que se forma al regreso del calentamiento, mientras los chicos se ajustan los últimos vendajes, juntan dedos para prevenir torsiones en la melé, se hacen una faja de esparadrapo en los pantalones, envuelven las botas y sus cordones en cinta aislante, reparten vaselina por las cejas y el rostro, o esa milagrosa pomada ardiente que te pone los hombros como si salieras de la fragua de Vulcano, listo para hacer papilla al de enfrente… Entonces, el entrenador abandona el vestuario y te deja solo con tu equipo. Para que habléis. Y habláis. Decís cosas grandilocuentes, que a lo mejor desde fuera suenan vacuas o exageradas, pero que dentro del círculo apretado suenan tan bien. Tan exactas. Tan precisas. Tan ciertas. Tan verdad. Tan rugby.

Te hablan y te remueves. Hablas y los ves escucharte con las miradas perdidas, tal vez emocionados, quizás ausentes porque de todo hay. A veces ni te ven. Han cerrado los ojos y cabecean inermes como Flannery. Absorben lo que les dices como si fuera la palabra de Dios. Lo hacen suyo y creen. Y a la salida, cuando los miras partir hacia el campo, enmarcados por ese glorioso sonido metálico de los tacos en la baldosa, y vas al frente o al fondo o mezclado entre ellos, con la misma mirada perdida de Brian O’Driscoll en Croke Park, sabes que el milagro se ha producido. Que el rugby ya no es una enfermedad del cerebro; es una enfermedad del corazón. Es la única patria común. Y que, con la misma convicción con la que van a jugar el partido que se viene, podrías lanzarlos contra un ejército o invitarlos a la toma sangrienta de Guadalcanal.

Irían porque están en modo rugby. Y el modo rugby consiste en una supresión de los límites de la conciencia. Ya hemos dicho alguna vez que, cuando uno se dispone a jugar a esto, ha de inscribir su cerebro en un estado que transgrede todas las fronteras, que suprime el temor, que activa el instinto reptiliano de supervivencia a través de la lucha. Y entonces es cuando ocurre el proceso por el cual los hombres lloran. El proceso que te hace humilde, esencialmente humilde. Una humildad despojada de cualquier egoísmo porque te estás entregando a una causa colectiva que te precisa. Hablas contigo mismo contra el espejo, en el ritual de embrutecimiento; o rezas por dentro; o cantas una canción o tienes un pensamiento inspirador. Todo para licuarlo en el mismo fin: que nada te detenga, ser indestructible. Para jugar al rugby es necesario situarse en ese nivel sensorial elevadísimo, de sensaciones a flor de piel, de emotividad trascendente. Por eso nos abrazamos entre nosotros antes de empezar. Es un abrazo que lo dice todo. Dice: estamos aquí, estoy aquí, estás aquí… y somos uno y somos todos; y seremos todos y seremos uno. Y vamos. Y vamos… Y al fondo está la muerte, que diría Cortázar.

Uno lloró al finalizar su primer partido de rugby, hace ya años casi incontables, porque por fin había llegado a este deporte, tan anhelado. Y vivido la ocasión desde dentro, lo que por fuerza creíamos un privilegio. Y no nos equivocábamos: es un privilegio. Después, uno ha derramado emociones muchas veces, en escenarios muy distintos. Cuando estuvimos a punto de ver morir a un rival sobre el campo, de forma literal. Cuando jugábamos algún partido que requería un nivel de locura superior. Cuando había que dar más y mejor. Pegar más. Jugar más. Lloré abrazado a mis veteranos el día que perdimos el título de liga en casa, en la fecha del cincuentenario de nuestro club. Y fue un llanto que pedía perdón por esa decepción en una ocasión tan señalada. En estos últimos años, uno ha llorado muchas veces, o estuvo a punto de hacerlo, porque sentía que el rugby se le terminaba. Que estábamos agotando los últimos partidos. Las últimas entradas al vestuario. Las risas interminables hasta que el ambiente se adensaba porque, chicos, ya viene el partido, y hay que entrar en el modo rugby. Eso que llaman concentración. Las últimas veces en que te meterás la camiseta y les hablarás a los chicos. Y ellos te escucharán aunque les digas: “Jueguen con el corazón, juéguense la vida, mátense… No se defrauden a ustedes mismos”.

Y, sin embargo, no derramé una sola lágrima aquella tarde de invierno, apenas unos días después de despedir a mi padre, cuando mi capitán de siempre, mi amigo para siempre, nos reunió en un círculo apretado de sudores y con su cabeza apoyada en la mía, nos dijo: “Esta semana se nos ha muerto a todos un padre, y vamos a jugar para él este partido…”. Y al oírlo yo me sentí parte de una familia; pequeño como los irlandeses en Croke Park y como los argentinos en el Mundial. Y ahí mismo me morí de amor, otra vez, por mi equipo. Por el rugby. Y después de morirme salí al campo, me jugué la vida y me maté, como quería Huguito Porta. Todos lo hicimos. Los de enfrente, los contrarios, también. Y ganamos. Pero pudimos perder y el resultado habría sido el mismo. Que no nos defraudamos. Que nos comimos entre todos un caldero de arroz y carne de varios metros de diámetro. Y que nos metimos en la noche bebiendo hasta que no éramos capaces ni de vernos las manos.

¿Los himnos? Nah. Mis amigos, mi equipo y yo. El rugby. El rugby es mucho más que una canción y una bandera. Así que, chicos… mátense.

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6 responses

15 04 2016
Otro Mario

Gracias Mario por recordar estos sentimientos

Muy buena entrada. Dejo un link de una publicidad inspirada en las arengas.

Un saludo

15 04 2016
peleida

gallina de piel mario
eres grande , de verdad

14 04 2016
Samuel

Brutal… Grande Mario. Gracias por estas perlas ovales!
En mi primer partido viví sentimientos muy similares.
No, no lloré, quizás por los nervios, por el miedo, por vergüenza… Pero se me quedaron muy dentro las palabras de los veteranos. Y ahora, leyendo tus palabras y recordando el momento si que se escapan las lágrimas…
Esos veteranos, hombres que me aceptaron con los brazos abiertos, después de años y años jugando fuera de casa (las piedras que se han encontrado en el camino son infinitas…) se disponían a jugar su primer partido de rugby 15 en su pueblo y yo, un forastero novato, me vi dentro de un círculo humano de sentimientos indescriptibles…
En esa arenga antes de la batalla me di cuenta cual era la patria verdadera de esos hombres, y entonces decidí hacer de su patria mi patria…
Gracias una vez más Mario!

14 04 2016
jamm


si el rugby es sólo un deporte, el corazón es sólo un órgano.

13 04 2016
Jaco

Joder, Mario. Casi me haces llorar al acordarme de otras veces en las que he llorado.
Casi siempre ha sido en despedidas, de compañero que lo han dejado por lesión, por encontrar trabajo o por otras circunstancias de la vida.
La vez que más lloré fue cuando el compañero que me lió para empezar a jugar tuvo que dejar el equipo para irse al extranjero a trabajar. Había terminado su último partido y, después de mantearle, él, que era un tipo un poco hosco y áspero, pero que se hacía querer porque siempre dejaba un gramo más de fuerza de lo que tenía en la melé, se puso a llorar como una magdalena y, el muy cabrón, me hizo llorar también. Toda una escena, porque a ese partido habían ido nuestras novias -yo creo que se pensaron que teníamos algún tema oculto- y el responsable de una institución de la que directamente depende mi equipo y que me conoce profesionalmente.
Otra vez, al terminar una temporada muy dura, recuerdo que dos veteranos nos hicieron llorar a moco tendido a los jóvenes. Uno porque decidió que no podía dejarlo y que iba a seguir un año más pese a tener las rodillas hechas puré, pero que nos quería demasiado como para separarse. El otro, porque en la primera jugada del partido rompió la nariz a su propio apertura y decía que era un viejo chocho e inútil. Así acabamos todos abrazados y llorando.
Perdón por el tocho, pero me ha surgido la necesidad de volcar recuerdos

13 04 2016
ornat

Hermoso. Uno cree que su intimidad no importa a nadie y que resulta inapropiado exponerla. Pero yo intuyo que, si me ocurre a mí, le ocurre a mucha más gente. Y es perfecto saber que ocurre así y nos entendemos. Gracias a ti por compartirlo.

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