París bien vale una barba

20 03 2014

Brian O’Driscoll se retiró del rugby internacional con un título del Seis Naciones y el segundo galardón consecutivo de Jugador del Partido. Es cierto que el sentimentalismo influyó en este postrero reconocimiento: el desempeño de Chris Henry, Paul O’Connell y, desde luego, David Trimble y Johnny Sexton explican de un modo mucho más amplio la victoria irlandesa (20-22). Pero está bien que el rugby conceda un homenaje cuasi-póstumo a un jugador superlativo. En el triunfo final del equipo de Joe Schmidt no hubo, sin embargo, una sola concesión. Irlanda tuvo que emplearse para ganarle a Francia, como preveían los más suspicaces. Este tipo de veleidades competitivas se dan por descontadas con los franceses por el medio. Irlanda fue mejor, desde luego. Pero le hicieron falta tres ensayos de Trimble y Sexton (2) para doblegar a un equipo que no entregó el choque hasta el final: Chouly vio desautorizada una marca tardía por pase adelantado previo; y Doussain erró un tiro a palos bastante asequible que hubiera girado el signo del partido. Cierto que, antes, el ensayo junto a la espuma protectora de los palos de Szarzewski mereció una revisión del TMO que Walsh no creyó oportuna. En cualquier caso… en medio de la euforia del triunfo, Irlanda hubo de lamentar dos pérdidas irreparables: la de su divino segundo centro, BOD, la tenía asumida. No estaba preparada, sin embargo, para la otra: sin advertencia previa, Gordon D’Arcy se afeitó la barba.

Sexton se aplica en el afeitado de la barba que tanto había llegado a odiar. Healy fotografió el proceso y lo anunció en su cuenta de Twitter.

Sexton se aplica en el afeitado de la barba que tanto había llegado a odiar. Healy fotografió el proceso y lo anunció en su cuenta de Twitter.

El país no asimiló bien algo así. El anuncio, y su documento gráfico, aparecieron en el timeline del mejor número 1 del torneo, Cian Healy. Un rato antes, Healy le había metido un cabezazo artero en un ruck a Picamoles, que acusó el golpe igual que si lo hubiera tozado un bisonte. En cierto modo fue lo que ocurrió. Fue, con el hombrazo del escocés Hogg al galés Biggar, el momento tabernario de la jornada. El caso es que Healy le anunció al mundo que esa maravillosa pelambre hipster de D’Arcy iba a desaparecer de nuestras vidas: “Sexto afeita a la bestia!!!!”, proclamó. Y colgó la imagen de arriba. Las muestras de duelo se sucedieron, entremezcladas con los emotivos adioses a O’Driscoll. La barba decimonónica del primer centro irlandés se había convertido en uno de los sellos de identidad del equipo. En un momento en el que la barba ha recuperado su raigambre por la vía alternativa del estilismo, D’Arcy había convertido la pereza en movimiento estético. No hubo otro motivo para la hirsuta proliferación, como explicó él mismo en una entrevista: En pretemporada da pereza afeitarse… Así que fue creciendo y en un momento dado pensé: igual le doy una oportunidad”. Y así hasta París.

Que el barbero fuera Sexton no resultó casual. Sexton debía de ser el único irlandés que detestaba la barba de D’Arcy. A la altura de noviembre el asunto, en opinión del apertura de Racing Metro, ya había ido muy lejos: “Es horrorosa… Le pedí que se la quitara si les ganábamos a los All Blacks. Pero perdimos. Fue un duro golpe por la derrota y, sobre todo, porque Gordon siguió con la barba”, llegó a bromear Sexton. Era una broma que ocultaba una verdad. Pasaron las semanas y crecieron las apuestas: ¿Era una promesa? ¿Hasta dónde iba a llegar? ¿Se había jugado el afeitado contra la retirada de su inseparable O’Driscoll? ¿Pertenecía a una secta hipster? ¿Pretendía integrarse D’Arcy en los Eels y relevar a nuestro querido señor Everett en Souljacker? Para cuando llegó el Seis Naciones, el aspecto de barbarroja de D’Arcy había alcanzado territorios legendarios: “La miras y parece que en cualquier momento va a surgir de ahí adentro un soldado japonés de la Segunda Guerra Mundial, dispuesto por fin a rendirse”, escribió Shane Hegarty, columnista del Irish Times. Pero D’Arcy no rendía su selvática maraña.

El legendario par de centros irlandés, rasurados y sonrientes en las horas posteriores a la victoria en París.

El legendario par de centros irlandés, rasurados y sonrientes en las horas posteriores a la victoria en París.

Sexton volvió a la carga. Trató de negociar que se la afeitase si Irlanda ganaba el Grand Slam. Todo iba viento en popa, y hubiera acabado bien, si por el medio no se hubiera cruzado Twickenham y aquel odioso Danny Care: tan repeinado con su firme tupé, que comunica velocidad, energía y durabilidad. Irlanda perdió la pista del Grand Slam, pero sostuvo la del torneo. Nunca D’Arcy prometió o dio a entender que el simple título del Seis Naciones fuera la condición de su afeitado. Simplemente ocurrió. Si alguien tenía derecho a hacerlo fue Sexton, que venía de meter en París su cuarto ensayo en dos semanas. Y lo hizo. Todo el mundo ha proclamado al zaguero inglés, Mike Brown, como indiscutible mejor jugador del torneo. Pero, y ahora vamos a ponernos serios, aquí pensamos que quien verdaderamente merece tal consideración es el apertura irlandés: Sexton ha sido el director de la filarmónica dublinesa. El hombre más influyente en el juego global de su equipo. La irrefrenable mejoría, variedad y profundidad táctica de esta Irlanda de Joe Schmidt descansa, en buena parte, en el muy equilibrado balance que Sexton le procura con el juego al pie (algo que ningún otro apertura del torneo ha logrado imprimir a su equipo) y la capacidad para crear y dirigir a la mano. Puede que se le torciera el eje en París en un momento de máxima presión frente a palos, pero Sexton decidió el choque y ha hecho un torneo soberbio, elevado a la categoría de imprescindible y principal después de una temporada desconcertante en Racing Metro.

Así que Irlanda ganó el torneo y dejó a Inglaterra otra vez segunda, después de tomar Roma al asalto (11-52). Va el tercer año consecutivo que Inglaterra queda a las puertas y la cuestión ya ha traído consecuencias: Sir Clive Woodward cargó de nuevo contra los cambios de Stuart Lancaster en Roma, aduciendo que impidieron a Inglaterra acumular más ensayos y una ventaja que, tal vez, le hubiera permitido dar la vuelta a la diferencia de puntos de la que gozaba Irlanda. Puede que la acusación resulte exagerada, pero la verdad es que la distancia final quedó establecida en sólo diez puntos: o sea, menos de dos ensayos transformados. Más allá de eso, la presión sobre Lancaster da idea de hasta qué punto el argumento de la evolución del equipo inglés puede quedar ya corto en un país en el que sólo se concibe la victoria. A un año y medio de la Copa del Mundo, la situación del equipo de Lancaster aún es muy opinable.

De esto ya hemos hablado muchas veces: con Owen Farrell siempre va a tener un juego ofensivo limitado. Ha de solventar el asunto del primer centro (Burrell ha convencido más que Twelvetrees, y además Tuilagi ya está de vuelta), y escoger sus alas: May y Nowell pueden ser notables meritorios, además de prometedores jóvenes, pero no titulares que aseguren, al menos hasta ahora, los puntos que necesita Inglaterra de su back-three. Ashton merecía un relevo, Wade y Yarde siguen en la mente de todos, Anthony Watson es otro de los que se ha hablado; el paso de Brown desde el ala al zaguero le ha permitido a Lancaster hacerse con un 15 que desequilibra partidos. Y, de paso, relegar a Goode, un zaguero plano que concita fobias comprensibles en Inglaterra. Pero desde el 10 hasta el 15, excluidos Farrell y Brown, todo sigue pareciendo revisable en Inglaterra.

Respecto al Gales-Escocia, nada que no explique el marcador (51-3). La merecida expulsión de Hogg arrastró a un final indigno de torneo al conjunto de Scott Johnson, que ha augurado “un futuro brillante” para el Cardo. Será con Vern Cotter, su nuevo entrenador, que debutará en los tests de junio. Johnson pasa a ser director de rugby de la Scottish Union. La expansiva victoria no redime a Gales, que ha vuelto a hacer exhibición de su conocida ciclotimia. Ahora el foco crítico apunta a Warren Gatland y su fórmula de juego. A Gales tampoco le valen las victorias vacías ni las explicaciones generales. Es un país que quiere ganar al rugby. Y ahora mismo, pese a la indudable potencia de sus jugadores en todos los rangos, parece afectado por una cierta descomposición de ánimo interior. Además de acusar un problema severo en la bisagra. Esta vez jugaron Biggar de 10 y Phillips como 9. El aludido tortazo de Hogg al apertura galés convirtió el partido en una carnicería roja en el marcador. Para el siguiente veredicto, siempre recurrible en el caso de Gales, habrá que esperar a la evolución de las cosas.

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2 responses

30 03 2014
migueltuck

Ojito al Bulls-Chiefs de ayer… digno de ver, sobre todo los ultimos 5 minutos, que locura…

21 03 2014
hari

Gran árticulo con unos parrafos sobre un jugador que me gusta mucho: Gordon D’Arcy. En mi opinión un jugador imprescindible para que la carrera de BOD fuera lo que es. Son 2 centros con un físico que hoy sorprende en estos puestos (si comparamos a Nonu, Roberts, Davies, Tuilagi, Burrell, Bastareaud …) pero aun asi son complementarios, que se conocen de memoria por jugar tanto juntos conla camiseta verte o la del Leinster. En un XV ideal de los años 2000 pusiera a Brian O’Driscoll pero no le pusiera sin poner también a Gordon D’Arcy aunque haya habido primer contro con mas impacto, con mas calidad (Nonu o de Villiers por ejemplo)

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