Victorias y fracasos de la RWC15

14 10 2015

La RWC15 se asoma ya al impresionante precipicio de las eliminatorias, después de una estimulante primera fase, seguramente la mejor en las copas del mundo. Hasta ahora hemos visto el planteamiento de esta historia, una larga exposición del modo en el que evoluciona el lado deportivo del rugby, con un mejor nivel general y la progresiva desaparición de los grandes desequilibrios. Los comportamientos han sido variados y aún falta por saber mucho: el nudo está en la eliminatoria de cuartos, que en cualquier competición define la frontera de las ocasiones excepcionales. Luego vendrá el desenlace, en semifinales y, desde luego, el choque definitivo por el título.Pero, mientras todo eso ocurre, este Mundial tan extraordinario ha dejado algunas manchas que exigen reflexión: por un lado las lesiones, aunque los datos presentados por Rugby World contradicen la sensación general de que han crecido respecto a otros torneos. De acuerdo al balance presentado al final de la primera fase por el organizador, ha habido 21 lesiones hasta la fecha en la competición, lo que representa un término medio, incluso por debajo del torneo de 2007, en el que se produjeron un total de 37. Aún más grave que eso es el asunto de las decisiones disciplinarias, con el uso del TMO al fondo… La resolución de las sanciones a O’Brien (una semana), Ross Ford Richie Gray (tres semanas) y Marcelo Bosch (otra semana) dejan -sobre el fondo de las anteriores decisiones con Alesana Tuilagi (cinco reducidas a dos) y, sobre todo, Mariano Galarza (nueve semanas)- una enorme cantidad de dudas sobre el camino que va tomando el rugby de hoy. Por último, el futuro del juego en lo que respecta al crecimiento de los países de segunda fila y las desigualdades de inversión y retorno económico para esas federaciones, en comparación con lo que reciben los mejores. Un sistema que hace muy complicada la mejora y del que se sabe, y se habla, poco. En el fondo, la impresión de que crece -pese a los llenos en los estadios, que no pueden ser el único baremo- un profundo desencuentro entre quienes dirigen y juzgan el deporte, y los aficionados que lo miran. Eso representa una pésima noticia.

Sólo un par de pinceladas en torno a la primera fase. Ha habido un poco de todo, dentro del espléndido tono general. Entre el gran favorito y algunos de los candidatos, un cierto baile de máscaras antes de las fases decisivas (Nueva Zelanda, Irlanda, Francia, Sudáfrica) o los partidos definitorios del grupo; la exuberancia del momento australiano, convertidos los Wallabies en el gran aspirante por consideración general a arrebatarles el título a los All Blacks; la solidez del cambio argentino, tal vez con los aussies el equipo que ha funcionado con mayor solvencia en esta primera fase; esa mediana anarquía escocesa que produce encuentros en que la diversión manda sobre el gobierno, la resistencia de Gales frente al infortunio y las propias carencias de su juego… Por detrás, entre los que se han ido, los nombres propios resultan obvios: Inglaterra en la escenificación de un fracaso mayúsculo (y sus consecuencias); y Japón, convertido si vale el término en la gran novia del torneo: el único equipo de la historia que se ha ido a casa con tres victorias en la primera fase (antes solo había ganado un partido en las RWC), uno de los que mejor rugby ha jugado en estas semanas.

A partir de ahí, hay opiniones para todos los gustos. En la nuestra, vemos a Italia camino de ninguna parte, andando en círculos hace dos o tres años (tal vez analicemos el caso azzurro en próximas entregas). No nos ha sorprendido el fracaso polinesio (sobre todo de Fiji Samoa, las mejor armadas), porque hace rato que esos equipos dan muestra de que su tradicional y muy cantada anarquía ha dado paso, como no podía ser de otro modo, a la anacronía: jugar así porque nosotros somos así no vale de mucho en el rugby moderno. El problema es amplio y va más allá de la tozudez. Hablamos de equipos con fantásticos jugadores, que desarrollan papeles principales en el rugby de mejor nivel en todo el mundo, pero lastrados por la idiosincrasia, la desconsideración de los poderes del juego y el desorden interno. Todo contribuye a impedir que su rugby nacional alcance un desarrollo acorde a los tiempos. El otro gran minnow de esta primera fase ha sido Georgia, construida alrededor del portentoso Gorgodze y de una idea de juego bien conocida y ejecutada… salvo con Namibia, cuyo estilo les hizo perder el sentido de la orientación. En general, su rendimiento ha vuelto a abrir el recurrente debate sobre el privilegio italiano en el Seis Naciones. Por detrás de éstos, un caldo heterodoxo de equipos en término medio (Rumania, Estados Unidos Canadá) u orgullosos en sus limitaciones (Namibia y, sobre todo, Uruguay). Todos piden más partidos  para seguir creciendo. En realidad, la mejora depende de eso (una cuestión peliaguda por la carga del calendario) pero también, y mucho, de otros factores como el reparto de ganancias.

Intentemos mirar algo más allá. Para que el rugby de los tier 2 tier 3 vaya aproximándose a los de arriba, hay muchas cuestiones que resolver. Este reportaje en una publicación neozelandesa nos descubre algunas de ellas. Veamos las cifras. La RWC15, la más exitosa de todas las disputadas, espera un beneficio según datos oficiales de 150 millones de libras (por encima de los 202 millones de euros). De ahí, cada uno de los equipos integrantes del tier 1 o Top 10 del mundo recibirán de la organización un paquete de 7,5 millones de libras (más de 10M de euros), en compensación por los ingresos perdidos al no poder disputar los tradicionales internacionales de junio y noviembre. Mientras, los equipos del tier 2 para abajo serán recompensados con 150.000 libras cada uno. ¿Es necesario hacer la proporción? Hablamos de federaciones… no jugadores. Los protagonistas del circo (en el mejor sentido del término) no reciben ninguna compensación individual ni colectiva de la organización. Quienes lo hagan será, en términos estrictamente profesionales, por las primas o premios especiales que hayan acordado con sus federaciones, al margen de los contratos que cada jugador tiene firmados con ellas: los All Blacks, por ejemplo, negociaron un premio de 150.000 dólares neozelandeses (más de 88.000 euros) si ganan el título. Algo más de la quinta parte si son subcampeones. Son individuales, de acuerdo al mismo reporte.

Las cifras representan un contraste tan brutal que explica por qué Jamie Cudmore, el capitán de Canadá, reveló en Twitter después de la eliminación de su equipo que los Cannucks tendrían que pagar parte del vuelo de regreso a su país, de cuya totalidad no se hacía cargo su federación. Es lo mismo que ocurría hasta hace no mucho con los jugadores de las islas del Pacífico, un problema solucionado a través de un difícil, pero ineludible, acuerdo con sus unions. De hecho, ni siquiera se les pagaban los gastos durante las concentraciones del equipo nacional. En esas condiciones no es extraño que emigren y adopten otras nacionalidades donde los salarios sean mejores; o que, como ha ocurrido en varias ocasiones con los jugadores de Samoa, la amenaza de la huelga se haga efectiva; o la renuncia a dejar su club para enrolarse en la selección. Si esto no encuentra solución en los próximos años, quizás en la próxima RWC haya un conflicto irresoluble. Súmese a eso el hecho de que sólo los diez del tier 1 tienen voto unitario en la World Rugby, y que por ejemplo Samoa, Tonga Fiji votan de forma conjunta. Quizá así veamos un cuadro mucho más amplio acerca de la motivación, rendimiento, condiciones de preparación y posibilidades de los polinesios para subirse al tren desbocado del gran rugby profesional de hoy. No todo consiste en aumentar el calendario con más partidos y más competiciones. Eso es necesario, pero hay muchas más cosas que mejorar.

Entre ellas, desde luego, el calendario durante el torneo: aunque uno reconoce que es un ajedrez extraordinariamente complicado, eso no exime de su obligada mejora y de mitigar en lo posible la frustración y el cansancio con los que, por ejemplo, Japón tuvo que afrontar el partido decisivo con Escocia. No es una excusa (estamos en deporte profesional) pero sí es un factor y afecta. La sospecha de que los grandes se ven favorecidos, de un modo u otro, se apoya también en el tema de las sanciones, que con el caso de Sean O’Brien ha alcanzado el punto de lo inexcusable. Está claro que en el rugby de hoy lo que más le preocupa a la Rugby World es que nadie se le mate ni se dañe la columna vertebral en un campo. Suena crudo pero es así: de ahí que la seguridad sea el primer objetivo y se sancionen con mucha mayor dureza los placajes juzgados peligrosos (una adjetivación muy elástica, como han sabido Ross Ford, Richie Gray Marcelo Bosch esta semana), los derribos en una disputa aérea (la involuntariedad no exime de la obligación de que los jugadores velen de la seguridad del otro, algo muy resbaladizo en la competición de élite), los placajes por encima de los hombros o lo que se llama en inglés eye gouging, o sea meter los dedos en los ojos de un rival. El argentino Galarza se ganó nueve semanas de sanción por hacérselo -por las imágenes, parece que sin quererlo- a Retallick, que estuvo presente en la vista con los jueces de competición y, más o menos, exculpó a su rival.

La incoherencia de los castigos es absoluta. Alesana Tuilagi fue la otra gran víctima, por una percusión con la rodilla contra el japonés Matsushita, que más parece un gesto técnico de la colisión empeorado por la diferencia de tamaño entre ambos y por la técnica de placaje del japonés: un derribo frontal tiene ese peligro… sobre todo si no te haces a un lado para buscar el placaje lateral y, no contento con ello, cruzas la cabeza en posición inadecuada y te metes debajo de un tipo cuya envergadura dobla la tuya. Es peligroso, sí, pero es puro rugby. Las rodillas se usan en muchas ocasiones como arma (sobre todo a la entrada de los rucks, donde todo es confuso e interpretable), pero no parece el caso. De cualquier forma, aquí hay una disonancia que el rugby debe reconsiderar entre sus valores tradicionales (que son valores deportivos, en último caso) y la necesaria integridad física de los jugadores.

Primero, hay una responsabilidad evidente de un árbitro a la hora de proteger a los protagonistas, que se ejerce en ese tipo de acciones nombradas pero mucho peor, por ejemplo, en las melés, donde el juicio de agarres y derribos alcanza territorios de farsa absoluta. Segundo, un deporte no debería obviar la gravedad de lo antideportivo -un puñetazo lo es, queramos o no- más allá de la seguridad. Desde luego que un tip tackle puede acarrear consecuencias mucho peores que un derechazo en el estómago, pero la incoherencia de las sanciones desoye la necesidad de castigar el juego sucio, y violento, aparte de la seguridad. La percusión con el hombro de Hooper Mike Brown es ilegal, inadmisible, peligrosa y moralmente reprobable por su obvia voluntariedad de hacer daño: ni siquiera vio amarilla en el campo. La provocación es otro factor que parece haber perdido su implícita importancia: Papé agarra a O’Brien y lo arrastra hacia su lado, ilegalmente, para ponerlo en fuera de juego. Es una picardía que busca el antijuego y que el irlandés respondió con su puñetazo. Fuera de orden, desde luego, pero hay que ver la acción completa para juzgar de modo coherente.

No hablamos de imponer una sanción proporcional a uno y otro, porque la gravedad no es la misma. Pero hay que considerar un fracaso absoluto de quienes gobiernan el juego la sensación que ha quedado de que, primero, en el rugby se puede provocar de forma antideportiva, golpear voluntariamente fuera de las normas e incluso agredir a un contrario sin que la cosa tenga castigo… o bien sea una sanción menor. Mientras que hechos peligrosos, sí, y sancionables, sí, pero que pertenecen a la dinámica del juego (una disputa arriba mal juzgada, un placaje mal medido o en el que las dinámicas físicas y/o técnicas, como en el caso de Matsushita, añaden un riesgo no intencionado) tienen un castigo mucho mayor. Esa sensación de que unos son castigados por jugar al rugby y los otros no lo son por jugar con el rugby, resulta en verdad descorazonadora. Es, considerado desde la perspectiva exterior de quienes siempre hemos admirado y disfrutado este juego, un fracaso rotundo y un lamentable augurio para el futuro del deporte.

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5 responses

16 10 2015
peleida

buenas a todos.
Mario el otro dia en twitter(solo leo no tengo de eso) escribías que lo sucedido el martes marcaba quizas hacia adonde va el rugby. ¿que querias expresar?
sobre las sanciones, estoy basicamente de acuerdo con la mayoría de vosotros. y como dice jorf los placajes esos de ancla deberían ser severisimamente sancionados . cada vez se ven mas.
eso si vistos los antecedentes , y viendo que hooper no sancionado mas que con una semana siendo reincidente (hace apenas dos meses sacudió un puñetazo a un jugador argentino) y a Pocock ni le citen es curioso.

por cierto , yo en parte, y solo en parte, entiendo a los colegiados. cada vez el ambiente esta mas soccerizado y ya se les critica mucho y ellos prefieren no pillarse los dedos y tirar por la calle de en medio. que tengo dudas, pido arbitro de video.

¿como veis lo de mañana y pasado?

19 10 2015
ornat

Respondo tarde, pero lo hago. Disculpas. Me refería a todo eso que no es estrictamente deportivo, pero que está en el entorno, y que en cierto modo envilece (entiéndase el término) el concepto tradicional y los valores -tan zarandeados- de los que siempre hablamos en el rugby: la tendencia cada vez mayor a comentar las decisiones de los árbitros, el peso cada día más decisivo de las resoluciones de los comités, el ambiente de sospecha y agravio, que se retroalimenta con este tipo de situaciones y derivan en un bucle interminable. Todas esas cosas que llevan a un rugby que no es el de antes, sino que evoluciona hacia formas que por fuerza nos resulta desagradable aceptar pero que son, hemos de admitirlo, inevitables en el contexto en el que hoy se juega este deporte.
Y además, la decepción por el hecho ya notable de que la muy necesaria seguridad (innegociable) de los deportistas haga olvidar otros asuntos que me parece básico defender: la limpieza moral del juego y de quienes lo practican, el castigo proporcional de la provocación y el antijuego, aunque no sean físicamente tan peligrosos como un placaje de los que hablamos o un dedo en el ojo. La integridad física de los jugadores no debe hacer olvidar la integridad ética/deportiva del rugby. Y este rugby que vivimos ahora lo va olvidando.
A todo eso me refería.
Gracias.

15 10 2015
Jorf

Siendo un gran aficionado al rugby, que sin embargo nunca ha jugado a él, más allá de alguna pachanga, tengo muy claro que el tema de los tip tackles debe ser el más sancionado de las infracciones, por su enorme peligrosidad. Como digo no he jugado, pero sí llevo mucho tiempo viendo rugby y no recuerdo que antes hubiese tal cantidad de ellos. Han crecido mucho en los últimos años y a este paso, si no se cortan de raiz,, pueden provocar más de un disgusto muy grave cualquier día, no uno aislado sino varios.
Creo que habría que desligar las sanciones por acciones de rugby peligrosas de las que son deshonestas y las acciones que se ven en un campo y no tienen que ver con el rugby. Distintos tipos de sanción porque las consecuencias pueden ser muy diferentes.

Por cierto, que se usa la sanción a O´Brian como ejemplo de a donde se ha llegado, pero para mi es la de Bosch la que clama al cielo, ese placaje es criminal

15 10 2015
Jun

Dentro de una RWC extraordinaria, a nivel de público y organización, y con un nivel de juego muy alto, como puntos negros estánel constante recurso del TMO, y como decís, las sanciones.

Lo de O´Brien se queda cortísimo, no puede reaccionar así, y los placajes en el aire y los tip tackle, pues hay que entrar en la intencionalidad, hay algunos brutales que se ve claramente que no ven, solo van pendientes del oval.

Y lo de Galarza no tiene nombre, es, para mí una de las acciones más sucias en un campo cuando se hace voluntariamente, pero en este caso, con el afectado excusandolo y las imagenes la sanción es excesiva

14 10 2015
peregrinator

lo de Tuilagi me parece absurdo, el unico responsable del rodillazo es el japones, Alesana se limita a correr, si le meten una cabeza delante de la rodilla, que esperan que haga?

Y lo de Hooper es de roja y de tonto. ¿Pretendía que no le vieran? en el mejor de los casos consiguió fastidiar el ataque de su equipo al ceder un penalty en contra, pero merecía la roja, no tenía más intención que hacer daño.

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