La guerra por otros medios

12 10 2015

La frecuente asociación del juego del rugby con la guerra no es casual. No se trata sólo de la evidencia argumental de la imposición de la fuerza, del combate físico y estratégico que constituye su puesta en escena y le confiere esa imagen de campo de batalla en el que, a menudo, aparecen convocados todos los elementos de la advertencia churchilliana: el sudor, la sangre y hasta las lágrimas. No es sólo eso, con ser mucho. La guerra está en los orígenes del juego (la mayoría de los deportes colectivos de pelota vienen de un ramo común de ejercicios militares de esparcimiento y preparación) y también en su naturaleza: los tratados técnicos del rugby han formulado la esencia del juego en un objetivo común al balón oval y a las armas: la invasión. El rugby es un deporte de invasión. Esa es la meta. La pelota es el arma. Para los demás elementos no hacen falta demasiadas metáforas ni símiles forzados: cualquiera los identifica porque son muy literales. El problema, en el rugby, es cuando un equipo olvida la importancia inigualable del arma y su uso. O sea, del balón. Verbigracia… Francia contra Irlanda. El equipo de Joe Schmidt lo entendió… o tal vez se encontró la solución, llamada Madigan. Saint-André nunca dio con la forma de reciclar a su equipo desde el combate al juego. Y por eso fue derrotado con amplitud.

Ian Madigan, abierta y sinceramente emocionado en el final del partido contra Francia, en el que fue actor principal tras la lesión de Sexton.

Ian Madigan, abierta y sinceramente emocionado en el final del partido contra Francia, en el que fue actor principal tras la lesión de Sexton.

Nuestro cerebro reptiliano tiene mucho que ver con el rugby y se activa cada vez que comienza un partido, sea propio o ajeno. Da igual que uno haya estado alguna vez en un campo de juego o no, todos sentimos algo parecido: la feroz excitación de la sangre agitada, la anulación de las conciencias racionales que nos habitan, para rendirlas, y rendirnos, a la brutalidad. Ordenada, sí, pero brutalidad. Es un espectáculo, una experiencia simplemente adictiva para quien la vive y para quien mira. Pero quien está dentro lo ve de un modo distintivo. Quien haya jugado al rugby, quien haya sentido volar esa primera pelota que el contrario sube al cielo en el inicio del partido, tiene una perspectiva incomparable del asunto. Porque cuando esperas abajo y la ves venir, sabes de sobra que ya no es una pelota; o ya no es sólo una pelota: para cuando cae a tu lado ha quedado convertida en una bomba de tiempo que va a desatar 80 minutos de combate. La pelota de rugby, en términos hitchcockianos, es un acojonante macguffin que decreta la batalla. Sí, batalla, pero la palabra no basta… La batalla tiene un significado en los libros o si uno mira desde fuera. Una relación de hechos generales, sin los detalles, que son la verdad. Desde dentro una batalla pasa a ser algo mucho más epidérmico. Los de afuera lo llaman lucha, esfuerzo, sacrificio, combate, tesón, valores, equipo y otras palabras que, para un jugador de rugby, tienen en ese momento el mismo significado que las virtudes teologales: ninguno. Dentro, a eso se le llama jugar al rugby. Ni más ni menos que 80 minutos a hostia limpia. Quince tíos enfrente que van a pegarte, todo lo que puedan. Quince tíos enfrente de ti a los que quieres, claro, ganarles… pero si puede ser, y sobre todo, pegándoles por el camino.

No, no… no es una reyerta. Se trata de que para ganarles, hay que pegarse. Pegarles. Aguantar lo que te peguen. Pegarles más. Y mientras tanto -y aquí es donde la razón, la inteligencia y el arte toman el mando- pensar. Pegar y pensar, empujar y pensar, placar y pensar, derribar y pensar, jugarte la cabeza en el ruck y pensar, correr y pensar, defender y pensar, asumir un golpe y pensar, chocar y pensar, percutir y pensar, comerte el dolor y pensar, animar y pensar, levantarte y pensar, agarrar y pensar, saltar y pensar, limpiar y pensar, ayudar y pensar, patear y pensar. Pensar, pensar y pensar. Y que cada pensamiento se disocie en tu cuerpo y la pelota. Ahí es donde entran la ejecución, que aquí no es término bélico ni penal, sino eso que llamamos técnica. Entonces todas esas cosas, que son como el mapa de procesos de una gran compañía, van dirigiendo poco a poco la reunión de todas las actividades colectivas hacia el asunto esencial de este juego: el encuentro del espacio. La conquista del espacio. La invasión del espacio. Eso es el rugby. O eso es lo que, modestamente, uno cree haber aprendido todo este tiempo.

En algún momento del im-pre-sio-nan-te primer tiempo entre Francia e Irlanda deseamos que lo que estábamos viendo no se acabara nunca. Que aquella portentosa exhibición de violentas escaramuzas no se detuviera, porque nos parecía la sublimación del deporte amado, la manifestación más rabiosa de eso que tan bien llama Phil la enfermedad de Ellis. Estaban todos fuera de sí, poseídos por un irracional salvajismo que en cada encuentro parecía responder a aquel adagio de película: no gana la batalla el que pega más fuerte, sino aquél que está dispuesto a morir. Sinceramente, durante 40 minutos dio la impresión de que a ninguno de esos 30 hombres les importase lo más mínimo su propia vida. Ni desde luego la de aquéllos que tenían delante. Estos son dos equipos a los que el breakdown les parece una fiesta orgiástica a la que entregarse no cuesta nada. El rugby de hoy se juega a partir de los encuentros y el relanzamiento, así que razón no les faltaba. En esos términos, hubo momentos prodigiosos por los dos lados. Ésta es de esas ocasiones en que las palabras no alcanzan. Uno no recuerda cosa semejante, tal vez un Sudáfrica-Nueva Zelanda del Rugby Championship de 2013, jugado también con inusual ensañamiento. Pero pocas cosas. Contarlo no vale, hay que verlo.

En algunos momentos daba miedo. Por ejemplo, cuando Picamoles  planchó a Sexton. Alguien tardó un poco más de la cuenta en darle la pelota al 10 irlandés y, para cuando la recibió, el 8 de Francia ya había olido la sangre. Vio los brazos levantados del apertura en el gesto de recibir, antes de voltearlos para buscar el pase. Vio la mirada vuelta y el ángulo ciego por el que podía entrar como por un pasillo a oscuras, sin ser advertido por el contrario. Vio la camiseta verde pero le pareció roja, una invitación a la embestida. Vio a un hombre desarmado, alguien sin defensa, pero había de importarle poco: su cerebro depredador lo transformó en una diana. Transmutado en búfalo, Picamoles golpeó a Sexton en el plexo solar, ahí donde todo el mundo sabe que los placajes vacían de aire el cuerpo del rival, pliegan las costillas y le dejan el organismo sin vida, como un trapo. Un placaje de esos te hace viejo de repente. Cuando te levantas, como se levantó Sexton, solo te quedan ganas de pasar la tarde en el sofá y la semana siguiente en una residencia bien atendida.

Contra todo pronóstico, la retirada del medio y su relevo por Ian Madigan le procuraron a Irlanda la solución diferida del partido. Ésta tal vez resulte una teoría iconoclasta, considerar una ventaja que Sexton se fuera del campo, pero con toda honestidad lo vimos claro desde el momento en el que Madigan agarró la primera pelota y se la puso a sus centros. A partir de ahí, el equipo de Joe Schmidt se situó en la posición necesaria para, llegado el momento, hacer la transición. El argumento tiene que ver con lo dicho arriba, con el paso obligado desde la fiereza al juego. En este rugby de hoy, y esta RWC15 lo ha demostrado ya muchas veces, los primeros tiempos constituyen una exposición de fuerzas desatadas, una tormenta de peleas cuerpo a cuerpo que solemos celebrar porque determina un encuentro equilibrado, incluso entre equipos desparejos. Vale también para el otro gran partido del fin de semana, el Gales-Australia. Lo habitual es que ese comportamiento, una madeja admirable, se desenrede en la segunda mitad: por caída física de unos, superioridad técnica de otros, acciones o decisiones.

Sean O'Brien carga contra Pascal Pape, en un momento del brutal encuentro entre Francia e Irlanda, en el que fue el mejor de un partido enorme.

Sean O’Brien carga contra Pascal Pape, en un momento del brutal encuentro entre Francia e Irlanda, en el que fue el mejor de un partido enorme.

El cambio lo propició Madigan. Dejamos de ver patadas tácticas constantes de Irlanda y empezamos a ver creaciones ofensivas. Que tardaron en culminar, pero que finalmente lo hicieron en los ensayos de Rob Kearney Murray. Porque a Francia le resultó mucho más enigmático enfrentarse a ese cambio progresivo del juego irlandés que a lo que tenían previsto: el tacticismo de Sexton. Por eso subrayamos a Madigan, porque fue una clave inesperada. Tal apreciación no desconsidera al resto. Hubo un partido inconmensurable de O’Brien al frente de una tercera y una segunda líneas que derribaron todos los muros con su actividad y su iniciativa en la segunda parte. Iniciativa, rupturas, llevar la pelota… algo que Francia suele, extrañamente, encomendar demasiadas veces a sus primeras líneas: Ben ArousSlimani Guirado tienen una presencia constante en el ataque de PSA, mientras su prosaica segunda (PapeMaestri) pasa desapercibida. Y la tercera, salvo por momentos Picamoles y poquito Chouly, se confunde con el fondo del cuadro demasiado a menudo, y más cuando avanza el partido, cuando esas líneas han de pasar al primer plano de la imagen. Son confusiones raras: un primera línea romperá, pero muy raramente va a desequilibrar los partidos en juego abierto. Cualquiera sabe eso. Su trabajo es otro. Además, cuando luego entran Kayser, Debaty y demás, el plan se agota en su propio sinsentido.

Mientras Irlanda hizo de la mano de Madigan el cambio de dinámica que necesitaba para resolver el encuentro, para que la guerra fuera juego, Francia no pudo ya encontrar la ruta. Sólo Spedding había amenazado en alguna salida, pero Michalak tuvo escaso peso creativo (algo diferencial en Francia) y sus centros quedaron engullidos por la velocidad de presión irlandesa primero, la recolocación extraordinaria después y, claro, sus propias condiciones. La salida del campo de MichalakBastareaud, para que lo intentaran Tales Dumoulin, proclamaba la inútil búsqueda de Saint-André: alguien capaz de crear algo, espacios y juego. No lo había. No hay un Huget que cree ensayos de la nada, con cuatro balones malos. Francia había hecho el partido en la dirección contraria y ya no pudo variar la marcha. La crecida irlandesa, dirigido con un ritmo fantástico por Conor Murray, acabó saltando sus junturas.

Solo un pero, muy grande, a la victoria: deja demasiados heridos. O’Brien por su puñetazo extemporáneo a Pape; O’Connell O’Mahony por lesiones. ¿Habría podido Irlanda evitar meterse en ese partido con Francia? Es una duda legítima, pero uno cree que hay que pasar por ahí para ganar a Francia, salvo que tengas la velocidad de rugby afuera de Nueva Zelanda, Australia u, hoy por hoy, Argentina, el próximo rival. Y eso no evitará que tengas que derribar el muro también a cabezazos. Si es que puedes. Irlanda pudo y pudo bien. Sale agrandada pero coja. Entendió que para ganar necesitaba usar la cabeza, pero no como ariete. La guerra no puede durar siempre. En algún momento han de estallar la paz, la alegría y el juego. La comprensión precisa de esa dicotomía se llama rugby.

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7 responses

13 10 2015
cuenca

Para los amantes del rugby irlandés y sobre todo de la mítica de los himnos y del Ireland’s Call.

http://www.lequipe.fr/explore-video/rugby-l-appel-de-l-irlande/

Saludos.

14 10 2015
ornat

Gracias por las aportaciones de todos y, desde luego, la del reportaje de L’Equipe sobre el nacimiento de Ireland’s Call y su importancia en la historia del rugby irlandés. Más allá de las filias de cada uno, la historia de la unidad irlandesa y Croke Park constituyen, junto a la reconciliación propiciada por Mandela con los Springboks como instrumento, los dos mayores ejemplos de los valores del rugby y de qué forma el deporte, y este deporte, pueden derribar muros.

13 10 2015
12 10 2015
peleida

Mañana a ver si me atrevo a decir algo sobre cuestiones tecnicas
hoy solo dire que es el mejor texto sobre rugby que he leido nunca
soberbio
gracias mario

12 10 2015
peregrinator

Este artículo es probablemente la mejor descripción del juego que he leido nunca.

12 10 2015
FREIRE

Muy bueno Mario de lo mejor que has escrito, y eso que tienes grandes obras de arte, contigo el Rugby siempres sera maravilloso, no solo de jugarlo, sino tambien de verlo. Gracias y sigue asi.

12 10 2015
Jun

Tremendo artículo, honestamente de lo mejor que has escrito.
Esta tarde. traquilamente, me veo el partido otra vez, que ayer en el Pub se nos cortaba la emisión constantemente.

Respecto al partido en si, la primera parte es simplemente brutal, una dureza, una intensidad en los contactos como pocas veces se recuerdan.
En la segunda, a parte de la mayor vivacidad que proporcionó Madigan al equipo, se vio una Francia inoperante ofensivamente, se defendió bien si, pero no propuso nada en ataque; Michalak desaparecido y de sus medios ya esta todo dicho, planisimos, simples bolas de demolición incapaces de realizar una descarga o aprovechar una ventaja.

Schmidt, quizá obligado, tuvo la flexibilidad de cambiar el plan, cosa que Saint-Andrè no, ya no se si no quiso o no pudo, pero solo se defendieron durante 80 minutos.

En fin, una gozada, ahora a hacer recuento de daños, las bajas son simplemente terribles, no puede ser que la carrera de Paul O’Connell con el Trebol termine así, O’Mahony estaba siendo vital en defensa y lo de O´Brien no tiene nombre semejante tontería.
Habrá que pelearlo contra una Argentina fortísima, que no se va a limitar a defenderse, si no que nos va a atacar por todos los lados

ERIN GO BRAGH

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