JDV, el hombre que fue rugby

29 09 2015

Todo se resume en el desgarrador grito. Un lamento gutural que se impone a las turbadoras imágenes y que revela el espanto de una lesión pavorosa: “De inmediato supe que era grave, estaba boca arriba y tenía el pie al lado de la oreja”. Tenía que serlo y Jean de Villiers lo sabía de sobra, porque muy pocos jugadores han soportado a lo largo de su carrera un sumario de lesiones tan extenso como el del capitán de los Springboks. Y tan inoportunas. En el último partido de los tests de noviembre pasado, en Cardiff, De Villiers se destrozó la rodilla. Su tremenda recuperación, a tiempo para entrar entre los 31 elegidos de Heineke Meyer para esta RWC15, fue objeto de un estupendo documental en tres capítulos titulado Jean de Villiers. The Road to Recovery. El relato de un arduo proceso de rehabilitación física y psicológica, ordenado a partir de los testimonios del jugador, de su familia, los compañeros, el equipo de fisios, doctores y recuperadores de la selección de Sudáfrica y de los Stormers, leyendas del rugby springbok y periodistas. Una película de casi hora y media pensada para la glorificación del triunfo de la voluntad, cuyo epílogo ha sido tan cruel que ningún guionista hubiera podido imaginarlo: después de completar su portentoso camino a la recuperación, Jean de Villiers está fuera de la Copa del Mundo (otra vez, y ésta es para siempre) por la segunda fractura de mandíbula en pocos meses. Nada más conocer el alcance de la lesión, De Villiers hizo pública su retirada del rugby internacional.

Jean de Villiers, el capitán springbok, en una imagen íntima junto a una de sus hijas, en el documental Road to Recovery.

Jean de Villiers, el capitán springbok, en una imagen íntima junto a una de sus hijas, en el documental Road to Recovery.

La buena fortuna y la fatalidad operan de acuerdo a casualidades y circunstancias a menudo caprichosas. En el primer caso, claro, nadie hace preguntas. En el segundo, tendemos a auscultar la grieta inexplicable para dar con un argumento racional. Apenas unos días antes del fatal partido en Gales, la esposa de Jean de Villiers, Marlie, había dado a luz al tercer hijo de la pareja, el primer niño después de dos hermanas. La gira otoñal de los Springboks por el Hemisferio Norte tocaba a su fin, era el ansiado cierre de otra temporada prolongada hasta territorios próximos a la extenuación. Pero el capitán no se lo quiso perder y regresó a tiempo a Cardiff para jugar el choque. ¿Pudo habérselo ahorrado? Nadie lo habría entendido: el profesionalismo implica pocas excepciones, aunque a la vista de lo ocurrido la perspectiva gira con cierta malevolencia. Aún hubo otro leve detalle que pareció conspirar a favor de la desgracia. Halfpenny acababa de anotar un golpe para Gales y los sudafricanos reiniciaban con el obligado saque de centro. Era el minuto 57. Por algún motivo estratégico, el apertura bokke varió el sentido de su patada y, en lugar de poner el balón en el lado sobre el que cargarían los delanteros, giró y pateó al flanco contrario, pensando en la carrera sorpresiva de los tres cuartos. JDV llegó primero al agrupamiento y trató de pescar la pelota. Entonces fue cuando el muro se le vino encima: el ruck galés lo arrolló para impulsarlo hacia atrás, sin tiempo ni espacio para corregir el ángulo de apoyo de sus piernas: “Al entrar al ruck ya advertí que había quedado en mala posición”. La rodilla izquierda quedó doblada violentamente a su costado. La espeluznante torsión desplazó la rótula hacia el perfil externo de la articulación. La tensión hizo saltar los ligamentos laterales y los cruzados. Y De Villiers dio un grito que, en la sordina de la batalla, se coló por el micrófono del árbitro y hasta la transmisión televisiva. La pierna le dibujaba un horrible zigzag que los fisios hubieron de alinear en esas primeras exploraciones.

De Villiers, con la rodilla destrozada sobre el césped del Millennium Stadium, el momento del cual parte la trabajosa recuperación que lo llevó a alcanzar a tiempo la RWC15.

De Villiers, con la rodilla destrozada sobre el césped del Millennium Stadium, el momento del cual parte la trabajosa recuperación que lo llevó a alcanzar a tiempo la RWC15.

El documental parte de ese momento y acompaña al centro sudafricano a lo largo de su tremendo proceso de recuperación. Rene Naylor, la fisio de los Boks, cuenta que la primera pregunta que el capitán le hizo ya en el vestuario, cuando le retiraron el oxígeno con el que lo habían asistido sobre la camilla para mitigar los efectos del dolor, no tuvo nada que ver con el percance que acababa de echarlo del campo, sino con el partido que seguía: “¿Hemos metido el golpe?”. La frase revela a un profesional que todavía no ha tomado plena conciencia de que esa lesión, como todo el mundo vaticinará después, puede haber acabado su carrera a los 33 años. El cuerpo ha sido abatido, pero el cerebro continúa en el juego. También es el más vivo retrato de un hombre que ha sido rugby de los pies a la cabeza: competidor, duro, valeroso, caballero, embajador, rival, ganador y derrotado. Implacable a veces, vulnerable otras. Muchas. Porque De Villiers ha forjado su leyenda pasando por encima de las lesiones que lo han acosado desde sus días de rugby colegial en el Paarls Boys School, cantera de la Western Province, equipo en el que aún jugaba de ala y donde se rompió la rodilla por primera vez. Una propensión a la desgracia que subrayó su debut en los Springboks en 2002, cuando se tuvo que ir del campo con la rodilla otra vez facturada a los cinco minutos de estrenarse contra Francia.

La pregunta que vertebra todo el relato de The Road to Recovery es obvia: ¿Llegará a tiempo JDV para jugar la Copa del Mundo de 2015? Hoy sabemos que sí, que lo hizo. Que alcanzó en plazo la curación, la puesta a punto y la llamada de Meyer. Pero era una pregunta pertinente a la que ni siquiera el propio jugador, entrevistado en la intimidad, entre sesiones de rehabilitación, conduciendo en su coche, o en casa con su familia, alcanza a darle respuesta: “No es cuestión de si me siento presionado por llegar. Solo se trata de si llego a tiempo o no: si la rodilla está bien en el plazo y yo preparado, o si no lo estoy. No hay ningún otro factor”. Pero, además, la gran incógnita traía también consigo el relato de una superación, la del infortunio que ha perseguido a JDV a lo largo de su carrera como internacional bokke, y de la mala suerte que le ha impedido disputar en condiciones ni una sola de las cuatro copas del mundo en las que pudo estar.

Esta de 2015 había de servir para conjurar con una última aparición el tremendo infortunio repetido. No pudo llegar a la de Australia en 2003: al regreso de la lesión de rodilla, cuando el equipo preparaba la cita con un partido amistoso contra Newcastle Falcons, De Villiers fue atropellado sobre el campo por una montonera y el hombro le atravesó el músculo. Cuatro años más tarde, en 2007, vivió la agridulce experiencia de ser campeón habiéndose perdido buena parte del Mundial por una rotura en el bíceps: “Me sentí muy vacío: nunca he podido mirar esa medalla porque no participé”, ha reconocido De Villiers. Cuando en 2011 volvió a intentarlo, esta vez en Nueva Zelanda, cayó herido en el primer partido del grupo. Intervino apenas en un par de encuentros: en el primero se dañó una costilla; en el segundo, Sudáfrica cayó eliminada en cuartos por los Wallabies.

En total, De Villiers ha disputado sólo seis partidos de una Copa del Mundo. Demasiado poco para un gigante de los últimos tiempos. En esta ocasión, tras la derrota con Japón, el destino vino a buscarlo de manera definitiva frente a Samoa: la segunda fractura de mandíbula en apenas dos meses deja a JDV sin revancha. Derrotado por su cuerpo. Como dice en el documental Rone Krige, otro capitán Springbok de la Western Province cuya carrera quedó marcada por las lesiones, “el rugby es un juego brutal y tiene consecuencias: pasas meses pensando si tu rodilla te responderá después de la cirugía y todo el sufrimiento… y de pronto el primer día que vuelves te rompen el hombro o la mandíbula”. Exactamente así le ha ocurrido a De Villiers. El más prominente del puñado de jugadores que ya han tenido que despedirse de la RWC15, con solo dos jornadas disputadas: Yoann Huget, Cory Allen, Hallan Amos, Grant Gilchrist, Billy Vunipola… Una nómina de caídos que invita a la reflexión sobre la exigencia de los calendarios que soportan los profesionales del rugby de hoy, con competiciones cruzadas que se superponen. Los aficionados podemos disfrutar del gran rugby literalmente todo el año, en uno u otro lado del mundo. Pero semejante dilatación de la resistencia de los jugadores tiene un precio.

La despedida de De Villiers significa el adiós de un capitán inspirado en el triunfo sudafricano del 95, que vio cuando aún tenía 15 años; el tipo que le salvó la cabeza a Lucas Borges, el ala argentino, después de empujarlo porque el Puma no soltaba la pelota para impedir un saque rápido. Cuando Borges, a consecuencia del empellón de JDV, se precipitaba por el foso de tres metros de altura que separa el césped de la tribuna en la cancha de Vélez Sarsfield, cabeza abajo, De Villiers lo agarró de un pie y lo sostuvo hasta que, con la ayuda de otros, pudieron tirar de él para sacarlo. El rival que, ante una alineación indebida por error de los All Blacks, cuyo delegado había anotado a Mealamu en el acta en lugar de a Coles, resolvió el equívoco y se permitió salvar un partido extraordinario y bromear diciéndole a Nigel Owens: “Venga, ha sido un error… Vamos a seguir jugando al rugby y si acaso luego les quitas el último ensayo”. El caballero que, en el día de la celebración de sus 100 internacionalidades contra NZ, fue ponderado por Richie McCaw en términos incomparables, y al que Ma’a Nonu dejó su camiseta como recuerdo en su taquilla del vestuario, antes de que el centro All Black fuera conducido al hospital con el brazo roto. Jean de Villiers, el centro que empezó siendo ala y estrella de los sevens… el capitán número 154 de los Bokke, el 12/13 más laureado de su país. El jugador cuyo rugby demuestra, como tantos otros, que entre la brutalidad del choque y la sutileza de la evasión hay muchos grados que son el juego en toda su inmensidad de posibilidades; que entre Guscott y Burgess, digamos, existen innumerables opciones intermedias para la posición.

Tal vez De Villiers no debió ser titular en estos partidos. No para protegerlo, sino porque hay opciones ahora mismo mejores, objetivamente. Tal vez Meyer debería haber atendido el momento soberbio de sus dos jóvenes centros, De Allende Kriel, en toda la fase de preparación para la RWC. Podemos conjeturar que haya querido administrar minutos en un grupo que pensaban sencillo y que se enredó en ese lost in translation rugbístico que fue el primer partido con Japón. En cualquier caso, es un hecho que al seleccionador sudafricano le cuesta deshacerse de las leyendas, de los veteranos, de aquéllos que tienen más pasado que futuro (lo que hubo de oírse antes de darle paso a Bismarck du Plessis y retirar a John Smit…), y que confía de un modo excesivo en la veteranía como argumento de elección. Todo eso será verdad, pero nadie tiene la culpa de lo ocurrido. Para desgracia de todos, y sobre todo del hombre que ha luchado contra su cuerpo hasta la extenuación y la fugaz victoria, Jean de Villiers ya es pasado.

El capitán Bokke, en su último partido como internacional, el sábado pasado, frente a Samoa.

El capitán Bokke, en su último partido como internacional, el sábado pasado, frente a Samoa.

The Road to Recovery es un retablo de callados sufrimientos, un certero mapa del lado humano del deportista, de sus incertidumbres, temores y amenazas; de la asimilación de las soledades y la digestión de los triunfos; la historia de la reconstrucción de una rodilla con un ligamento artificial, el relato asombrado del ser humano que se sujeta a duras penas sobre sus articulaciones, del deportista que litiga contra las incógnitas de su cuerpo y del cerebro que conjuga el deseo con la conciencia; del padre que juega con sus pequeños mientras mastica el inexorable paso del tiempo y trata de conciliar sus últimos días con las metas que no conocen edad: “No me basta llegar a tiempo para jugar la Copa del Mundo… quiero ganarla”. Una película que encuentra la belleza incomparable del instante en el que la voluntad triunfa sobre la frustración.

Merece la pena verla, aunque hoy resulta especialmente dolorosa. Nos permite subrayar todavía con mayor fuerza la celebración de este jugador. Y, como en los grandes clásicos del cine, esperar cada vez que el final de la historia sea distinto. Que Ilsa no tome el avión y se quede con Bogart en Casablanca. O que JDV, el hombre que ha sido rugby, aún no se retire del escenario.

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5 responses

30 09 2015
peregrinator

recuerdo que la anecdota por la tontunada administrativa de coles y mealamu, fuen un poco antes de un insulso partido de la galleta de las selecciones de futbol de España y Sudafrica, en le que se origino un lio ridículo de protestas y justificaciones sobre si España podía hacer una cambio más de los pactados previamente por un lesión. Un contraste de actitudes entre un partido que no valía realemnte para nada y otro absolutamente soberbio que decidía un rugby champioship.

30 09 2015
Jun

Una pena que un jugador de este calibre tenga que retirarse así.
Supongo que todavía podremos verle un par de años en Stormers o, quizá, probar en Europa

29 09 2015
migueltuck

Grande Mario, muy contento de que estes de vuelta.

Sobre Jean que decir, una pena absoluta pensar que no lo veremos más en el concierto internacional. Como has dicho un coloso del rugby.

29 09 2015
peleida

Gran articulo mario
yo recomende a mis conocidos y en algun foro de internet este documental cuando lo vi hace un mes
mas que nada por el componente humano de sufrimiento y superacion
A veces olvidamos que los deportistas profesionales son tambien personas , que sienten, sufren y piensan
JDV ha sido un jugador enorme y por lo que comenta gente como richie mccaw , ademas un buen tipo.
que le vaya bonito en adelante, en el juego se notara su ausencia

29 09 2015
Félix

Impresionante. La historia…… y tu artículo….

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