Seis naciones, seis preguntas

23 03 2016

El 6 Naciones es un torneo sostenido sobre la mística de su historia, pero las críticas al espectáculo -más allá de inertes sentimentalismos- indica que ha llegado a un cruce de caminos. Su poder de atracción aún resulta incontestable…,  al menos en estas latitudes. No en otras, desde luego. Pero si no quiere languidecer bajo la sombra de la Copa del Mundo y otras competiciones, debería arbitrar una fórmula estratégica de futuro. El objetivo consiste en respetar su singularidad; y hacer sostenible la feliz atracción de sus liturgias, tradiciones y rivalidades incomparables, pero sometidas a un ineludible aggiornamento del sistema de competición y de la mentalidad de los equipos (dígase entrenadores). No parece difícil pensar que una cosa -cambios en el sistema de puntuación, introducción de los bonus, ajustes para evitar las incoherencias y respetar la jerarquía del Grand Slam– llevaría a la otra. Si no, prevalecerán juicios como los que estos días se han hecho, y que resume la primera de nuestras preguntas.

England3-EPA

  • ¿Cuánto vale el Grand Slam de Inglaterra?

En el episodio de esta semana de Hablemos de rugby (podéis escuchar el programa en este enlace) la primera cuestión cayó como un mazo sobre la mesa: ¿Es éste el peor Grand Slam de la historia del Seis Naciones? La historia de este torneo es demasiado larga como para hacer afirmaciones absolutas, pero la pregunta parece tan procedente, y legítima, como procedente e innegablemente legítimo ha sido el rotundo triunfo inglés en este torneo. Eddie Jones ha recogido los pedazos rotos del otoño y creado un equipo ganador cambiando apenas algunos nombres: un papel principal para Hartley, la promoción de Kruis y la revelación sonora de Itoje (esperable para cualquiera que lo siguiese en Saracens); el inteligente acomodo en un rol de complemente de Robshaw, y una claridad inequívoca de planteamientos en el eje de juego: Ford es el apertura y Farrell “es un 12”. El asunto es opinable y, conociendo de lejos a Jones, se adivina que será revisado a conveniencia: cuando vuelva a pleno Tuilagi, o tal vez si Slade y/o Daly son introducidos en junio. El empeño en que Tuilagi sea el primer centro obliga a mover a Farrell, un jugador cuyo cuajo con el pie se antoja irrenunciable.

Esta Inglaterra de Eddie Jones se parece en muchas cosas a la de Stuart Lancaster… con la salvedad hecha de que no se parece en nada. Juega a un mayor ritmo si lo necesita, y con mayor convicción; mezcla mucho mejor el juego de locomotora delante (Vunipola es su ariete principal en primera fase) y la explosividad en campo abierto. A partir de Farrell, todos los nombres tienden a la aceleración: Joseph, Watson, Nowell, Brown. Está lejos de ser un equipo apetecible de ver. No es, ni mucho menos, un producto acabado: aún hay un buen número de jugadores que han de entrar en la rueda y previsiblemente lo harán en junio, en la serie con Australia. Ewers, un papel mayor de Clifford, los ya referidos Daly y Slade, tal vez Josh Beaumont, el potente Kieran Brookes o Jamie George. Ya insistimos en que ésta es una revolución controlada. Primero la pacificación sin vencedores ni vencidos (salvo excepciones ya olvidadas, dígase Tom Youngs). La continuidad victoriosa. Para coronarla, el Grand Slam número 13 de la historia de la Rosa, y el primero desde 2003, el año de la construcción de Jerusalén. Después, poco a poco, el relevo. Al fondo, quizás, el futuro que Lancaster no alcanzó a edificar.

  • ¿Hay vida fuera de la cabeza de Gatland?

La velocidad de juego de Gales contra Italia, en pos de la inane victoria que había de cerrar el torneo del Dragón, constituyó un irónico resumen del estado de las cosas. Para completar la burla, Tipuric se lesionó temprano y Moriarty jugó un gran partido, lo que no puede extrañar a nadie avisado. De algún modo, Warren Gatland ha tratado de convencernos durante estos años de que la exuberancia física del equipo nacido en la RWC2011 obligaba a derogar cualquier tradición y entregarse al juego directo, encarnado en una construcción llamada Warrenball. Y, a resultas de esa primera hipótesis, vendría la segunda: el equipo está lleno de jugadores inamovibles… y todas las alternativas son peores. O, incluso, inexistentes. No hace falta razonar gran cosa para concluir que eso no es así. Nunca puede ser así, ni en éste ni en ningún caso… salvo en la cabeza de quien le da forma a esa idea. La victoria ante la demediada Italia pudo ser entretenida, considerada con cierto voluntarismo; pero resultó más o menos inútil. Solo funciona como corolario de un torneo en el que el modelo galés, como han denunciado incluso las reacciones en el entorno del equipo, ha alcanzado su práctico agotamiento. Un equipo que ha cedido la iniciativa fiado a su defensa y que ha terminado persiguiendo marcadores en los segundos tiempos. Ha resultado tan poco convincente en la derrota como en la victoria. Y en junio se enfrentará contra Nueva Zelanda.

  • ¿Ha bajado Joe Schmidt la montaña?

Ningún equipo ha hecho del relevo generacional una marca como la Irlanda del último decenio y medio. No será ésta la primera ni seguramente la última vez que anunciemos el ocaso de un equipo y la dificultad del relevo. Pero desde los días de Munster, Irlanda lo ha hecho con sorprendente naturalidad. El único diagnóstico posible del torneo de este equipo de Joe Schmidt tiene que ver con la fatiga de los materiales. A la habitual cuenta de lesionados en cada convocatoria para una competición -una constante en los últimos años, sobre todo en lo que afecta a la tercera línea, pero no sólo-, se ha sumado esta vez el evidente agotamiento de los que sí estaban. Hay algunos recambios incontestables (CJ Stander como ocho, tras sus exhibiciones de flanker cerrado estas semanas, Ringrose y McCloskey en los centros, Van der Flier, ya baqueteado, en la tercera…). Y dudas con la tendencia a la fatalidad de jugadores básicos. ¿Es Zebo la única alternativa a Rob Kearney en el fondo? A Irlanda se le han hecho largos todos los partidos, salvo el de Escocia, que cerró con una victoria convincente. Pero Escocia es un equipo que sufre frente a rivales de potencia física superior y a Irlanda no le costó tener el partido en la mano a partir de sus arquetípicos balonazos aéreos, el pie titubeante pero recompuesto de Sexton y el dominio de su tropa de élite en la delantera. Ahora, da la impresión de que el bloque de Schmidt subió en los dos últimos años una colina (dos títulos del Seis Naciones y la candidatura a un tercero), pero que tocó techo. Y que ahora su entrenador puede estar pensando bajarse de la montaña. Ha dicho que decidirá después del tour veraniego por Sudáfrica si mantiene su compromiso hasta 2019.

  • ¿Qué margen le queda a Escocia?

Escocia juega bien, un rugby afilado y muy mejorado delante -díganle los escotos sus oraciones al portentoso WP Nel, que confirma mi idea de que un tighthead dominante hace una melé dominante-, ha mejorado en los encuentros y, desde luego, sus partidos con frecuencia son los más apetecibles de ver. Pero aun así todavía está bien por debajo de equipos que andan lejos de su mejor momento: Gales la derrotó por imposición física; Irlanda, una mezcla de fuerza y pie. Escocia ha progresado, es indudable, pero sigue con severos problemas para controlar los partidos (si es que eso le importa) o las situaciones concretas de partido. Su funcionamiento colectivo ha mejorado desde la RWC, en cuanto a la pelea en las fases de conquista y en lo que tiene que ver con la defensa. Nos preguntamos qué margen de mejora, qué capacidad de progreso tiene a partir de estos jugadores u otros que surjan. Esa duda la representa mejor que nadie Finn Russell, su apertura: un jugador muy prometedor siempre, pero que deja a menudo una impresión de indolencia de intenciones. Un dejarse llevar que, si no rompe en otra cosa, negará su progresión, la posibilidad intuida de que se convierta en un apertura de época para Escocia. Tal vez, para el rugby europeo. El cruce veraniego con Japón ayudará a seguir construyendo a un equipo del que la mejor noticia es que su evolución continúa. Y la duda es… hasta dónde.

  • ¿Hay algo más de lo evidente en Francia?

El  estrambótico episodio de David Smith, llamado por Guy Novès cuando no era seleccionable, y las derrotas con Gales, Escocia e Inglaterra, caracterizan una sospecha creciente durante el torneo, encarnada en dos suposiciones: o hay un tanto por ciento demasiado elevado de improvisación en esta construcción del nuevo equipo bleu; o bien Novès  ha instaurado una especie de filosofía ligera en las elecciones de los jugadores cada partido. Algo así como: vamos a probar todo en cualquier orden, a ver si alguien trae una flauta y suena. Sin embargo… cabe una tercera vía de hipótesis. Que todo responda a un plan que solo contemplaba este Seis Naciones como un mero hito de paso, por lo demás de menor importancia, en el plan de reactivación del rugby francés. Y que hay más arena de la que pensamos bajo los adoquines. Por detrás del caótico aspecto que Francia ha exhibido durante el torneo, ha querido asomar en momentos muy concretos el aliento de un equipo atrevido con la pelota, muy vertical en las rupturas y con el contacto y la descarga como fórmula de continuidad: ha sido, a menudo y pese a su evidente falta de estructura y de capacidad para dominar los partidos o imponerse, el equipo que más metros ha recorrido con la pelota, el que más veces ha descargado, el que más defensas ha batido en rupturas. Vakatawa fue referencial en esa tentativa, por lo demás recortada por todas las falencias que la rodeaban.

Ese comportamiento, desde luego incompleto pero extrañamente prometedor, tuvo su mayor expresión en el choque con Gales. Si uno repasa sus estadísticas, encuentra que Francia fue mejor o al menos igual de competente en los órdenes más relevantes del juego. Y sin embargo perdió con relativa claridad, en un partido que fue un monumento al aburrimiento. Si esta conjetura alcanza naturaleza de realidad a lo largo de los próximos años, lo veremos. Dependerá de que Novès se decida por unas líneas u otras. Nadie ha convencido de apertura, ni Plisson ni Trinh-Duc; hay que resolver si la línea en el medio campo es Fofana o Danty, Fickou o Mermoz… y por qué no Chavancy; el mejor jugador de bloque todo el torneo fue su capitán, Guirado, pero Novès deberá promocionar jugadores más convicentes que Atonio o Slimani, que sólo compite en las melés a través de las malas artes. Y solucionar la creciente sensación de que sus fases estáticas hoy por hoy han caído en barrena. Por fuera, falta Huget y aquí esa nos parece una ausencia mayor, irremplazable hoy por hoy. En general, el equipo debe juntarse y mejorar. Pero una campanita, al fondo de la cabeza, afirma: Novès tiene una idea. Y si la lleva a término…

  • ¿Y qué hacemos con Italia?

No es que la pregunta nos la hagamos nosotros… es que se la hace la propia Italia. El torneo de despedida de Jacques Brunel ha funcionado a modo de conclusión de su periodo: un arranque prometedor, la evolución de su juego hacia terreno abierto, el momento culminante en la carrera de varios jugadores principales… y luego, una constante caída. La pasada RWC anunció que Italia estaba, más o menos, donde siempre. Este Seis Naciones confirmó que estos años han dejado más incertidumbres que certezas. La presión para que Georgia la sustituya en el torneo, aquí, nos parece tan legítima como excesiva: ya hemos dicho que es hora de que el 6N se actualice, y quién sabe si también en ese propósito habrá de ser incluido un sistema plurianual de ascenso y descenso. Pero la amortización actual de Italia se ha dado antes con Escocia -no hace mucho-; y es cierto que el rugby europeo vive con Georgia un momento complicado de gestionar: ha quedado por encima del Europeo de Naciones, pero aquí dudamos que de verdad esté, hoy, en condiciones de ser un equipo del 6N. En todo caso, a Italia ha de preocuparle lo sustantivo. Encontrar técnico -una vez que Conor O’Shea ha dicho que él no será- y generar lo que no ha logrado en estos años: una estructura de rugby por debajo de las dos franquicias de élite, Zebre y Treviso, que asegure de verdad detección, formación y desarrollo de jugadores. Canna, Odiete, Campagnaro han sobresalido en medio de la confusión. Pero el uso de cuatro aperturas en cinco partidos -Canna, Haimona, Padovani y Tommy Allan– explica por sí solo el estado de la Nazionale. Si el adagio afirma que todos los caminos conducen a Roma, diremos que, ahora mismo, no se sabe a dónde va Roma, la Roma oval, por este camino.

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4 responses

23 03 2016
peregrinator

Un comentario sobre Italia. Siempre tengo la sensación de que para llegar más lejos necesitan que Zebre y Benetton sean equipos más importantes en la PRO12, y por el tamaño de las ciudades y la afición que pueden atraer, pienso que su potencial de crecimienot es muy limitado. Sin afluencias importantes y regulares en las gradas no creoque consigan competitividad. A pesar de que en las dos han desaparecido la competencia directa del baloncesto y el futbol de elite, me sospecho que va mas gente a ver al parma en la serie D, que al Zebre. Yo creo que para crecer de verdad, las franquicias del pro12 deberían ir a Milan y Roma.

También pienso que escocia necesita dos franquicias mas (Dundee y Aberdeen por ejemplo) pero ahí ya entramos en el temas de lso calendarios o sacar a Italia del PRO12

23 03 2016
ornat

Me parecen interesantes, y de discusión larga, los dos matices. En mi cabeza los casos de Italia y Escocia son equiparables solo en la necesidad de crecimiento y en la hipótesis de hacerlo a través de las franquicias. La duda es que haya para tanto el Escocia y, desde luego,en Italia. El Eccelenza no es el campo de pruebas que la estrategia a largo plazo requeriría. Y hay una necesidad de repensar el rugby italiano de arriba abajo.

23 03 2016
Gustavo Nicodemus

Hola Mario. Gran análisis, como siempre. Estoy de acuerdo en casi todo.
Con Francia soy bastante más pesimista que tú, no he visto ningún motivo para la esperanza y se podía haber marchado perfectamente con la cuchara de madera, sus victorias fueron agónicas y en Paris.
Lo de Eddie Jones con Inglaterra si que creo que puede ser el comienzo de algo muy serio. Tiene una idea y mimbres para llevarla a cabo.
Estando de acuerdo en el bajo nivel del torneo, han ganado sus partidos con solvencia y septiembre estaba todavia tan cercano…
Tampoco vamos a pedirle vistosidad, no recuerdo los partidos de la Inglaterra del 2003 como prodigios estéticos pero eran torturas de 80 minutos para los rivales y creo que pueden volver a conseguir algo similar.
De momento, un Grand Slam no es mal punto de partida.
Del resto, poco mas que añadir a tu artículo, la esperanza de que lo de Scotland cuaje por fin en algo estable.
Saludos.

23 03 2016
ornat

Me declaro culpable de voluntarismo en el tema de Francia. Y es raro porque yo nunca fui muy generoso con el rugby francés. Es más apropiada ahora tu conclusión que la mía. Veremos qué dice el tiempo al respecto de la mía. Es un caso difícil.

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