Eddie Jones, el discurso y el método

22 09 2015

Por debajo de todas las evidencias del partido que Japón le ganó a Sudáfrica el pasado sábado, subyace una que aquí nos parece altamente significativa: la estrella de esta RWC15 no es, por ahora, ningún jugador… sino el propio entrenador del equipo nipón. Es cierto que el foco mediático que van ganando los preparadores es cada vez más relevante en el rugby modernizado de hoy (siempre insisto en lo mismo: ¿Quién recuerda al director de Gales en los 70?), pero a ninguno se le puede otorgar una responsabilidad tan obvia como a Jones. Aunque en los partidos jugados en este primer ciclo de tres días del Mundial ha habido actuaciones notables y una que nos pareció resonante -la de Gorgodze en el triunfo de Georgia sobre los confundidos tonganos-, la estela más brillante de la primera jornada es la del entrenador de Japón. Bien merecida.

Los jugadores japoneses festejan el ensayo de Hesketh en el minuto 84 que les dio la victoria frente a Sudáfrica.

Los jugadores japoneses festejan el ensayo de Hesketh en el minuto 84 que les dio la victoria frente a Sudáfrica.

Jones ha dejado lo más interesante por ahora. En el campo y en la sala de prensa, donde hace falta gente que, como él, reflexione acerca del juego de manera pública y nos haga pensar a todos los demás. Y a quienes mandan, sobre todo. Si el tamaño ha sido uno de los obstáculos a los que se ha enfrentado en su construcción de un equipo japonés dispuesto a dar el salto al Tier 1, Jones hizo en su rueda de prensa anterior al partido de mañana con Escocia una declaración resonante, que cuestiona el futuro del juego: “Los jugadores son cada vez más grandes, más fuertes y más rápidos… y el campo sigue siendo del mismo tamaño. Así, a la hora de defender siempre hay 14 o 15 que están de pie para hacerlo, en comparación con el rugby de antes, en el que al menos dos o tres se quedaban por el suelo. Hay que hacer algo para aumentar la fatiga. Juegan 15 y puedes cambiar casi a la mitad durante el partido, así que sustituyes a un tío con 125 caps por otro de 23 años que corre como el viento. De esa forma, el rugby se ha convertido en un deporte de choque. No es que vayamos a quitarle eso, pero en un partido de 80 minutos resulta que la pelota solo está en juego 27. Cuanto más tiempo esté la pelota en juego, más te cansas. Y cuanto más cansancio exista, más espacio quedará para jugar. Algo deberíamos hacer. Hay varias propuestas y deberían ser estudiadas”.

touche

Borthwick trabaja la touche japonesa: desde su inclusión en el equipo de trabajo de Eddie Jones, la eficacia del equipo en esa fase del juego ha mejorado de manera exponencial.

La cuestión es interesante en sí misma, y más viniendo del entrenador que ha revolcado por los aires la importancia del tamaño. Porque, si algún equipo juega a partir de su tamaño es Sudáfrica, y el triunfo japonés muestra -además del extravío de Heineke Meyer y sus chicos, decadencia que parece ir camino de su culminación- hasta qué punto la mentalidad, un plan, el orden y, sobre todo, la tecnificación del juego pueden ayudar a cualquiera a sobreponerse a sus inferioridades. Jones dijo antes de enfrentar a los Bokke: “Si ganamos la melé, ganaremos el partido”. Lo que sonó al oído general como: “No tenemos ninguna posibilidad, porque no hay posibilidad de que ganemos la melé”. Pero, en cierto modo, lo hicieron. Porque su velocidad de transmisión de la pelota hasta la tercera línea por los canales interiores resultó un prodigio de ejecución técnica. Si el equipo de enfrente te quiere pasar por encima, es simple: no le dejes empujar, no le des tiempo. De repente, el talonaje (ese arte en desuso por las escandalosas introducciones parciales de hoy) vuelve a ser decisivo, como ocurrió siempre.

De esos detalles tiene la culpa Eddie Jones y, sobre todo, su entrenador de melé: el francés Marc dal Maso. Curiosamente, un ex hooker. La evidencia de que necesitaba aquilatar al máximo el mecanismo de sus melé le vino a Jones el día que, en su primera etapa como entrenador de Japón, su equipo le ganó un partido a Rumania (31-26), pero todos los puntos rumanos llegaron a partir de acciones de melé. Acostumbrado a que en Nueva Zelanda o en su Australia natal (Jones nació en Tasmania, de madre japonesa) se trabaje dividiéndola en unidades, el técnico admitió la visión de Dal Maso, acostumbrado a una escuela francesa en la que la preparación de la fase estática por antonomasia del rugby se lleva a cabo trabajando 8 contra 8. Cohesión. Esa es la palabra clave.

De la touche –por cierto, otro de los potenciales en la tradición de Sudáfrica- se encargó el ex internacional inglés Steve Borthwick, fundamentalista del saque lateral. Su efecto se pudo ver en la eficiencia del lanzamiento, recepción y transmisión a lo largo de todo el partido del sábado. Produjo, si no recuerdo mal, al menos dos ensayos: uno al principio con maul después de la captura del saltador; y otro, asombroso, que hizo el empate a 29. Un movimiento encadenado de touche rápida, entrada del ala cerrado en diagonal a la espalda del alineamiento, sucesivos dos contra uno en apoyo y marca en el banderín contrario. Eso no viene de la inspiración ocasional. Ni siquiera del talento, siempre necesario pero, a menudo, insuficiente sin un plan que lo sustente. Hay mucho más. Los estudios estadísticos subrayan que Japón es, de largo, el bloque que más ha mejorado su eficacia en la touche de todos los equipos del Tier 2: está por encima del 90% de éxito, mientras el resto se mueve en un entorno entre el 70% y el 80%. En  los dos últimos años (periodo en el que Borthwick pasó de ser consultor a trabajar a tiempo completo con Eddie Jones), en partidos contra equipos situados entre los 20 primeros del mundo, Japón ha ganado y guardado la pelota en el 93% de sus melés y en el 92% de sus touches. En los ocho partidos entre la Pacific Nations Cup, que ganaron, y los preparatorios para la RWC15, retuvo la posesión en 85 de sus 89 saques laterales (sin incluir las jugadas rápidas) y en 62 de sus 64 melés. Los datos salen de aquí. Su interés es extraordinario y ayudan a situar el milagro japonés.

Porque, por lo demás, explicarlo no es sencillo. El rugby en Japón no tiene una estructura que se corresponda, digamos, con el fantástico mecanismo de mejora en todas las fases de la preparación que dirige ahora mismo el rugby argentino, por mirar a otro actor en fase de desarrollo espectacular (y en otro nivel, claro). En Japón hay una Top League de equipos que son en realidad propiedad de multinacionales, con mucho dinero invertido en estrellas que se mezclan con jugadores que trabajan para esas compañías y, después, juegan al rugby. La mayoría, de hecho. El deporte, al menos estos últimos años, solo se ve por televisión de pago. La media de asistencia a los campos es de menos de 4.500 espectadores. En Japón lo que gusta es el fútbol y el béisbol, eso lo sabe cualquiera. De hecho, hay una enorme tradición de deporte universitario que es mucho más popular, también en lo que respecta al rugby, porque fue en los colegios y en las facultades donde el juego se desarrolló y creció desde su entrada en el país en 1874. Es verdad que ha habido una interesante inflación del número de licencias, por encima de los 120.000, y que la llegada de algunos de los mejores jugadores del planeta han elevado el interés y el nivel general; que las salidas de entrenadores y rugbiers a Nueva Zelanda o Australia, incluso a jugar en franquicias del Super 15, para conocer y experimentar los métodos de trabajo en el primer mundo del rugby, han favorecido el desarrollo a través de la transmisión de conocimiento y su aplicación al entorno. Pero todo esto no se corresponde con una evolución tan acusada. No alcanza a explicarla. Uno lo mira desde todas las perspectivas y sospecha que en toda esta historia hay un eslabón perdido. Un factor que escapa. La única conclusión posible es que ese factor no es otro que Eddie Jones. El dinero, claro… pero sobre todo Eddie Jones.

Eddie Jones, el artífice de la mayor sorpresa que ha visto jamás la RWC.

Eddie Jones, el artífice de la mayor sorpresa que ha visto jamás la RWC.

Hay, en términos gráficos, una burbuja que tiene que ver con la inversión y con todo lo que supone el método del entrenador australiano, todo lo que él ha impulsado: desde la implicación de jugadores como Leitch o Hesketh, aprovechando el muy discutible criterio de elegibilidad del rugby actual, cosa que por otro lado hace todo el mundo; hasta la tecnificación de jugadores a partir del Seven, donde aprenden a jugar en un escenario de competencia internacional, explotando las dos características básicas del rugby japonés: la velocidad y la técnica individual. Del ideario de orden, trabajo y preparación (de entrenamientos y partidos) a la claridad de ideas en el terreno de juego; del más puro benchmarking interdisciplinar (tomando ideas de otros deportes acerca del uso del espacio y el pase, con aquella visita a Pep Guardiola en Múnich como ejemplo canónico) a la preparación física, extremada para competir en igualdad de condiciones con oponentes superiores en talla y recursos. Ganarle a Sudáfrica, incluso a esta Sudáfrica decaída y confusa, no es fácil. Hubo que ir hasta el final. Pero, donde los bokke enredaron sus decisiones (un tiro a palos en su última jugada de ataque cuando podían jugar una touche a cinco, y escasa visión de espacios o mezcla de soluciones de juego), el equipo de Eddie Jones se comportó en el tramo final con una claridad de ideas encomiable: melé y melé y melé… ¡contra los Springboks! Juego de lado a lado. Retención prodigiosa de la pelota (asunto al que Escocia, su próximo rival, deberá antender mucho en el interesantísimo partido de mañana, que promete alta velocidad). Finalización en el despliegue. Jones, en suma, ha conseguido que Japón haga muchísimas cosas bien. Que su juego no sea previsible para los contrarios. Que el orden no mitigue la iniciativa individual. Que se oculte la debilidad de su primer canal defensivo, entre el apertura y el primer centro, con la protección estratégica de esos espacios a base de que los terceras patrullen la zona. Que las fases estáticas estén tan bien ejecutadas que le den al equipo la plataforma de resistencia y lanzamiento básicos para tener la posesión (de otro modo no se puede jugar al rugby de élite hoy). Muchísimas cosas bien hechas, porque antes estuvieron bien concebidas y mejor trabajadas. El milagro japonés se explica, en suma, porque no hay milagro. El único milagro es tener las ideas claras y el trabajo. Un discurso y un método. O sea, un gran entrenador.

 

 

 

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17 02 2016
¿Es éste el peor 6N… o somos nosotros? | Mamá, quiero ser pilier

[…] siempre hay gente para defender, siempre gente de pie, poca fatiga, mínimo espacio. Lo comentamos aquí. El espacio es la clave absoluta del rugby de hoy. Espacio que antes estaba frente a ti (la defensa […]

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