Tomi y el lado salvaje

24 10 2015

Una de las características que define al entrenador de un grupo de élite, en lo que toca a la gestión de los jugadores, reside en su capacidad para anticipar el futuro y hacerlo avanzar. Que el futuro venga al presente. Se dice aquí anticipar en las dos acepciones en las que ha de entenderse ese término: por un lado, entrever lo que los demás no advierten, las capacidades aún no expresas del todo en los muchachos jóvenes que llegan o que están en los escalones inferiores… y trabajar para que esos potenciales alcancen su culminación en los tiempos debidos; segundo, y sobre todo, propiciar las condiciones necesarias para que el talento joven quede integrado en la maquinaria indetenible en que consiste la conformación de un equipo. Eso que tan habitualmente llamamos regeneración. Es muy habitual que entrenadores tenidos por prestigiosos equivoquen por completo esa dinámica y conviertan el recambio en una debacle en la que los jóvenes llegan demasiado pronto y los mayores se van cuando ya es tarde. Hablamos de edades deportivas, no biológicas. Esa diferencia resulta básica. Daniel Hourcade, el preparador de Argentina, llevó a término este crítico proceso con una seguridad que lo define como excelente técnico. De todos los Pumas que ha promocionado al frente desde su llegada al puesto, aquí tenemos debilidad por uno que encarna (como podrían hacer otros) todo el mecanismo: el segunda línea Tomás Lavanini.

Lavanini, un segunda de dos metros de altura y 115 kilos, ágil de movimientos y con la carga necesaria para trasladar la pelota en las rupturas: un lock de primer orden en el equipo de Hourcade.

Lavanini, un segunda de dos metros de altura y 1 30kilos, ágil de movimientos y con la carga necesaria para trasladar la pelota en las rupturas: un lock de primer orden en el equipo de Hourcade.

Contemplada en perspectiva, la posición de segunda línea vive un momento de transformación muy interesante, un progreso que tiene que ver con todos los vértices que interactúan en el juego: la morfología de los jugadores, la expansión de su actividad en el campo y la importancia táctica de quienes ocupan el puesto. Siempre hubo segundas líneas formidables aquí y allá, pero cuesta recordar un florecimiento tan globalizado de extraordinarios jugadores, tan buenos, algunos de ellos tan jóvenes ahora o en el momento de su aparición (y con cuerda aún para rato), tan duros, tan grandes y tan versátiles: Whitelock, Retallick, Romano, Bekker, Etzebeh, De Jager, los hermanos Gray, Gilchrist, Launchbury, Lawes, Du Toit, Skelton, Ruddock, incluso el fijiano Nakarawa, por irnos fuera de los círculos de los más grandes equipos. Y por nombrar con cierta premura solo a algunos, mezclando primeras y segundas generaciones. Gente que ya no sólo trabaja la touche, labor que ha variado mucho desde los días de los saltadores clásicos, con terceras implicados y segundas que hacen también de levantadores en la infinidad de combinaciones que ahora manejan los equipos. Gente que ya no vive oculta en la sala de máquinas de la melé y en las cloacas del ruck. Estos nuevos segundas hacen todo eso pero hacen mucho más. Hablamos de gigantes articulados, que van desdibujando los biotipos clásicos de la segunda línea y confundiéndolos para convertirla en un cuerpo de rugby mucho más maleable. El 4 siempre fue el hombre más pesado, de movimientos más lentos, que alimentaba la locomotora echando, y dando, leña. El 5 tenía una morfología más ágil, cubría campo y llevaba la pelota. Ahora, así como muchos entrenadores juegan con dos dieces como apertura y primer centro o con dos flankers abiertos en la tercera línea, también asoman ya combinaciones de segundas muy parecidos. Tienden a ser dos cincos.

En el centro de la explosión apareció nuestro hombre, Tomás Lavanini. Y a sus costados vienen ya, están ya de hecho, Guido Petti (20 años) y Matías Alemanno (23). Los chicos que han convertido la sanción del jefe Galarza en un mero suceso al margen. Sobreponerse está en sus condiciones. Anticipar el futuro, propiciados por Hourcade, también. Lavanini debutó primero con Uruguay, pero lo vimos hacer sus primeras armas grandes cierto día en Mendoza, contra Sudáfrica, cuando otro clásico de la formación argentina, Manuel Carizza, se dañó un hombro. Con el tiempo, se vio que Hourcade lo tenía señalado para el relevo de jugadores de una relevancia icónica, por su juego, su personalidad y los momentos que vivieron en el plantel: gente nada menos que como Patricio Albacete, cacique de mirada, de comportamiento y de trayectoria. ¿Alguien se detuvo un momento en estos últimos años a extrañar al Pato? Por suerte para Argentina, seguramente nadie, aun cuando la sola mención del nombre genere inevitable nostalgia. Cualquiera con un mínimo olfato se dio cuenta enseguida que el chico formado en Hindú estaba en condiciones de llenar los zapatos enormes de predecesores gigantescos, como Albacete o Carizza. O ahora, Galarza.

Lavanini nos llamó la atención casi desde el primer día. Era muy difícil perderlo de vista: se imponía a los ojos desde los primeros partidos. En el rugby cuesta ocultarse, pero se puede y hay profesionales que lo hacen, aunque esto parezca imposible. Cuando estás en el campo, ese comportamiento es aún más notorio: todo el mundo se da cuenta enseguida, en primer plano, de quién quiere la pelota y quién no la quiere. Lavanini la quiere. Todo el tiempo. La quiere arriba y la quiere aún con más gusto abajo. Lavanini es un integrante mayor de lo que llamamos el tight-five, los cinco primeros delanteros, los que saben que el trabajo sucio es una gloria privilegiada en el rugby. La esencia misma del juego. Y se entregan a ella con un denuedo y una insistencia emocionantes. Como dicen en Argentina: Lavanini va y va y va. Siempre va. Y vuelve a ir. Es un regalo de segunda línea. Un delantero sin temor alguno, al que todos los campos se le hacen pequeños y todos los rivales le parecen una diana. Tanto, que su mayor enemigo es el íntimo: elevarse por encima de su lado salvaje, distinguir la ferocidad de la brutalidad.

Si alguien se había despistado en aquellos primeros días de Tomi en los Pumas, Lavanini los despertó con un acto de caza mayor. En cierto partido contra los All Blacks, el segunda de Hindú entró en uno de tantos rucks y quedó aislado de la pelota, guardada por los neozelandeses en posición de defensa, hasta la llegada de su medio de melé. Por algún motivo, el encuentro duró algo más de lo habitual: esas abiertas que no se definen y en las que se suceden ruckeos y contraruckeos, una de las situaciones que cualquier jugador sabe de las más peligrosas, porque estás expuesto. Lavanini se levantó y dio un paso atrás. Los de negro la guardaban. Y ahí, haciendo una media casita con la posición de su cuerpo, mínimamente elevado el torso para vigilar las entradas ajenas, los pies bien plantados en el suelo, en actitud clásico de patrullero del breakdown… allí estaba él: Richie McCaw. Lavanini dio el paso atrás y avistó al número 7 de todos los tiempos. Y ya no vio más. Cargó el arma de dos metros y 130 kilos, metió la cabeza por delante como sólo un forward de rugby puede meterla y entró a matar a McCaw con un topetazo salvaje. El capitán neozelandés cayó como un fardo hacia atrás, patas arriba. Tardaron un rato en reincorporarlo al juego. Lavanini aguardó la sentencia de los árbitros con esa cara de chico algo despistado, de yo no he hecho nada y tal vez no quise pegarle tan fuerte… o tal vez sí pero a ustedes no se lo voy a decir. Bah, todo el mundo entendía, aunque el capitán Agustín Creevy intentó convencer al línea de que la acción había sido legal. Le pitaron golpe pero no amarilla. Luego fue citado de oficio y suspendido, con justicia.

El golpetazo había sido uno de esos excesos que definen, también, al jugador. Su sonido fue de cacharrería pero decía claramente algo así como: “Me llamo Tomás Lavanini… y conmigo no se jode”. Y los demás supimos: este chico va en serio. Pero en el rugby tales exabruptos provocan tantas exclamaciones como sospechas: la dureza tiene un límite cada vez más delgado y Lavanini lo aprendió… aunque a veces ceda a la tentación de olvidarlo. Si quedaba algún aviso, esta Copa del Mundo ha terminado funcionando como una advertencia, discutida pero inapelable: la sanción a Galarza hizo el resto. “Aquí hay que bajar los decibelios”, dijo en una entrevista Lavanini, consciente de hasta qué punto el autocontrol estaba llamado a formar parte de su libreta de juego. No es el único hombre de piedra de la delantera argentina -cuidado con Herrera, que también bordeó los límites, y desde luego con Matera, un tercera de colisiones asombrosamente potentes-, pero su evolución exige la ferocidad sin violencia, como a cualquiera. El oscuro pasajero, su personalidad en el juego y tantas otras cosas hermanan a Lavanini con ese otro enforcer que domina las segundas líneas mundiales con un toque algo salvaje: el inevitable Etzebeh, con su tendencia a la pelea y la aguda sonrisa de chico sobrado, algo aterradora, con la que abandona las broncas el sudafricano.

Educado, como dijimos, en Hindú, Lavanini pasó por la academia de los Chiefs neozelandeses y estuvo a punto de ser contratado por la franquicia de Waikato en el Super 15. Entre medias dio el salto en 2013 a los Pumas, apenas un mes después de haber disputado la Copa del Mundo Junior de la IRB. Se metió en la gira de noviembre y ya no salió del equipo. Ha jugado en Racing Metro pero ya firmó su vuelta a Argentina, para integrarse en la franquicia criolla que disputará el Super Rugby, un contrato que entra en vigor el 1 de enero de 2016. Como tantos otros Pumas, como el equipo en general, su objetivo, su Mundial, estaba llamado a ser el de 2019: ha adelantado los tiempos y este domingo se disputarán con Australia la posibilidad, nada utópica para el equipo argentino, de disputar por primera vez la final de una RWC. Si los Wallabies no mejoran su rendimiento de Escocia (demasiada relajación, muchos errores de juicio y mano que alimentaron al equipo caledonio y una caída pronunciada de juego de Foley por la presión de la delantera de Vern Cotter), Argentina pasará por arriba. Éste ya no es un partido de David y Goliat. Hourcade maneja al equipo que, tal vez, haya tenido un rendimiento más regular en todo el torneo… y subiendo. Dominador en la melé, velocísimo en la búsqueda y explotación del espacio, capaz de atacar desde cualquier punto del campo y de dibujar líneas de ruptura mortales, esta Argentina le juega ya de igual a igual a quien se ponga delante. A Australia, desde luego. Si el pronóstico de una semifinal de la Copa del Mundo ha de ser por definición incierto, en este caso nos parece absolutamente inescrutable. Tanto mejor.

 

 

 

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2 responses

26 10 2015
antonio

premonitorio

26 10 2015
ornat

Eso parece. No era ningún secreto. Hasta el jugador había hablado de ello.

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