Rugby sentimental

3 02 2016

Si alguien hiciese una encuesta preguntando cómo nos enamoramos del rugby, la mayoría de nosotros respondería lo mismo: fue viendo el Cinco Naciones. O el Seis… según la edad del interpelado. Durante décadas identificamos la expresión máxima del deporte oval con este torneo que los británicos siempre llamaron Championship. El Seis Naciones forma parte de nuestro patrimonio sentimental. Ocurre que, desde que en 1987 se creó la Copa del Mundo, se ha producido una evolución del juego, de sus estructuras en los despachos, de su repercusión mediática, y han variado las jerarquías, hasta la culminación del pasado otoño: el Mundial de Inglaterra resultó ser, sin duda, la mejor competición de selecciones que pudimos soñar jamás. Una celebración formidable de todas las posibilidades del rugby moderno. Y, desde luego, del juego en su evolución más espectacular.

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O’Connell levanta su último trofeo , el año pasado, entre Best y Heaslip.

El Seis Naciones que comienza este próximo sábado viene tras esa estela. Resulta una sombra pesada y de largo alcance, en todos los sentidos. Es verdad que en cuestiones de mística, tradición y rugby sentimental, no hay nada como el 6N. Pero, después, hay que jugar. Y falta por ver si el Hemisferio Norte puede ofrecer algún progreso, alguna refutación de las frustradas conclusiones que dejó la RWC15. No fue solo la victoria de los inalcanzables All Blacks. Fue también el modo en que Cheika levantó a Australia en tiempo récord. Fue también la constatación de que la acerada solvencia de una Sudáfrica muy limitadita también pasó por encima. Pero fue, sobre todo, el espectacular sorpasso argentino. La elección de un modelo y la promoción de jugadores que lo puedan ejecutar. Por más que nos empeñemos en las hazañas de Jones con Japón, en el milagro veloz de Cheika y en la histórica repetición de victorias de Nueva Zelanda, el salto de mayores proporciones del Mundial lo dieron Hourcade y sus chicos. No solo por el resultado. Sobre todo por el juego.

Ese equipo, que venía de una dura quiebra interior y de un patrón de juego ha revertido sus dinámicas e inventado una nueva forma de rugby. Ahora es el turno del norte. Es la hora de ver si Eddie Jones en Inglaterra y Guy Novès en Francia pueden dar lugar a un cambio equivalente. Cambio que en su caso tendría, claro, otros vectores, otra función, otro método y objetivo. Pero cambio, al cabo: invertir la decadencia en la que Lancaster y Saint-Andrè dejaron a sus selecciones. Ninguno de los dos cumplieron de forma mínima las expectativas despertadas en su mandato. Inglaterra solo abrazó subcampeonatos del Seis Naciones, antes de protagonizar el fracaso más estrepitoso de la historia de las RWC. Francia no ha pasado de la cuarta plaza en el torneo europeo en estos últimos años. Hasta fue Cuchara de madera en 2013. Avanzó a cuartos, pero la demolición de Nueva Zelanda tuvo, a efectos práctico, un impacto similar al de la prematura eliminación inglesa.

Brunel, Gatland, Schmidt, Jones, Novès y Cotter: uno en la puerta de salida, tres clásicos y dos nuevos

Brunel, Gatland, Schmidt, Jones, Novès y Cotter. Uno que se está yendo, tres clásicos y dos que llegan.

A esta hora, antes de que suba el balón por el aire y comience la acción en la primera jornada, todo son hipótesis optimistas. En Inglaterra no saben qué pensar, pero quien más quien menos augura la crecida de un sol naciente que viene de Japón. No importa que la pretendida renovación de Jones se haya quedado por ahora, en cuestión de nombres, prácticamente en nada: la capitanía de Dylan Hartley (un movimiento arriesgado que se mezcla con la recuperación del mejor talonador de los últimos años en Inglaterra), y la promoción inicial luego recortada de valores emergentes. Hay que ver si Brookes (recién vuelto de una lesión) releva o no Dan Cole. Ya sabemos que, por ahora, Jamie George estará por detrás de Hartley; y que el talentoso Itoje queda para recambio de última hora, por el momento. Lo mismo que Beaumont Kvesic. Si Haskell le gana el número 7 a Clifford, entonces estaremos en una fotocopia de la recortada tercera de Lancaster (Robshaw, Haskell, Billy Vunipola), sólo que con el ex capitán de seis.

La primera lista de 33 ya vino limitada a diez cambios por la imposición del contrato de la RFU con los clubes. Pero tenía un ramalazo de coherencia y recambio progresivo interesante. Las decisiones posteriores han resultado mucho más intrincadas y desconcertantes. El regreso a su club de Elliott Daly (el centro más en forma del país, de lejos) para elegir como 13 a Jonathan Joseph, jugador no despreciable pero de rugby más fácil de prever. La inclusión de Ollie Devoto solo como sustituto temporal hasta que vuelvan Slade y, sobre todo, el deseado Manu Tuilagi (que lleva año y medio sin jugar con Inglaterra y ha vuelto a romperse muscularmente en su reciente vuelta con Saracens); la insistencia en Ben Youngs como medio; el empeño en hacer que funcione como 10/12 la dupla que nunca lo hizo (Ford/Farrell) y la llamada fugaz de Rokoduguni cuando se produjo la sanción de 10 semanas de Ashton… Inglaterra, mientras observa todo esto, se aferra al pensamiento de que la verdadera revolución estará en el juego. Ya que no en los nombres. Uno quiere pensar que el trabajo de Jones incluye la variable tiempo como principal. Y que la revolución de verdad comenzará con las giras de junio.

Virimi Vakatawa, la penúltima esperanza seven de Francia para el ala.

Virimi Vakatawa, la penúltima esperanza seven de Francia para el ala.

En el imaginario francés, mientras, Novès va a reinstaurar la revolución de la escuela tolosana. La tentativa (que no se sabe si es suya o más bien atribuida) se inspira en el recuerdo del gran Stade Toulousain tetracampeón, que no en el errático momento y el interrogativo futuro de la escuadra envejecida que hoy dirige Ugo Mola. Francia provoca hoy, antes de que empiece el torneo, dos preguntas que en realidad son una: ¿Basta derogar el reinado del estilo Bastareaud y apelar a algunos jugadores de perfil más elusivo para aproximar un porvenir rutilante? Y, sobre todo… ¿es posible darle vuelta a la manivela del Top14 de estos últimos años y que la selección de Francia juegue a algo que no tiene nada, pero nada que ver con lo que se juega hoy en los clubes? Y en lo que, por cierto, han sido educados todos los jugadores que hoy conforman el equipo nacional…

En ese sentido, la labor de Saint-Andrè habría consistido, ni más ni menos, que en revelar al público general lo que ya sabía por testimonio directo cualquier espectador de la liga francesa: en el hexágono, hoy, se juega así. Si aceptamos la hipótesis, PSA solo habría hecho de la selección un espejo de todo lo demás. En este momento -nos lo cuentan las competiciones europeas-, Inglaterra le está dando la vuelta al dominio francés de los últimos tiempos. A sus más de 60 años, el gesto de distanciamiento emocional habitual en Novès, el viejo ala, va a tener que hacer frente a exigencias a las que, tal vez, no hay respuesta. Si lo logra, desde luego, la suya habrá sido una hazaña para los anales. La baja última de Fofana obliga a una decisión capital en los centros (¿Fickou/Danty/Lamerat/Mermoz… ¿por qué no está Chavancy?). Y cualquier día hablaremos de las dificultades francesas para encontrar alas. La baja de Huget pesa mucho. Fall es el único ala puro. Médard y Hugo Bonneval son más zagueros que otra cosa, aunque pueden llenar el puesto. Ha llamado a última hora al desaparecido Teddy Thomas, pero avisando que tiene ínfimas posibilidades. Así que, a lo mejor, el fijiano del seven Vakatawa tiene un papel menos residual del que suponíamos. Sería un heredero de la veta oceánica abierta con Nakaitaci. Y habrá que esperar a saber si tiene más rugby que éste último, esperanza de ayer y ostracismo de hoy. Lógica.

Los seis capitanes del torneo: dos talonadores, un pilar, dos terceras y un medio. Best, Hartley y Guirado debutan.

Dos flankers, tres talonadores que debutan y un medio: Parisse, Warburton, Best, Hartley, Laidlaw y Guirado

Las otras grandes promesas del torneo encuentran también incógnitas en su camino. Escocia, con su colección de formidables centros (Dunbar, Bennett, Horne, Matt Scott) pretende ser otra vez la nación que los mandó a todos de vuelta a casa. Cotter lo ha resumido de manera inmejorable: no están para ganar el torneo… pero sí para dar un par de sustos a candidatos mayores y ejercer de fastidioso árbitro. Ha quedado claro que el efecto de su audacia en el Mundial está conseguido: aquel enloquecido intercambio de golpes con Samoa y la victoria moral (un invento muy conveniente siempre) contra Australia han hecho olvidar el último puesto del año pasado, cuando ya había mucho anunciado del nuevo estilo -inspiración Glasgow– del Cardo. El equipo, desde luego, necesita defender mejor para darle algo de equilibrio a su indudable calidad ofensiva. Y dominar más delante, en los encuentros. O sea, balancear un poco el lado Townsed/Warriors con el Alan Solomons/Edinburgh: un equipo, el de la capital, con vetas muy interesantes y en crecimiento hoy.

Mientras todo eso se da o no se da en el marco de la selección, la gente ha agotado las entradas para Murrayfield, un lugar donde en los últimos tiempos resultaba fácil encontrar asientos vacíos… y un resignado escepticismo en la grada. Contra la crecida escocesa juega el calendario: disputará solo dos encuentros en su campo. Inglaterra será el primer rival. Como para poner las cosas en su sitio. Francia el otro. Eddie Jones dijo que, tras su RWC y como anfitriones, los escoceses son favoritos para ganar la Calcutta CupCotter enarcó una ceja y se lo quedó mirando. John Lennon tituló una canción con esta figura: Mind Games. Guerra psicológica.

Hace pocos días, alguien nos preguntaba por un favorito y, sinceramente, no vimos ninguno como para destacarlo. Los corredores de apuestas sí lo han hecho… pero porque es su trabajo: parece ser que Gales sería el candidato preferido. La proclamación, tampoco demasiado convencida, tendría que ver con el calendario (salida a Dublín para empezar, la otra será a Londres… dos visitas poco cómodas, la verdad) y partidos en casa con Escocia, Francia y cierre con Italia. Los otros factores son, así, tan discutibles como éste: es el equipo que mejor se conoce y el que puede andar más en forma después de los extenuantes meses de preparación del Mundial. Lo que entonces fue polémica y, se dijo, causa posible de tantas lesiones, sería ahora una ventaja diferida. Aquella carga de trabajo se notaría ahora. Uno no sabe qué pensar.

Y menos aún del último argumento, muy en boga estos días:  Gatland abrazará ahora, de pronto, un rugby ofensivo y veloz. Cosa notable. No se sabe si con la misma tercera de este último quinquenio (Lydiate, Warburton, Faletau) o introduciendo ahí en el 7 a Tipuric y a James King como ocho. O al mismo Tipuric de ocho. Demasiado para Gatland, parece. Luego está el factor Liam Williams, se agrega: su espíritu ofensivo animaría ese nuevo hywl galés que se viene. Uno mira al estado de sus dos alas de los últimos años, el extraviado North y el perdido Cuthbert… y la suma no da. Pero todo puede ser. Todo puede ser. Anscombe al fondo, Williams a un flanco, North por dentro. Son cosas que un entrenador puede explorar. Pero si Gatland hace algo así ahora, tanto tiempo después, en medio de un torneo en el que los resbalones son mortales, el calendario corto y traicionero, y que se juega con una meteorología que no llama precisamente a las alegrías, resultará toda una revelación. Igual hasta reabren las minas en Gales.

Lo que sí parece evidente es el peso que puede tener en un torneo tan corto el resultado entre de este fin de semana entre Gales Irlanda, que defiende el título en la era post Paul O’Connell. Pero no solo eso: Schmidt vuelve a manejar un equipo plagado de lesiones: Luke Fitzgerald ha sido la última. Antes Bowe, HendersonPeter O’Mahony. Además de que Mike Ross, Cian Healy Chris Henry no estarán hasta, al menos, la tercera jornada del torneo. En Irlanda confían en que -al contrario de lo que ha sucedido con sus equipos provinciales- el sortilegio verde no se acabe. Que su jacobina insularidad tribal convierta a la selección en una isla dentro de la isla. Los muchachos de Schmidt quieren ser el primer país en ganar en solitario tres campeonatos seguidos

En Irlanda hay al menos dos fábricas incontestables: la de cerveza negra y la de jugadores de rugby. Algo han de tener que ver. Por eso la regeneración se mantiene y asoman ya en el plantel jugadores apreciables, muy apreciables: Marmion, el medio de melé de ConnachtVan der Flier, un flanker de apellido con resonancias sudafricanas pero nacido en Dublín  y jugador de Leinster. El centro Stu McCloskey, de Ulster. Y CJ Stander, este sí número 8 llamado al relevo de Jamie Heaslip. Aún ha de pasar algún tiempo, parece, hasta que veamos a Ringrose, excitante mediocampista de Leinster. Está por dilucidar si Schmidt usa a Jared Payne como zaguero en el puesto del inamovible Rob Kearney o si lo lleva al centro de nuevo. Lo que sí sabemos es a lo que jugará Irlanda: tacticismo apoyado en el pie de Sexton y Murray. Un principio muy en boga: una patada es tan buena como lo sea su persecución (ah, Tommy Bowe, Tommy Bowe…). Y jugar el territorio (el contrario, desde luego) como casi nadie: si hay errores, que sean de ellos y, en todo caso, en su campo. E ir cobrando como buenos rentistas. Todo eso subrayado con la fiereza y los principios fundamentales del reino, que ya se sabe cuáles son desde los tiempos de Willie John.

Cerraremos, por fin, con Italia. ¿A dónde va Italia? De momento, con Brunel de cuerpo presente hasta que llegue en junio Conor O’Shea, lo suyo será ganar algún partido y confundir de nuevo una victoria con la construcción del futuro. Ha renovado el equipo con diez jugadores sin experiencia internacional. Entre ellos dos sudafricanos en la tercera, Braam Steyn Dries van Schalkwyk. Nada que no hayamos visto antes. El problema italiano va mucho más allá de la elección de jugadores y tal vez lo tratemos algún día. Se habla de falta de atribuciones verdaderas de Brunel, se habla del fracaso de las estructuras de detección y formación de jugadores, se habla de la ineficacia del sistema de franquicias elevadas de forma un tanto artificial sobre la base mediocre del torneo Eccelenza (que es la segunda liga italiana)… Italia ha de tomar alguna dirección, aunque no se sabe cuál. La gente, en general, se pregunta qué motivo habrá encontrado O’Shea para dejar a los Quins y embarcarse en esa nave.

Y así viene, más o menos, este Championship. La historia dice que, después de los últimos tres mundiales hubo Grand Slam: Francia en 2004; Gales en 2008 y 2012. Parece complicado que algo así vaya a repetirse. Hay quien nombra la posibilidad de que el título se gane hasta con solo tres victorias. Esperemos que no. Por esperar algo. Aquí hay al menos cinco equipos que se pueden ganar unos a otros en cualquier momento. Un torneo muy corto que no admite reparaciones a grandes errores. Mucha igualdad y singularidades que hacen difícil predecir más allá de cómo salga cada semana. ¿Es hora de pensar en introducir el bonus ofensivo y defensivo? ¿Es hora de cambiar algo? Ese es un debate largo y resbaladizo. De momento, el torneo es como es. Esperemos que, si no con un Grand Slam, al menos la estela del gran Mundial del año pasado alcance a iluminar también, por fin, nuestro viejo y querido Seis Naciones.

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6 responses

5 02 2016
Jun

Bueno pues al lío otra vez, parece que fue ayer cuando se terminaba el mundial

Muy dificil dar favoritos, si tuviese que decir alguno seria Gales
Escocia esperemos que siga su evolución, y muchísimas ganas de ver si este año se puede zurrar a los ingleses en la Calcuta
En Inglaterra al final parece que la revolución se queda en nada, Itoje, Dalyy Beamount fuera, Farrel, al que le he visto su mejor rugby de siempre estos meses al 12…Parece más de lo mismo
Francia si cambia jugadores, sea por lesiones o por convencimiento de Noves, a ver que sale
Irlanda, pues supongo que seguiremos con el mismo plan de juego que tan buenos resultados ha dado, aunque por lesiones y edad, el nivel parece que ha bajado un poco
E Italia, pues seguirá su declive a ninguna parte, Cuchara de madera y a esperar a O´Connor, al que me imagino que le habrán puesto una morterada

En cuanto al nivel de juego, pues ya sabemos lo que hay, encima tras mundial me temo que saldran todos con calma, luego en función de resultados puede que rompa y tengamos partidos como la emocionantisima última jornada del año pasado

4 02 2016
peleida

sin duda en torneo que nos engancho a este juego a la mayoría de nosotros.
aquellos Bill beaumont, o el poli Doolley, Blanco ,Sella o Berbizier, jonathan Davies, John Jefrries o Gavin Hastings, como olvidarse de todo eso, de aquellas tribunas repletas , de los campos embarrados, del sonido de los himnos y de aquellos jugadores que nos parecían enormes luchadores.
uno se emociona otra vez cada vez que llegan estas fechas, ya no por el juego en si(ojala siga la senda del recien acabado mundial), sino por todo aquello que representa.

4 02 2016
Nicolás Mario

Excelente artículo. Un detalle nada más, Tuilagi juega en Leicester no en Saracens. Por lo demás, gran análisis. Saludos desde Argentina.

4 02 2016
ornat

Ups, lapsus… Gracias, saludos a Argentina y su rugby.

3 02 2016
Samuel

Genial artículo, como siempre.
El Seis Naciones es el torneo con el que la gran mayoría nos hemos acercado al rugby. Es puro romanticismo… jej
Solo una cosilla:
La primera imagen creo que no es el último trofeo internacional de Paul O´Connell con Irlanda, pues creo que es del Seis Naciones 2014, con “DIOS” Brian O’Driscoll a la izquierda (de BOD si que fue el último). El último fue el de 2015, que levantó en Murrayfield con traje y todo…
Perdóneseme la osadía jejej
Y gracias por este genial espacio dedicado al oval!
🏈💪🍀

3 02 2016
ornat

Qué coño, tienes toda la razón!!! Así es. Corrijo. Gracias.

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